27.10.12

17 Haikus


I
Si preguntaron
“¿por qué son diecisiete?”,
callen y lean.

II
En realidad es
mi cifra favorita.
Miel en la lengua.

III
Sólo pronuncien:
“diesicietediesicie…”.
Trae buena suerte.

IV
No tuve suerte
a mis diecisiete años.
Mas ya no importa.

V
Puedo olvidarlo
con mis amigos nuevos.
O con más haikus.

VI
Así pretendo
engañar al vil tiempo.
Regresarlo a mí.

VII
Tener esa edad
otra vez y por siempre—
mas con fortuna.

VIII
Tener esa edad
tan corriente, inmadura—
mas con poesía.

IX
Ahora soy otro
y seré otro mañana.
Nada se queda.

X
Mas quizá pueda
endulzar el recuerdo
de tales tiempos.

XI
Así, con letras
de absurda nostalgia que
perennes duren.

XII
Eso es lo que hago
escribiendo esta cosa,
que dice poco.

XIII
Eso pretendo,
al menos, en mi mente
obnubilada.

XIV
Borrar recuerdos
reales, para darles
un mejor cuerpo.

XV
Uno que suene
lindo, ya por lo menos.
Uno más digno.

XVI
Admito, no sé
por qué hice esto en haiku. ¿Mas
realmente importa?

XVII
Solo espero
que mis años siguientes
sean poemas puros.

20.10.12

Lejanía.


A mis libreros.

Me hablas de otros tiempos y otros sitios;
lugares inmortales —negros, blancos—
todos encarnaciones de este mundo
en otra hora, pero tan imposibles
de invocar de cuerpo entero por el medio
imperfecto, flaco, de una imaginación
apabullada, que se pierden, como barcos,
en la niebla avejentada de los años.
Y me hablas de Paris y de los Alpes
como si yo paseara por sus calles:
me nombras seres, plazas, ríos, aves;
olvidas que no he visto ni postales,
que veo caminos nuevos, y que cargo
metálico teléfono en el suéter.
Seguiré tratando, sin embargo,
puesto que me compongo de tus mundos.
Tú —el amigo lejano cuyas cartas
no pueden llevar a los sitios que describen.
Yo —iluso que traga ávido las letras;
letras que nombran todo lo que tengo.

17.10.12

Semáforo


Luz roja. Por lo menos el día se va escurriendo. Para darme el último aire, pienso en mis cosas predilectas y las encuentro como siempre —seguras, pequeñas, blandas. Pienso en los cojines de mi sala, por ejemplo, o en el sopor blanco de la anestesia. Cosas sin olor, sin sabor, transparentes, que no me traigan memorias. El agua también sirve para esto, pero normalmente no pienso en albercas o cataratas. La gente y el estruendo me repelen. Prefiero imaginar charcos o grifos helados. Eso es lo que me lleva —suspendido en el aire, manteniendo la tristeza a raya. Pero no, allí está, vestida de uniforme verde, esperándome. La tristeza no es como la vida; no se va escurriendo poco a poco.

Abro la reja y me escurro a la madriguera. La casa no tiene cuadros —he dejado las paredes blancas para sentir, por un momento, que vivo en un lugar como el de mis fantasías. A veces abro el grifo por quince minutos y me acuesto con la cara al techo. Cuento el dinero y duermo como las mismas monedas duermen: frío, inmóvil, sin nada en el interior más que números y metal. No sueño, excepto por algunas noches en que la tristeza se asoma y me habla de mi vacío irremediable. La tristeza, claro, en la forma de una chica de uniforme verde, como las que veré mañana. De nuevo. Abro la reja y me escurro a la sabana. Lo hago antes del alba, cuando la ciudad todavía está pintada de un solo color. Eso me agrada, aunque ver cómo los edificios y rostros se van coloreando en los tonos vulgares que hemos elegido como compañeros siempre me deprime un poco. Una chica —transfigurada en la tristeza de uniforme verde— estira la mano, y es momento de que me calle y obedezca.

Luz verde. No me gustan los estudiantes. Se pensaría que los profesionistas me molestarían más, por su “éxito”; pero no. Todos los profesionistas son iguales: portafolio, camisa almidonada, papeles verdes en una carpeta de piel falsa. No puedo distinguir si son contadores, diseñadores, economistas… todos se confunden en mi mente, y por lo tanto no me recuerdan nada concreto. Además, entre el ajetreo de sus teléfonos celulares y la calma angustiosa de sus rostros ejecutivos, normalmente no se ven felices. Eso me da una chispa de esperanza —esa esperanza pútrida del que sufre acompañado. A la derecha. Los estudiantes son otra cosa. Me hacen forzarme a pensar en paredes blancas o en un manantial escondido y virgen. Algunos también traen portafolios, pero la mayoría carga morrales desgarbados con decoración boyante. Pins, llaveritos, parches… no me gusta. Reafirman su personalidad a cada paso, sin ver a quién lastiman. ¿Pero por qué tendrían que pensar en mí? Trato de comprender eso, y perdonarlos. Luego los veo reír o compartir secretos deliciosos e irrelevantes —y nunca puedo lograrlo.

Al final, creo que lo que no me gusta son los sueños. Ese ímpetu, ese brío por ser. Arruina mis fantasías calladas. Ante la vista ominosa de sus pins, llaveritos, parches… soy un muro desnudo y grotesco. Un humano desconfigurado. ¿Me falta algo, o le sobra al mundo? No lo sé, pero estoy seguro que algo no acomoda bien, y que el triste soy yo. No ellos, tan bien ajustados al mundo y sus mil colores, riendo en la comodidad de mi asiento trasero. Por mi parte sólo debo ver el camino y pensar en paredes, anestesia, manantiales… algo que me mantenga lejos de ellos y su reino de estruendo y espanto y sueños que no se cumplen. No se cumplen. Lo intenté, hace mucho tiempo. Creo, no recuerdo bien. Pero no se cumplen.

A menudo me preguntan por qué mi taxi no lleva ninguna calcomanía ni símbolo de alguna especie. Se ve vacío, dicen. Triste. ¿Qué he de responder? Quiero decirles que debo olvidar esos días en que quise soñar como ellos —pero sólo me callo y observo el camino.

12.10.12

El suicidio como una especie de regalo

por David Foster Wallace
Texto original: Suicide as a Sort of Present (audio leído por el autor)

Había una madre que lo pasaba en verdad muy mal, emocionalmente, adentro.
Como ella lo recordaba, siempre lo había pasado mal, incluso cuando fue niña. No recordaba muchas cosas específicas de su niñez, pero lo que podía recolectar eran sentimientos de auto-odio, terror y desamparo que parecían haber estado allí desde siempre.
Desde una perspectiva objetiva, no sería inadecuado decir que a esta futura madre le habían tirado encima una gran cantidad de mierda psíquica cuando era pequeña, y que algo de esa mierda calificaría como abuso de los padres. Su niñez no fue tan mala como la de otros, pero tampoco fue un picnic. Decir todo esto sería adecuado, pero no vendría al caso.
El caso es que, desde la edad más temprana que podía recordar, esta futura madre se odiaba a sí misma. Veía todo en la vida con aprensión, como si cada ocasión u oportunidad fuera un examen terriblemente importante para el que no había estudiado por pereza o estupidez. Sentía como si una calificación perfecta en cada examen fuera necesaria para evitar alguna especie de aplastante castigo.[1] Estaba aterrada de todo, y aterrada de mostrarlo.
La futura madre sabía muy bien, desde una tierna edad, que la horrible y constante presión que sentía era una presión interna. Que no era culpa de otra persona. Por ello, se odiaba a sí misma todavía más. Sus expectativas sobre ella misma eran de perfección total, y cada vez que no la lograba su ser se llenaba de un agudo e insoportable desamparo, que amenazaba con estrellarla como a un espejo barato.[2] Estas altísimas expectativas se aplicaban a todos los aspectos en la vida de la futura madre, particularmente esos aspectos que incluían la aprobación o desaprobación de otros. De este modo, en su adolescencia, fue vista como brillante, atractiva, popular, sorprendente; era felicitada y aprobada. Sus iguales parecían envidiar su energía, motivación, apariencia, inteligencia, disposición e incansable consideración por las necesidades y deseos ajenos[3]; tenía pocos amigos cercanos. A través de su adolescencia, autoridades como profesores, jefes, l de tropa, pastores y consejeros estudiantiles de la F.S.A. comentaron que la futura madre ‘parece[ía] tener expectativas muy, muy altas de [su] ser,’ y aunque estos comentarios eran expresados con gentil preocupación o reproche, era imposible dejar de notar en ellos una leve pero inconfundible nota de aprobación —la de una autoridad desinteresada que había juzgado y decidido aprobar— y por esa razón la madre se sintió (en ese momento) aprobada. Y se sentía vista: sus estándares eran altos. Esta inclemencia contra sí misma le provocaba una especie de orgullo miserable.[4]