
1 - 13/Octubre/2012
La brisa era fría y húmeda y el árbol se mecía en ella dejando caer algunas otoñales hojas al seco suelo de pasto y rocas. El neumático que de las ramas pendía permanecía inerte en los embates del viento con el estoicismo de quien todo lo ha visto. El hule que lo recubría, roto, gastado y opaco. Rasgaduras en ambas caras. La cuerda a punto de reventarse pero sin jamás hacerlo, siempre lánguida mas nunca rendida, colgaba de la misma forma desde mucho antes que cualquier suceso aquí descrito acaeciera.
A los pies del árbol se resguardaba, tras una pared de costales, una torreta cargada y lista. Municiones oxidadas en su caja esperando el momento de saltar e impactar. Al lado de esta, a unos dos metros, otra igual, y otra, y así esparcidas por todo un semicírculo, todas tras el muro de talegos, estaban 7 obuses.
El pasto y las rocas estaban de este lado del muro, hacía la tierra. Del otro lado yacía la playa, silenciosa y abandonada. Solo lejanos cantos de gaviotas sobre sus aguas frías. Arena blanca que más bien gris parecía tendida en surcos formando figuras que hablaban de olvido y amargura. El agua llevaba pequeñas conchas hasta la costa, pasajeras sobre sus tímidas y lentas olas.
Y en el silencio solo había un hombre en la orilla, y ese hombre era Lleyton Harrington. Con su espeso abrigo marrón y un cigarrillo columpiándose en la boca. Con sus sucios cabellos rubios enredados en un caos vertiente, y con la mirada muerta a la que ya todos se habían acostumbrado pero que no dejaba de perturbar.
Observaba el horizonte de la bahía con recelo. El viento moviendo su capuchón hacia atrás. El fresco aire reflejando su aliento, confundido con el humo, en el ambiente. De pronto un suspiro. Las cenizas cayeron del cigarro a la playa cuando notó movimiento.
Un enorme buque surgía de la bruma para posarse frente al campamento, todavía a una distancia considerable. Pero media hora les bastaría. Tal vez menos. Harrington siguió respirando y asintió como aceptando algo. Una resolución del destino. Fumó otro cigarrillo mientras los minutos pasaban y en cierto momento exhaló, frunció el ceño y dio media vuelta. En la cubierta del buque un brazo se levantó hacía el frente y un cañón reventó. El calmado caminar de Harrington no se inmutó cuando tras de el, la bala daba contra la arena que el apenas había dejado atrás. El golpe levantó un rugido sordo de polvo.
No sabía cuanto podrían resistir los costales. Tendrá que ser lo suficiente, pensó. Cruzó la cerca y enfiló hacia la casa donde ya todos lo esperaban para dar inicio al final de la insurrección perdida. La guerra absurda. La rebeldía condenada.
Lleyton Harrington cerro tras de sí la puerta y reunió a todos. Vio sus rostros y supo que jamás podría detenerse a observarlos de nuevo. Todos asintieron a un tiempo mismo y tomaron sus armas. No hubo oraciones ni solemnidad de más.
Aquí la muerte llega sin ceremonias, porque no hay Dios a quien hacer ofrenda.