Para C. y sus alrededores. Fuerza.
Bajaba las escaleras rápido, con el
desparpajo de quién se deja caer de una azotea. Sin fuerza, mas con voluntad.
La escalinata era larga como la vida y angosta como la tumba, y sus peldaños
eran mármol sucio. Quizá falso. No se le podía pedir mucho al gobierno en ese
respecto, y esto era una estación de trenes. Viajar le había sido doloroso. Tal
como pensaba, el mundo no se había detenido ni un instante. Allí dentro había
de todo: vendedores, faquires, oficinistas durmiendo la siesta, madres desesperadas.
Millones de rostros. ¿Qué los distingue?
Cruzó el torniquete y la sala y salió a la
calle. El centro de la ciudad era siempre un bullicio, aquello era natural,
pero nunca le había molestado como entonces. Era una cuestión de respeto. Sin
embargo sabía que, dentro de ese océano de ruido turbio, nadie le debía respeto
alguno. Eso es, de un modo, lo que distingue a la sociedad. Seres con la
capacidad de pulular un mismo espacio sin autodestruirse, pero sin interés en
lo que hay dentro de los demás. Buenos días, que le vaya muy bien. Eso era
todo. Como un vaso de agua tibia.
Por las calles caminaban, con las miradas
gachas, personas en trajes grises. Casi siempre grises. Como un uniforme, o una
declaración. Soy gris, no veo más allá de mis narices, y no me importa. Así le
pareció a él. Aunque seguramente algunos de ellos guardaban camisas amarillas
en sus gavetas, él estaba cegado. Y bueno, nadie lo culparía. Nadie en
absoluto. La gente que siente rabia sólo en los momentos adecuados es muy
valorada. Éste era un momento adecuado. Después de todo, aún traía el traje de
luto sobre los hombros.
Los dolientes son criaturas
curiosas. Marchan solemnemente hacia un ataúd para apreciar a esa persona que
no se dignaron a visitar en vida; en su mayoría. Derraman la lágrima fría de la
obligación, y dan un abrazo prolongado, para indicar una languidez espiritual
que no está allí. Se había retirado temprano de esas formalidades. Él, se había
dicho, no era un doliente, ni tenía porque mezclarse con ellos. Él era un hijo.
No importaba que su sangre fuera diferente según los certificados del
orfelinato. No podía comprender que su madre se prestara a estas cosas. ¿No
veía acaso que los pésames eran plásticos? Seguramente ahora ya habrían todos
dejado el cementerio, y se dirigían a la casa, si no estaban ahí ya. Una vez allí, cometerían
la infamia de rondar los pasillos que compartió con su padre, en busca de
emparedados o café. Pasarían el rato. Reirían. Comentarían el clima. Ni
siquiera repararían en la honda de vacío que llenaba esas paredes, que sin duda
extrañarían a su dueño más que aquellas personas.
No. No les haría ronda, y ni
vería sus rostros. No le importaba que hubieran cuchicheado a sus espaldas
mientras él se escabullía fuera del entierro. Él sabía la verdad. Ellos eran
sólo una silueta lejana, de cartón.
Los edificios también lo eran.
Se dibujaban vacíos como cajas de utilería, ejercicios grotescos y enormes de
papiroflexia. Los muros estaban tan fríos. Sentía, de algún modo, que podía
traspasarlos como hielo frágil; o como humo. Simple humo que se abriera,
revelando que era un espejismo. Sentía que todo el mundo se tambaleaba y
difuminaba y era falso. Las antenas rasgaban el cielo junto con las aves, y
éste cielo se veía bajo y peligroso, como un tejado antiguo balanceándose sobre
un ático. A punto de caer. Pero el mundo no podía caer. No hasta que una
estrella de fuego nos consuma o alguna ola de nieve nos cubra. Seguiremos aquí,
entre nuestros edificios, vistiendo nuestros trajes, enterrando a nuestros
padres. Sintiendo, muy a veces, que la vida es un reflejo.
Se fue adentrando por las callejuelas
húmedas. Éstas se apretujaban unas con otras caóticamente, y crujían
incómodas bajo sus suelas. El aire era azul celeste, frío. Los aromas no
llevaban la esencia de los árboles y las flores, sino un helado prurito sin
nombre ni carácter. Los pulmones reclamaban lastimados. Un poco más, el bar
estaba en la esquina.
Dentro del local, se respiraba diferente.
No era sólo una diferencia de temperatura, sino que el entorno se sentía viejo.
Anciano, en realidad. Las tablas crujían un crujido añejo; más viejo que las
barricas de cedro que albergaban vino. Taburetes enclenques se extendían por la
barra, acomodados en perfecto orden y limpieza, que no disfrazaban la
antigüedad. El tabernero era un hombre increíblemente encorvado; se notaba que
había sido alto en sus días. El joven se sentó en el penúltimo taburete. El
resto del local no se dignó a mirarle. Como siempre, eran personas inmersas
dentro de sus propios ojos. Sin embargo, ya no le molestó tanto como lo había hecho
allí afuera. En un bar, la indiferencia es algo que hasta se agradece de cierto
modo; más en uno como este. No era un lugar que pareciera habituado a parrandas
estruendosas, sino a solitarios bebedores meditabundos. Pensamientos oscuros
humeaban desde las miradas perdidas de aquellos escasos parroquianos, quienes
apuraban vasos de escocés o brandy con parsimonia. Del centro del techo colgaba
una gruesa lámpara de luz broncínea. Era de esas lámparas grandes y viejas, con
pantalla de acrílico de varios colores —en este caso rojo y dorado— que formaba
un semicírculo hacia arriba; como un candelabro mal imaginado. Miró hacia el
fondo, aunque la pared era apenas divisable. Colgados, marcos de fotografías en
sepia completaban la escena. Casi en todas había una figura otrora famosa
saludando a ese hombre otrora larguirucho que limpiaba copas tras la barra. En
efecto, la placa a la entrada del establecimiento indicaba que se había fundado
en los 40’s. Sin duda ese hombre habría heredado el negocio con ya cierto
prestigio y lo había hecho crecer. La fama de los parroquianos ocasionales se
había convertido en la fama del sitio mismo. Así fue como su padre habría
empezado a visitar el sitio, sin duda. Pero luego algo había decaído, o quizá
todo el mundo en general, y las personas célebres habían dejado de pararse por
allí. El pequeño rescoldo que había iluminado por un tiempo breve ese sitio se
había cerrado, como la tapa de una alcantarilla, y ahora tanto el local como su
dueño debían conformarse con unas migajas de prestigio tradicional enmarcadas sobre
la pared del fondo, reminiscencias de momentos que nunca volverían, entre el
mar de oscuridad y olvido en el que pasaban los días.
Su padre nunca dejó de visitar el bar, aún
así. Por lo menos, hasta que la enfermedad lo ató a casa. No era un hombre de
modas, sino de lealtades. Si bien no iba todos los días, eran fácilmente
treinta años de historia. Quizá si éste que está sentado en la barra no hubiera
sido él, sino Aquivaldo, el tabernero hubiera notado similitudes. Una chispa en
los ojos, la quijada cuadrada de la familia. Pero Aquivaldo no había pasado de
los dos años, y su madre no hubiera podido soportar el proceso entero de nuevo.
Así llegó él, con algunas firmas sobre papeles. Y es doloroso pensarlo, pero cuando
se remontaba todo lo que podía y no encontraba en esa familia más que amor, si
bien a veces era recio, se sentía agradecido. En ocasiones, su madre lloraba.
Nunca lo hacía cuando su padre pudiera verla. Él había visto la fotografía
sobre la chimenea, y sabía que era lo que pasaba. Ella extrañaba a Aquivaldo. Y
en eso, él no podía ni debía inmiscuirse. Se iba a su cuarto y leía y trataba
de ignorar. Al poco rato, su madre entraba y lo abrazaba, como sellando un
pacto de silencio, aunque no había nada de qué hablar en realidad. Sí; tal vez
el amor que había recibido siempre estuvo mutilado. Pero era verdadero, y en
éste mundo hecho de frágil tela, lo verdadero se guarda bajo llave y se
atesora.
El tabernero no notó nada, era imposible
que lo hiciese. Un joven delgado, pálido, de ropas negras y cabello lacio. Era
casi lo contrario al padre en estos respectos. Pidió la misma bebida, sin
embargo —se la sabía de memoria. Nunca había visitado el bar con su padre, pero
recordaba aquellas noches de póquer en casa durante las cuales él podía ganar o
perder, pero siempre con una constante: el carmín profundo del bourbon en su
vaso. Le había dado a probar en algunas ocasiones, con resultados tibios. Después
él había crecido, y había descubierto que su gusto yacía en otros lares; como
el vodka o el vermut. No lograba atraer a la mente la última vez que había dado
un trago de bourbon. El tabernero sirvió con amabilidad, aunque en silencio. El
vaso era ancho y grueso, y el licor irradiaba esa extraña luz rojiza que le hablaba de
atardeceres marcianos y cavernas de rubíes.
¿En dónde estamos? Cuando la sangre
extingue su camino por nuestras venas; cuando la carne se empalma contra el
muro del tiempo, ¿dónde estamos? ¿Acaso nos quedamos? Observando la nada desde
las orillas de los mares visitados. Dando vueltas por siempre en los pasillos
de casas antiguas. ¿Podremos averiguarlo? ¿Vendrá alguien a decirnos, un día,
si más allá del tiempo hay tiempo? Alguien que nos diga si seguimos habitando
los mismos hogares. Si seguimos recogiendo flores en los mismos parques. ¿Y si,
en cambio, el abismo lo es todo? ¿Dónde estamos? En los corazones de algunos.
En papeles que el registro guarda en carpetas verdes. En los reflejos otoñales
que surgen de un vaso de bourbon. Al final, ¿qué somos? Un nombre sobre una
piedra. El recuerdo etéreo de un padre. Una mariposa efímera que se pierde en
la noche.
Levantó el vaso en un brindis silencioso.
El tabernero le observaba extrañado, pero sin mayor alarma. No había mayor
alarma en éste o en algún otro sitio. El mundo estaba en su eje, y el tiempo
caía dentro de lugar en el rompecabezas. Pero él y su padre estaban lejos del mundo. Con
el vaso en el aire pronunció dos palabras con los labios cerrados. Aquí estas.
Y ahí estaba; y ahí estaban ambos. No en el pesar fingido del funeral, o en sus
coronas de flores blancas. Aquí. Parados, solos, padre e hijo, dentro de un
momento que no cabía en la realidad. Un momento que no debía ser, y que sin
embargo era. Era real. Por última vez se vieron a los ojos, y sonrieron, y el
padre también levanto su vaso. Luego dio media vuelta y fue desapareciendo, como si flotara,
dentro de la niebla espesa de la tarde.
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