El árbol soportando
al nido es negro,
tanto cómo el
petróleo o el volcán,
o al menos lo
parece desde adentro:
las ramas donde vienen
a morar.
La madre quién
protege no está ahora,
en casa sólo yace
el gran cantor,
el crío, cuya
juventud inquieta
da a su alma
algunas gotas de valor.
Sube una rama y
luego sube otra,
cada una con más
brío y más vigor,
sabiendo que se
escapa de la sombra.
Sabe que el primer
vuelo no es bemol,
es su deber, tan
duro como sea,
saltar desde las
ramas hacia el sol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario