Luz roja. Por lo menos el día se va escurriendo. Para darme el último
aire, pienso en mis cosas predilectas y las encuentro como siempre —seguras,
pequeñas, blandas. Pienso en los cojines de mi sala, por ejemplo, o en el sopor
blanco de la anestesia. Cosas sin olor, sin sabor, transparentes, que no me
traigan memorias. El agua también sirve para esto, pero normalmente no pienso
en albercas o cataratas. La gente y el estruendo me repelen. Prefiero imaginar
charcos o grifos helados. Eso es lo que me lleva —suspendido en el aire,
manteniendo la tristeza a raya. Pero no, allí está, vestida de uniforme verde,
esperándome. La tristeza no es como la vida; no se va escurriendo poco a poco.
Abro la reja y me escurro a la
madriguera. La casa no tiene cuadros —he dejado las paredes blancas para sentir,
por un momento, que vivo en un lugar como el de mis fantasías. A veces abro el
grifo por quince minutos y me acuesto con la cara al techo. Cuento el dinero y
duermo como las mismas monedas duermen: frío, inmóvil, sin nada en el interior más
que números y metal. No sueño, excepto por algunas noches en que la tristeza se
asoma y me habla de mi vacío irremediable. La tristeza, claro, en la forma de
una chica de uniforme verde, como las que veré mañana. De nuevo. Abro la reja y
me escurro a la sabana. Lo hago antes del alba, cuando la ciudad todavía está
pintada de un solo color. Eso me agrada, aunque ver cómo los edificios y
rostros se van coloreando en los tonos vulgares que hemos elegido como
compañeros siempre me deprime un poco. Una chica —transfigurada en la tristeza de
uniforme verde— estira la mano, y es momento de que me calle y obedezca.
Luz verde. No me gustan los
estudiantes. Se pensaría que los profesionistas me molestarían más, por su “éxito”;
pero no. Todos los profesionistas son iguales: portafolio, camisa almidonada,
papeles verdes en una carpeta de piel falsa. No puedo distinguir si son
contadores, diseñadores, economistas… todos se confunden en mi mente, y por lo
tanto no me recuerdan nada concreto. Además, entre el ajetreo de sus teléfonos
celulares y la calma angustiosa de sus rostros ejecutivos, normalmente no se
ven felices. Eso me da una chispa de esperanza —esa esperanza pútrida del que
sufre acompañado. A la derecha. Los estudiantes son otra cosa. Me hacen
forzarme a pensar en paredes blancas o en un manantial escondido y virgen. Algunos
también traen portafolios, pero la mayoría carga morrales desgarbados con
decoración boyante. Pins, llaveritos, parches… no me gusta. Reafirman su
personalidad a cada paso, sin ver a quién lastiman. ¿Pero por qué tendrían que
pensar en mí? Trato de comprender eso, y perdonarlos. Luego los veo reír o
compartir secretos deliciosos e irrelevantes —y nunca puedo lograrlo.
Al final, creo que lo que no me
gusta son los sueños. Ese ímpetu, ese brío por ser. Arruina mis fantasías
calladas. Ante la vista ominosa de sus pins, llaveritos, parches… soy un muro
desnudo y grotesco. Un humano desconfigurado. ¿Me falta algo, o le sobra al
mundo? No lo sé, pero estoy seguro que algo no acomoda bien, y que el triste
soy yo. No ellos, tan bien ajustados al mundo y sus mil colores, riendo en la
comodidad de mi asiento trasero. Por mi parte sólo debo ver el camino y pensar
en paredes, anestesia, manantiales… algo que me mantenga lejos de ellos y su
reino de estruendo y espanto y sueños que no se cumplen. No se cumplen. Lo
intenté, hace mucho tiempo. Creo, no recuerdo bien. Pero no se cumplen.
A menudo me preguntan por qué mi taxi
no lleva ninguna calcomanía ni símbolo de alguna especie. Se ve vacío, dicen.
Triste. ¿Qué he de responder? Quiero decirles que debo olvidar esos días en que
quise soñar como ellos —pero sólo me callo y observo el camino.
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