20.4.18

Tener que tragarse el amor
como si fuera fango en la boca del río,
como si fueran hojas que se pudren
mallugadas bajo el sol de invierno
y que rotas arrastro en el caudal cansino
de mi asco y mi silencio.

Tener que tragarse también el odio
para no ensuciar la fuente donde bebes
y te nutres
antes de cruzar el bosque
(ya mi única esperanza de tenerte,
de intuirte, imaginar que bebes y sonríes,
imaginar tus pies sobre las piedras
de mi fondo, inmóviles).

Tengo miedo, me dijiste.
No tengas miedo, quise decir,
pero callé aterrado
y ahora debo callarlo todo
mientras te mueves
y no me muevo.

¿Me pides ser arroyo
para lavar tu cara?
¿Lago nocturno y hondo
que te arrulle?
¿Acaso ser el río que
dé impulso a tu balsa,
que te escupan mis aguas adelante
y me envuelva en mi mismo
y te vea alzar la vela en mar abierto
sin hablarte?

Qué soy.
Qué soy en ti.
Qué soy cuando no te siento.
Qué soy cuando te siento yéndote.

Has cortado las manos
con que había de abrazarte.
¿Tendré que ser la piedra
que te aguante en el salto
(valiente, poderoso, etcétera)
que ha de llevarte lejos
para no volver?