Para Angie, que defiende mis sandeces.
Bajo los
cielos grises de Escocia, el camino
de la
sangre ha llegado a su final. Acucian
diez mil
hombres el castillo del tirano
que llamaran
capitán un día rojizo y alejado.
Claman las
gargantas por el fin del asesino
y el
retorno de la calma a sus noches y a sus
armas. Han
venido de otras tierras, belicosos,
generales
de estatura a despojarle del botín
que había
ganado por mal. Deben arrancar la sal
de los
campos asolados y blandiendo sus espadas
expurgar la
libertad; devolverle su prestigio
a la
memoria de aquel hombre acuchillado
en el sueño
y remover el ensueño de locura
rojinegra
por siempre, de raíz, sin titubear.
En las
filas que defienden el castillo hay murmullos
de
traición; que (¡paradoja!) es tan noble
como el
mismo manto real. Y es que no hay
lealtad en
ellos, pues a un colmenar de horrores
no se puede
ser leal. Los amigos más cercanos
y lejanos
inocentes han caído por su mano
acelerada y
fatal. Mas el barranco es muy ancho,
y de la
inercia y el tiempo no se escurre uno
jamás; ni
por la fuerza del puño, ni por la lanza
afilada, ni
por la sentencia extraña del destino
puesta en
la voz de una sombra, de un hechizo,
de un
engaño de cristal. Lo ha averiguado la dama,
a quien la
mancha culposa, el carmín desperdiciado,
ha obligado
a claudicar. Y antes del siguiente ocaso
habrá de
probarlo Macbeth, quien mira por la ventana
y observa
como la suerte se le va quemando ya;
la profecía
se completa, los escudos se preparan,
los bosques
marchando van.
IGLOBEYOU
ResponderEliminar