Siempre me veo en el espejo antes de escribir algo, sobre todo algo, ehm, ‘creativo’, porque quiero asegurarme de que lo que sale de mis manos al teclado es de algún modo congruente con mis ojos, mi pelo, mis hombros, y el ángulo laxo de mi columna.
Lo estúpido es que nunca sé si lo es o no. No creo saberlo nunca. Los que
me leen no me conocen en persona, y los que me conocen saben, quizá, demasiado
de mí como para confiar del todo en mis letras. La opacidad banal de mi
superficie impide que la vista llegue al fondo. Es difícil entregarse al
hechizo impersonal de la palabra cuando se sabe que ésta viene del tipo ese, el de
saquito negro, que come quesadillas y se queja de la televisión. Nadie puede mantener
un halo de poesía alrededor de sí todo el tiempo. Y menos ante sus amigos. Y menos en la era de la hipercultura pop. Y
menos en México (la verdad).
Si un amigo me diera a leer un libro suyo lo único
que podría ver en él serían sus huellas digitales, su sudor, aquella vez que me
contó sobre un capítulo que se le estaba dificultando mientras tomábamos una
cerveza; recordaré el platillo que ordenó mientras leo el capítulo y trataré de
encontrar pistas de que hizo caso a mis intervenciones en aquella conversación (las cuales siempre consideraré iluminadoras). Reiré
al ver una palabra que mi amigo usa todo el tiempo para hablar de su novia o su celular en
el texto, insertada en un pasaje sobre la intertextualidad o James Joyce, y no podré
darle un modicum de seriedad al asunto. Al final le diré que "es un libro interesante" y me tomaré una foto con él cuando presente el ejemplar en una librería del FCE, lo cual, a su vez, creará más anécdotas estorbosas que me impedirán leer con claridad su segundo libro. Ad infinitum.
O sea que… ¿qué? Ah, sí. Dos cosas.
1)
No creo que el
autor pueda estar muerto del todo, o al menos el célebre ensayo que así lo
proclama debería llevar un corolario: “No aplica en caso de que el autor
empírico haya ido a la boda de usted, lector, en donde procedió a ponerse muy mal con tres
botellas de vino”2) Si los conozco y escriben algo, quizá no sea buena idea mostrármelo.