30.5.12

Amor moderno

Lo prometido es deuda...
por Douglas Dunn
Texto Original: Modern Love

Es verano, y estamos en una casa
que no es nuestra, sentados a la mesa
en disfrute de los minutos del silencio rentado.
La gente de arriba se ha ido. Palomas arrullan
hacia el sueño a infantes y minusválidos.
El árbol sacude sus sombras hacia el césped,
las rosas vagan por los páramos de mi indiferencia.
Nuestras vidas aletean, y no tenemos esperanza
de mejor felicidad que esta, no mucho que mostrar
del amor más que a nosotros, y como es esta tarde,
impersonal, callada, y en la que estamos vivos
en amor doméstico, aparentemente solos,
todas las otras vidas reducidas en arboles y luz,
esperando ansiosos una visita del gato.


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Desde ahora trataré de incluir una pequeña nota en las traducciones para hacerlas más personales. Después de todo éste es un espacio personal, y no quiero que las traducciones parezcan simples caprichos de personita que cree saber inglés (y alemán en un caso raro de valentía). Los poemas y cuentos traducidos están ahi por una razón, y no está de más explorarla un poco.

En este caso, Modern Love llamó mi atención por ser un poema crudo, que refleja a la perfección esos momentos en que el amor se vuelve rutinario por fuerza de los golpes cotidianos. La pareja del poema tiene que cuidar infantes, minusválidos, ancianos... y todo ello los ha llevado a vivir en una casa rentada. Uno puede sentir en carne propia la pesadilla que es no tener privacidad ni momentos a solas; y todos sabemos que cuando ello pasa, lo primero que se va es el movimiento. La relación se vuelve estática, aburrida, y no hay mucho de que hablar. Sin planes ni esperanzas no hay punto en seguir parloteando como adolescentes enamorados. La cara oscura de la vida ha ganado, y el desencanto se posa para nunca irse. Y sin embargo, parece una tragedia menor. Pues, al fin y al cabo, siempre quedan el silencio, el arrullo perenne de las palomas, y las visitas de los gatos. Gotas tibias de felicidad apagando la antorcha del deseo.

28.5.12

015 (Quince Minutos)

Tengo quince minutos antes de mi hora de dormir, que son las 3 de la mañana. Quince minutos contra el descuido en el que ha caído mi escritura no-académica. Lo siento. Dudo mucho que deseen leer mi ensayo sobre Sir Gawain & the Green Knight o Las utopías del Renacimiento, así que me he alejado un tiempo. Estoy bien; la compañía es grata y la soledad no es tormentosa. Espero poner la novela a moverse de nuevo cuando termine la marejada de ensayos. Espero muchas cosas. Espero que mi madre comprenda que sólo quiero estar con mis amigos un rato y dar una clase (¿plática?) de literatura; y que no estoy buscando dejarla sola ni mucho menos regresar a los lugares a donde cree que me acerco. No tengo muchos amigos; en realidad los conté hace unos días y no pasan de 6. ¿Es mucho pasar unas horas con ellos? Como sea, ese proyecto se congeló unas semanas por falta de gente y ahora debo esperar a que diseñen un programa. Dicen que serán unas semanas, pero creo que serán meses porque el creador del taller es una persona muy dispersa y con demasiadas ideas (todas muy cuestionables) a la vez. Además dice que se va a dar una hora de cultura cada semana. Y que su propia clase de magia va incluida allí. 1 hora - 1 divagación de él = muy poco tiempo para mí. Pero bueno.

Trataré de comenzar una entrega de microcuentos esta semana, ademas de que traigo un poema revoloteando en mi cabeza. Sólo tengo una frase, pero me parece adecuada a mi momento y espero hacerla aterrizar con éxito. "Es tiempo de sanar." En efecto, es tiempo de dejar atrás personas y nociones punzo-cortantes y cicatrizar. Pero también es tiempo de salir de uno mismo y ayudar a que otros sanen. No pretendo ser un santo, pero necesito hacer algo bien. Por alguien que lo merezca, claro.

Lean Edward II, de Christopher Marlowe; se van a divertir. Y les recomiendo al poeta Douglas Dunn. Trataré también de traducir un poema suyo pronto; probablemente Modern Love. Manténganse tranquilos, la clave no está en las aguas bajo sus botes, sino en la fuerza de sus remos.

2:59 AM. Perfecto. Avante.

14.5.12

Birnam


Para Angie, que defiende mis sandeces.

Bajo los cielos grises de Escocia, el camino
de la sangre ha llegado a su final. Acucian
diez mil hombres el castillo del tirano
que llamaran capitán un día rojizo y alejado.
Claman las gargantas por el fin del asesino
y el retorno de la calma a sus noches y a sus
armas. Han venido de otras tierras, belicosos,
generales de estatura a despojarle del botín
que había ganado por mal. Deben arrancar la sal
de los campos asolados y blandiendo sus espadas
expurgar la libertad; devolverle su prestigio
a la memoria de aquel hombre acuchillado
en el sueño y remover el ensueño de locura
rojinegra por siempre, de raíz, sin titubear.
En las filas que defienden el castillo hay murmullos
de traición; que (¡paradoja!) es tan noble
como el mismo manto real. Y es que no hay
lealtad en ellos, pues a un colmenar de horrores
no se puede ser leal. Los amigos más cercanos
y lejanos inocentes han caído por su mano
acelerada y fatal. Mas el barranco es muy ancho,
y de la inercia y el tiempo no se escurre uno
jamás; ni por la fuerza del puño, ni por la lanza
afilada, ni por la sentencia extraña del destino
puesta en la voz de una sombra, de un hechizo,
de un engaño de cristal. Lo ha averiguado la dama,
a quien la mancha culposa, el carmín desperdiciado,
ha obligado a claudicar. Y antes del siguiente ocaso
habrá de probarlo Macbeth, quien mira por la ventana
y observa como la suerte se le va quemando ya;
la profecía se completa, los escudos se preparan,
los bosques marchando van.

6.5.12

Vasos


Los reflejos del cristal vacío sobre la mesa
no son blancos, ni transparentes, ni nada.
Sólo tonos claros sin definición ni vida
que provienen, mansamente, de una lámpara.

Debí apagarla, pienso, cuando decidí que
mi noche había acabado y me recliné, torpe,
sobre un costado a sentir el reloj correr
sobre la piel del mundo —no lo hice.

Sigo ahí, insomne ante la madrugada
como un gato con mucha menos energía.
¿Levantarme? Sí, es cierto, bien podría,
¿pero a que buen destino eso me llevaría?

Ninguno. Los vasos son más elocuentes
al quedarse sobre la madera inmóviles.
En sus fondos, suciedad, pequeñas nubes
de vino barato y ausencia yacen, impasibles.

La ausencia es lo que pesa peor que un manto
de rocas, o la muerte; tu ausencia es un espanto
porque es permanente, es un oscuro viento
que barre mis montañas y mis cielos.

Avanzan, como entumecidas, las horas;
cayendo como dominós en largas filas—
no me despiertan ni me duermen, pasan
frías: son un bosque al cual tú no regresas.

3.5.12

Aubade / Alborada


por Philip Larkin
Texto Original: Aubade

Trabajo todo el día y me emborracho a medias de noche.
Despertando a las cuatro en muda oscuridad, observo.
Poco a poco crecerá la luz en los filos de la cortina.
Hasta entonces yo veo lo que en verdad está ahí siempre;
la muerte sin descanso, un día entero más cercana,
haciendo imposible todo pensamiento más que el cómo
y dónde y cuándo moriré yo mismo.
Árida interrogación; mas el espanto
de morir, y de estar muerto,
resurge fresco para apresar y horrorizar.

La mente blanquea al vistazo. No por remordimiento
—el bien no hecho, el amor no dado, tiempo
sin uso y desgarrado— ni desdicha porque
una sola vida puede tardarse tanto en trepar
fuera de sus inicios falsos, y puede nunca lograrlo;
pero sí ante el total vacío eterno,
la segura extinción a que viajamos
y en donde nos perderemos siempre. No estar aquí,
no estar en ningún lado,
y pronto; nada más terrible, y nada más cierto.

Es un modo especial de temer
que ningún truco calma. La religión intentaba.
Esa vasta apolillada trama musical
creada para pretender que no morimos,
y cosas engañosas que dicen Ningún ser racional
puede temer algo que no sentirá, sin ver
que es justo eso lo que asusta —ni vista, ni sonido,
ni tacto o gusto u olfato, nada con que pensar,
nada que unir o amar,
la anestesia de la que ninguno regresa.

Y así se queda en el filo de la vista,
nubecilla fuera de foco, ventisca perpetua
que frena cada impulso hacia la indecisión.
La mayoría de cosas pueden no suceder: ésta lo hará,
y la consciencia de ello emerge
en miedo infernal cuando somos atrapados sin
compañía o trago. El coraje no sirve:
significa no espantar a otros. Ser valiente
no libra a nadie de la muerte.
La tumba no es diferente con lamentos o aguantando.

Lentamente la luz se agranda, y el cuarto toma forma.
Ahí está, plano como un guardarropa, lo que sabemos,
siempre supimos, supimos que no podíamos escapar,
ni aceptar. Un lado tendrá que ceder.
Mientras, teléfonos se encogen, aprestándose a sonar
en oficinas cerradas, y todo el indiferente
e intrincado mundo rentado comienza a despertar.
El cielo es blanco como arcilla, no hay sol.
Trabajo debe ser hecho.
Carteros van, como médicos, de casa en casa.