12.12.10

5R : Suburban Revolution /// Ch. 5

La última noche dentro de la prisión fue con mucho la mas dura. Recordaba vagamente el día en que escucho su sentencia de labios del maldito juez de uniforme grisáceo. Las palabras habían sido “Ocho años y un día” y él había pensado que la adición del día era ridícula. Una formalidad absurda. Pero todo tenía sentido ahora. Un sanguinario martillo sobre su mente.
“Vamos, que ya es el último día” dijo un guardia desde el pasillo oscuro. Después se oyó su risa.
Necesitó un gran esfuerzo para bloquear una lágrima amenazante que tambaleó por un minuto en sus pestañas. Bajó la cabeza y caminó en círculos de una forma furiosa. Quien lo hubiera visto habría estado seguro de que iba a ser ejecutado al día siguiente. Pero él apenas se daba cuenta de cuando caminaba y cuando se detenía por unos segundos a apretar los barrotes. El óxido se quedaba en su mano y se clavaba en su palma.
Se fue a la cama temprano. Iluso, había pensado que el sueño sería su cómplice en este trance y lo llevaría de la mano hasta que el día siguiente se dignara a aparecer con su cargamento de libertad. Pero el sueño le dio la espalda y no se apiadó de él.
El grifo del lavabo de la celda goteaba incesantemente desde hacía años pero nunca lo notó como aquella madrugada. Los guardias cambiaban turnos a las dos de la mañana y sus llaves tintinearon tan fuerte en sus oídos que se sintió explotar. Sin embargo no se paró de nuevo. No se movió siquiera durante toda la noche. Se quedó tirado, despierto, por horas viendo los ladrillos de la pared y el viejo graffiti sobre la pared. “Sálvate”. Vaya recomendación, pensó.
Siempre se había preguntado si quien lo escribió logró salvarse. No era probable. En la letra se leía desesperación. El pulso hiperactivo de un condenado. Gotas de la tosca tinta corrían por la pared hasta llegar a una mancha negra sobre el piso. Un charco de oscuridad seca muy similar al cielo de ébano viejo que recordaba haber visto sobre la tierra roja mucho tiempo atrás.
Pasos anónimos sobre el cemento del pasillo. El eterno repiqueteo de las llaves. La ansiedad muda dentro de la noche. Las tinieblas guardando ese hálito de esperanza en las entrañas de la penuria.
Un rayo de luz y un candado abierto.
Los escoltas lo condujeron por los corredores ante las tristes miradas de los otros presos. Había algunas hirviendo en envidia, deseando ese momento futuro para si mismos, y otras sollozando en la melancolía al saber que nunca habrían de caminar libres de nuevo. Bajaron las escaleras a un cuarto con olor a cloro y mentiras. Recubierto de un cromo reluciente que resultaba asqueroso para su corazón de rebelde. Los uniformes, los papeles, los teléfonos. La formalidad y calma con que el sistema se tomaba el negocio de la perdición y derrumbamiento de almas excitaba de nuevo a su interior descarriado y entonces supo que no había cambiado nada.
Seguramente vería las primeras arrugas sobre su otrora juvenil rostro. Estaba escrito que sus piernas serían un poco mas lentas que en aquellos borrosos ayeres. Pero el fuego seguía ahí. El disidente nato al que tantas veces trató de ahogar estaba esperando allí, parado en el marco de la puerta, sonriéndole cínico y descarado y ofreciéndole el fusil con la mano diestra.
Los sellos fueron humedecidos en la tinta y estampados sobre los papeles. La pluma se sentía ajena entre sus dedos, y dudó un momento ante la petición de firmar sobre una línea puntada. Las lámparas halógenas lo lastimaban. Su retina acostumbrada al gris verdoso de las sombras húmedas en la crujía. Entrecerró los ojos tratando de enfocar el rostro del hombre que le entregaba sus viejas posesiones. Enfundado en su uniforme y sorbiendo periódicamente café de un vaso de unicel, el anciano procedía con la lentitud y cansancio propios del rendido. De quien espera sin saber lo que vendrá.
Colocó el mísero equipaje de Harrington en una bolsa de plástico de doble asa y levantó la cabeza de su encorvado tronco para ver al rubio y desaliñado revolucionario. Pasó revista de sus facciones, como si tratara de reconocer a un amigo perdido en el espigado joven. Por un momento hubo un brillo en su mirada. Un recuerdo ancestral y enterrado. Lleyton reconoció el remordimiento y el miedo en el rostro del hombre antes de que este lo bajara tratando de ocultarlo entre los pliegues de la chamarra.
“No sigas” dijo intempestivamente, como si la frase hubiera escapado furtiva de los rincones de su ser. “Todavía te queda vida, hijo”
Harrington quedó sacudido, pero no lo dejo notar. Su mirada fría y distante como la nieve de octubre.
El viejo le entregó la bolsa con un gesto de solemnidad mucho mas marcado de lo que la ocasión requería y vio al joven caminar por el umbral de la cárcel antes de derrumbarse sobre su silla y volver, lentamente, a su café y su periódico. El encabezado del National Times leía “Gran avance confederado”, la nota reseñaba las virtudes del desalojo de personas en la muy lejana área 76 de la región Costa Este. Las fotografías se cuidaban con esmero de no mostrar los rostros desencajados de las madres con sus sucios hijos de la mano, y se enfocaban en el estoicismo de los soldados. La tosca tinta en blanco y negro escondiendo en sombras los ojos vacíos bajo los cascos.
El hombre enrojeció. Tomo el papel, lo arrugo y lo aventó a la papelera. Harto de lo en que el mundo se había convertido y de su propio lugar en él. Esa noche salió de casa y nunca volvió al trabajo.
Solo algunos forajidos vieron meses después su cadáver colgado de un cinturón en las ruinas de un hotel. Lo dejaron donde estaba.


5R : Suburban Revolution /// Ch. 4

4 – 06/Noviembre/1996

“...Y tres veces senador por Pennsylvania. El presidente electo, William Ernest Bryce!”, exclamó el altavoz del salón donde daría su primer discurso después de la victoria indicada por televisión y radio.

Bryce salió entre vítores y aplausos cálidos de sus compañeros de partido y esgrimió la mejor sonrisa que su amplia carrera política le había enseñado. Aunque no tuvo que esforzarse pues ese era, en verdad, uno de los días mas expectantes y felices de sus años.

Estrechó diversas manos a su paso hasta el podio. Se sintió bien. Apreciado y admirado por todos. El maestro y líder absoluto de las sillas plegables ahí presentes y de los papeles coloridos que caían del techo. Superior a esos rostros sonrientes, en su mayoría viejos, que el sabía falsos e hipócritas, y que tanto se parecían a el.

Porque detrás del abrazo cálido y el discurso inspirador, Bryce era un hombre podrido, y aun peor que eso. Era orgulloso de ello. Atravesando el mar de grises cabellos pensó cuán infame era todo aquello y cuanto quería derrumbar la democracia de papel que todos ellos protegían. Fue entonces cuando por fin logró poner en orden las palabras que venían revoloteando en su cabeza por días.

En cuanto llegue a ese podio, acabaré con todo.

Su discurso fue corto, pero animado y elocuente. Más aplausos vinieron. Después se retiró a las sombras por un tiempo y planeo lo que haría al ingresar a la Casa Blanca. El día de su toma de posesión fue aterradoramente similar a aquel ante la asamblea de su partido. Los mismos aplausos. Las mismas sonrisas. Pero no el mismo Bryce. Este ya no era solo un hombre con bilis en vez de sangre. Este era un hombre con un plan.

El carro negro lo llevó a la Casa y las rejas se abrieron frente a él. Nadie lo sabía, pero en cuanto se cerraron, todo había terminado. Antes de que nadie supiera que había comenzado.

William Ernest Bryce sonrió en la oficina oval. Luego levantó el teléfono.

16.11.10

El Humo Oscureciendo


Camino sobre las cenizas del mundo. Solo dentro de la morgue eterna. Las heridas del tiempo sangrándome poco a poco. La luna se cierne pálida sobre la costa. Su luz blanca no me da esperanza.
El cielo, pesado y gris, revolotea en nubes estremecedoras. Los huesos se esparcen alrededor de la playa. El viento, helado y violento, los entierra cada vez más en la arena. Somos difuntos y la tumba es el mundo entero. Los segundos se alargan, pasando frente a mis cansados ojos cual peregrinos arrodillados.
El mar susurra gemidos breves y opacos. La media noche acecha trémula, esperando que yo duerma sin un mañana frente a mí. Leves olas se estrellan contra el faro. Algunas rocas están secas, y su altura dejaría ver hacia el horizonte, si este hubiera. Me siento a ver el agua correr bajo la oscuridad. Creo sentir mi cuerpo inclinarse hacia allá lentamente. Mi mente en blanco, tan cansada, tan cansada.
Las nubes bajan de golpe como águilas cazadoras negras, y forman un remolino sobre mi cabeza. La vida se me escapa en un sueño sin retorno, y es que mientras me pierdo en la profundidad del océano, veo figuras terribles y hermosas en el halo de humo negro. Veo mis errores y buenos momentos, repaso sonrisas y lamentos. Oigo voces de trueno dentro de la espesa nube. Me alaban y me insultan. Me llaman.
Y en la negrura me esfumo, en el abismo me pierdo. Tal como vine. Solo, frío y confundido. Tal vez un poco feliz. Un último respiro antes de sumergir la cara. Un vistazo, algo en el mundo, alguien. Nada.
Humo negro, humo negro.

12.7.10

5R : Suburban Revolution /// Ch. 3

3 – Hijos de la tierra roja

Archivo Negro del DSCN. Documento IZJ-9082

Extracto del manuscrito “Hijos de la tierra roja” por un tal: Dr. Lleyton Harrington. Escrito (se cree) en el periodo 2000-02. Prohibido por el gobierno de la Confederación Norteamericana por decreto el 23 de abril del 2003.

Copia propiedad del departamento de Seguridad. Lectura solo bajo permiso escrito de esta y para fines indagatorios y/o judiciales.

“ Somos este polvo rojizo. Ha sido gentil con nosotros, y no podemos dejarlo caer. Hermanos y hermanas, díganme que no lo dejarán caer. Díganme que tenemos el espíritu de los movimientos sociales de nuestros coterráneos del oeste y el coraje de nuestros antepasados. [...] Para mi es un dolor sin igual el ver como el gobierno confederado, ahora liderado por Richard Maclin nos guía una era de oscurantismo y servilismo hacia sus favorecidos. [...] Gente ya se ha levantado para reclamar su tierra y sus derechos en muchos otros lugares de la Confederación. En ocasiones la tierra que reclaman es gris y hostil. El valor de la nuestra es incomparable. Síganme para defender, no solo nuestros edificios y paredes conocidos, sino la historia en sí. Las mesetas, los cañones y las bahías. El polvo y los viejos hombres de piles quemadas que descalzos caminaron este suelo. Por la gloria de nuestras dunas de arena. [...] Peleamos por lo que nos pertenece. Eso y nada más. Por los derechos que nos han sido arrebatados desde la era Bryce, los cuales consideramos elementales. Por el valor de un ser humano y de la razón, sobre e estado. Por eso te rogamos tu unión. Es porque valoramos tu vida que te pedimos estés listo incluso a morir por la causa. Porque lo que has tenido hasta ahora no es vida. Es solo un terrible error. [...] La tierra cocida de la región Terracota quieren un poco de gratitud por todo lo que nos ha dado. Que no fue en vano el acompañarte desde el alumbramiento. La región Terracota necesita que reconozcas y fortalezcas los nombres de los nobles estados antiguos que la forman. Que no caigan al olvido. Arizona, Baja, Nuevo México y Sonora. Únanse ahora. Solo siendo uno se puede vencer a un enemigo como el vil estado confederado. Llegó la hora de recordar lo que alguna vez tuvimos, amarrar las memorias a las riendas de nuestra felicidad, y cabalgar. Cabalgar hasta el fin. Hasta que un nuevo sol salga. Ahora. Únete.”

4.7.10

5R : Suburban Revolution /// Ch. 2

2 – 03/Julio/2011

Bajando por la sola vereda central del área 49, un chico cargaba una bolsa. Comida para 2 días, camisas, botella de agua, por si acaso encontraba un río. O una cisterna. Trepó cercas, invadió propiedad, pateo latas y pisó céspedes. A nadie le importó.

El área 49 había sido desalojada hacía ya un año y tampoco los rebeldes le hallaban gran uso a un pueblillo como este. Demasiado rural para ser una fortaleza y demasiado urbano para ser un campo de batalla abierto. Las calles pintadas de sepia transmitían un tibio deseo de que alguien las pisara de nuevo. Algunos mugidos del ganado que se había vuelto salvaje ante el abandono se notaban en las colinas al fondo.

Una de las casas le dio una buena corazonada. Entró y dejó su maleta en un sillón y subió las escaleras. El piso crujió cansado y por un momento la madera pareció ceder y amenazó con mandarlo de regreso al nivel uno, si es que pudiera reponerse de una caída de tres metros en una pieza. Probablemente podía. Debía tener alrededor de quince años, mas la vida del vagabundo lo había avejentado lo suficiente. No sabía tal vez los grandes secretos de la vida, pero sabía como sobrevivir dentro de la que le había tocado, y por ahora eso estaba bien.

Las recamaras de las áreas deshabitadas a veces esconden valor. El ejercito incauta todos los bienes que la gente deje detrás, lo cual es bastante considerando que solo pueden llevarse lo que puedan cargar hasta el autobús. Sin embargo, a veces los soldados tienen pereza de llevar a cabo la operación, de por si tediosa y un tanto mas ya que no les dejan quedarse con nada de lo que encuentren, y por lo tanto los cuartos de arriba son dejados intactos cuando hay suerte. En el régimen de la Confederación, es imposible encontrar gran cosa en las casas civiles pero, como ya queda evidente, en medio de esta desolación cualquier basura se transmuta en oro.

No tenía cobijas con él, por lo que le alegró encontrar una manta casi nueva y bastante atingente ante el frío. La región no era precisamente helada, pero es bien sabido que por las noches cualquier calle es un glaciar. No solo por la ventisca, sino por el miedo y la quietud. Hurgando por los cajones no encontró gran cosa. Papeles muy viejos y amarillentos dirigidos a diversas personas, todas de apellido Lewis. El había conocido un Lewis una vez. Bueno, casi. Era un cadáver en la carretera al cual le robo la cartera. Tiró la identificación, pero todavía la llevaba fresca en la memoria. Ethan Lewis. Cincuenta y dos. Ingeniero. Y por lo visto también rebelde, porque los casquillos que halló alrededor tenían el sello del ejercito.

Decidió inspeccionar la azotea. Un remolino de viento movía el polvo y las hojas ahí acumulados en una danza caprichosa. Dejando sonar un pequeño susurro a su paso por el cemento y las tablas. El pequeño torbellino fue a la derecha y desapareció al estrellarse con una barra de metal. Esta barra sostenía un espectacular con un cartel célebre. En las primeras etapas de la rebeldía, esta se escondía detrás de la fachada de una organización ciudadana pacífica. Conforme el gobierno fue endureciendo las medidas, ellos se radicalizaron hasta llegar a donde hoy están. Más aquella etapa de inocencia que quien vivió recuerda con añoranza había dejado aquí y allá estos carteles que invitaban al ciudadano promedio a unirse a la causa, que en ese momento era disfrazada para parecer inofensiva. Aún así habían decidido adoptar desde el principio una línea de mercadeo feroz para lograr un mayor convencimiento y al final habían aterrizado en una campaña simple.

La imagen mostraba un revolucionario a la vieja usanza. Con su fusil en el brazo derecho y el grito de guerra en la garganta. En letras grandes se leía la máxima “Ahora. Únete” y en mas pequeñas, abajo “Una revolución de ideas”. El emblema de la organización estampado en la esquina inferior izquierda. Un principio muy ingenuo para tal debacle. Probablemente nadie había visto ese cartel, por lo menos con atención, en años. Hasta ahora. El antiguo y alguna vez divertidamente irreverente anuncio había enganchado a su última presa.

El chico salió con el botín en la maleta y se dirigió a las colinas. “Ahora. Únete.”

Tal vez, tal vez...

27.6.10

5R : Suburban Revolution /// Ch. 1

1 - 13/Octubre/2012

La brisa era fría y húmeda y el árbol se mecía en ella dejando caer algunas otoñales hojas al seco suelo de pasto y rocas. El neumático que de las ramas pendía permanecía inerte en los embates del viento con el estoicismo de quien todo lo ha visto. El hule que lo recubría, roto, gastado y opaco. Rasgaduras en ambas caras. La cuerda a punto de reventarse pero sin jamás hacerlo, siempre lánguida mas nunca rendida, colgaba de la misma forma desde mucho antes que cualquier suceso aquí descrito acaeciera.

A los pies del árbol se resguardaba, tras una pared de costales, una torreta cargada y lista. Municiones oxidadas en su caja esperando el momento de saltar e impactar. Al lado de esta, a unos dos metros, otra igual, y otra, y así esparcidas por todo un semicírculo, todas tras el muro de talegos, estaban 7 obuses.

El pasto y las rocas estaban de este lado del muro, hacía la tierra. Del otro lado yacía la playa, silenciosa y abandonada. Solo lejanos cantos de gaviotas sobre sus aguas frías. Arena blanca que más bien gris parecía tendida en surcos formando figuras que hablaban de olvido y amargura. El agua llevaba pequeñas conchas hasta la costa, pasajeras sobre sus tímidas y lentas olas.

Y en el silencio solo había un hombre en la orilla, y ese hombre era Lleyton Harrington. Con su espeso abrigo marrón y un cigarrillo columpiándose en la boca. Con sus sucios cabellos rubios enredados en un caos vertiente, y con la mirada muerta a la que ya todos se habían acostumbrado pero que no dejaba de perturbar.

Observaba el horizonte de la bahía con recelo. El viento moviendo su capuchón hacia atrás. El fresco aire reflejando su aliento, confundido con el humo, en el ambiente. De pronto un suspiro. Las cenizas cayeron del cigarro a la playa cuando notó movimiento.

Un enorme buque surgía de la bruma para posarse frente al campamento, todavía a una distancia considerable. Pero media hora les bastaría. Tal vez menos. Harrington siguió respirando y asintió como aceptando algo. Una resolución del destino. Fumó otro cigarrillo mientras los minutos pasaban y en cierto momento exhaló, frunció el ceño y dio media vuelta. En la cubierta del buque un brazo se levantó hacía el frente y un cañón reventó. El calmado caminar de Harrington no se inmutó cuando tras de el, la bala daba contra la arena que el apenas había dejado atrás. El golpe levantó un rugido sordo de polvo.

No sabía cuanto podrían resistir los costales. Tendrá que ser lo suficiente, pensó. Cruzó la cerca y enfiló hacia la casa donde ya todos lo esperaban para dar inicio al final de la insurrección perdida. La guerra absurda. La rebeldía condenada.

Lleyton Harrington cerro tras de sí la puerta y reunió a todos. Vio sus rostros y supo que jamás podría detenerse a observarlos de nuevo. Todos asintieron a un tiempo mismo y tomaron sus armas. No hubo oraciones ni solemnidad de más.

Aquí la muerte llega sin ceremonias, porque no hay Dios a quien hacer ofrenda.