2 – 03/Julio/2011
Bajando por la sola vereda central del área 49, un chico cargaba una bolsa. Comida para 2 días, camisas, botella de agua, por si acaso encontraba un río. O una cisterna. Trepó cercas, invadió propiedad, pateo latas y pisó céspedes. A nadie le importó.
El área 49 había sido desalojada hacía ya un año y tampoco los rebeldes le hallaban gran uso a un pueblillo como este. Demasiado rural para ser una fortaleza y demasiado urbano para ser un campo de batalla abierto. Las calles pintadas de sepia transmitían un tibio deseo de que alguien las pisara de nuevo. Algunos mugidos del ganado que se había vuelto salvaje ante el abandono se notaban en las colinas al fondo.
Una de las casas le dio una buena corazonada. Entró y dejó su maleta en un sillón y subió las escaleras. El piso crujió cansado y por un momento la madera pareció ceder y amenazó con mandarlo de regreso al nivel uno, si es que pudiera reponerse de una caída de tres metros en una pieza. Probablemente podía. Debía tener alrededor de quince años, mas la vida del vagabundo lo había avejentado lo suficiente. No sabía tal vez los grandes secretos de la vida, pero sabía como sobrevivir dentro de la que le había tocado, y por ahora eso estaba bien.
Las recamaras de las áreas deshabitadas a veces esconden valor. El ejercito incauta todos los bienes que la gente deje detrás, lo cual es bastante considerando que solo pueden llevarse lo que puedan cargar hasta el autobús. Sin embargo, a veces los soldados tienen pereza de llevar a cabo la operación, de por si tediosa y un tanto mas ya que no les dejan quedarse con nada de lo que encuentren, y por lo tanto los cuartos de arriba son dejados intactos cuando hay suerte. En el régimen de la Confederación, es imposible encontrar gran cosa en las casas civiles pero, como ya queda evidente, en medio de esta desolación cualquier basura se transmuta en oro.
No tenía cobijas con él, por lo que le alegró encontrar una manta casi nueva y bastante atingente ante el frío. La región no era precisamente helada, pero es bien sabido que por las noches cualquier calle es un glaciar. No solo por la ventisca, sino por el miedo y la quietud. Hurgando por los cajones no encontró gran cosa. Papeles muy viejos y amarillentos dirigidos a diversas personas, todas de apellido Lewis. El había conocido un Lewis una vez. Bueno, casi. Era un cadáver en la carretera al cual le robo la cartera. Tiró la identificación, pero todavía la llevaba fresca en la memoria. Ethan Lewis. Cincuenta y dos. Ingeniero. Y por lo visto también rebelde, porque los casquillos que halló alrededor tenían el sello del ejercito.
Decidió inspeccionar la azotea. Un remolino de viento movía el polvo y las hojas ahí acumulados en una danza caprichosa. Dejando sonar un pequeño susurro a su paso por el cemento y las tablas. El pequeño torbellino fue a la derecha y desapareció al estrellarse con una barra de metal. Esta barra sostenía un espectacular con un cartel célebre. En las primeras etapas de la rebeldía, esta se escondía detrás de la fachada de una organización ciudadana pacífica. Conforme el gobierno fue endureciendo las medidas, ellos se radicalizaron hasta llegar a donde hoy están. Más aquella etapa de inocencia que quien vivió recuerda con añoranza había dejado aquí y allá estos carteles que invitaban al ciudadano promedio a unirse a la causa, que en ese momento era disfrazada para parecer inofensiva. Aún así habían decidido adoptar desde el principio una línea de mercadeo feroz para lograr un mayor convencimiento y al final habían aterrizado en una campaña simple.
La imagen mostraba un revolucionario a la vieja usanza. Con su fusil en el brazo derecho y el grito de guerra en la garganta. En letras grandes se leía la máxima “Ahora. Únete” y en mas pequeñas, abajo “Una revolución de ideas”. El emblema de la organización estampado en la esquina inferior izquierda. Un principio muy ingenuo para tal debacle. Probablemente nadie había visto ese cartel, por lo menos con atención, en años. Hasta ahora. El antiguo y alguna vez divertidamente irreverente anuncio había enganchado a su última presa.
El chico salió con el botín en la maleta y se dirigió a las colinas. “Ahora. Únete.”
Tal vez, tal vez...
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