En mis sueños
sueles ir volando
bajo estrellas, sobre
prados,
sueles ir
iluminando cuevas
con un roce de tus
rayos,
hay veces en que te
escondes
tras los robles —sólo
a veces.
Mas en otras
ocasiones surcas,
redibujas, mis
placeres.
En mis sueños
sueles ser la nada
que yo amo,
coloreada
de ribetes como un
arcoíris,
tan eterna como
uno,
indefinible y densa
pero etérea,
nunca piel, sólo
dulzura.
En mis sueños eres
tierra blanca,
de esa que hay sólo
en mis sueños,
y eres tierra y
azadón a un tiempo
y las semillas
traen tu esencia,
de esa esencia
hipnotizante y pura
que no es Tierra,
sino Luna.
En tus sueños suelo
ser la isla
en que descansas,
tan exhausta
de nadar sin balsa,
de ese mar
que te desangra,
suelo ser la roca
inmóvil, santa,
a pesar de mis
pecados.
Y esos sueños
suelen complacerme
más profundo que
los míos,
son la miel de que
me nutro y vivo
en este mundo, y
este frío.
En tus sueños crees
que soy la costa
inamovible, tersa y
lisa,
un oasis entre la
ceniza,
un bastión que
paraliza
el tiempo, lo
desliza
hacia el balcón y
empuja,
y sólo quedan vivas
nuestras vidas,
sólo enteras cuando
siempre juntas,
como nunca y como desde
siempre.
Y yo nunca he sido
costa blanda,
más bien bulto de
guijarros, dagas
falsas que en la
piel se ensañan.
Mas de mí no
sospechas, ya es ganancia,
quizá el estar
contigo me haga serlo.
Si quieres que lo
sea seré la isla,
y nunca volaré cual
falsa aurora.
Y mientras sigas
por mí despertando
yo seguiré por ti,
mi soñadora.