Tengo problemas para creer, de verdad, cuando alguien menor --digamos-- a 23 años dice 'ser escritor'. Ésto podría parecer una injusticia, primero que nada, y para algunos ojos podría constituir una verdadera incongruencia, puesto que yo también escribo. Pero no es en el acto de escribir en el que hallo falta; es en el de autonombrarse 'escritor' o, peor aún, 'poeta'. Si bien escribir es un acto soberanamente humano, y todo lo humano tiene una inevitable carga de ego, llega un punto en que muchas personas poseen más personalidad de poeta, o deseo de serlo, que poesía de verdad fluyendo por su torrente sanguíneo Poesía de verdad: qué frase tan extraña, tan elusiva. Pero a pesar de su ambigüedad hay ciertos elementos que resultan, incontrovertiblemente, parte de todo lo que pretenda ser poesía verdadera, o tan siquiera competente. Los púberes autoproclamados 'poetas' no siempre son por completo faltos de talento. Esa no es mi tesis. Sin embargo, un número alarmante de ellos presenta defectos de redacción y entendimiento del lenguaje que obstruyen la idea poética dentro de sus seres. Y lo que es peor, han encontrado --en nuestro mundo cibernético, lleno de amistades huecas y amores platónicos-- un ambiente que les permite creer que su obra es perfecta, pulida, o en las palabras de alguna aduladora perdida que leí por ahí, "genial". Eso les lleva a no mejorar, quedándose indefinidamente en ese espacio, un pequeñísimo estanque, donde a todos parece agradarles lo que hacen. Es necesario, entonces, encontrarlos y exponerlos. No del todo como un acto de crueldad (aunque sí como escarnio), sino también impulsados por un deber hacia la dignidad de la escritura, de la lengua.
Algunos piensan que me burlo de otras personas que escriben por pura diversión, por una irrefrenable arrogancia. Que me divierto es verdad, pero no porque yo pretenda ser un semidios de la redacción y el estilo; más bien es recreativo observar a alguien construirse un castillo de naipes, engañado por las palabras bonitas que oye de otros labios, y notar que sus estructuras ceden a la menor provocación. Hay algo de ridículo en alguien que cree fervientemente en la inusitada valía contenida en su obra, sólo para destruir su fachada públicamente al hablar sobre "las chicas 'de' mi alrededor" o escribir 'por qué' separado cuando se nombra una razón, no se pregunta por ella.