Ha sido tu ser un ente
debidamente
autosuficiente.
Ha guardado tu fondo un alma
tan honda y sabia
como lejana.
Se han henchido de tu agua
tantos navíos amargos
y naufragados.
Te has fugado por mil corrientes
en mil momentos
tan diferentes.
Me has cortado tanto las piernas
con tus guijarros
de concha fresca.
Y aquí estoy.
Y aquí estamos.
Yo en mi brevedad
y tú en tu eterno.
Golpeas al mundo
con tu manto inmenso,
de zafiro y diamante
recubierto.
No sientes y no apruebas;
solo callas.
Simplemente acaricias
nuestro mundo,
con la mano de un tiempo
acostumbrado
a la paciencia, el rastro,
y el olvido.
Y a veces me pregunto
aquí en mi faro,
desde el cual veo surcar
a los albatros,
si la neblina entre tu ser
y el cielo
no es en verdad
una engañosa nada.
Si la tierra flota
desamparada,
en medio de azulados
firmamentos.
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