Las analogías son un mecanismo arriesgado como pocos para un escritor. Mientras una metáfora o una imagen individual puede fracasar sin matar del todo el interés del lector (por ser rápidas, pequeñas), si una analogía fracasa todo tu pasaje, capítulo, incluso tu obra entera, es historia. Es una imagen extendida que pretende explicar un aspecto mucho más grande de la existencia, y como tal, el lector debe decidir si está de acuerdo o no con la filosofía del autor. Va más allá de si suena bonito o está escrita con las palabras correctas, cosas que pueden salvar a las metáforas o imágenes aisladas. Una analogía puede estar construida sin defecto alguno, gramático, estilístico, y aun así caer sin vida ante los ojos de un lector. Lo único que se necesita es tocar una mala fibra sensible en él, despertar su escepticismo; y por supuesto, el escritor no puede saber cuáles son las fibras de sus lectores. Quizá tratemos con un autor que sepa de ideologías sociales, pero no conoce a su público individualmente. De este modo proponer una explicación poética, figurativa, para un fenómeno cualquiera resulta peligroso; es una apuesta inevitable. Pero también necesaria.
Digamos que yo propongo un pasillo largo, y en uno de sus extremos hay un débil foco. Su luz sólo llega hasta la mitad del pasillo. Si yo camino del extremo alumbrado al oscuro, cada vez me confundiré más, perderé las nociones del espacio y tropezaré. Si camino en el sentido contrario, a pesar de que la luz sea débil, a pesar de que el pasillo sea el mismo y contenga la misma cantidad de luz en total, mis pasos serán más seguros. No me perderé. Con esta imagen se puede explicar la forma en que los conflictos se ven iluminados y fáciles cuando lo que se hace es ver hacia atrás, recordarlos, mientras que cuando se viven por primera vez somos inútiles ante ellos. Pero no todo mundo tiene que estar de acuerdo conmigo. Alguien habrá leído una analogía similar en una revista, alguno preferirá la forma en que X autor piensa sobre el tema y otro me considerará un melancólico insalvable, pensando que recordar sirve para aprender de tus errores. Yo quedo expuesto como un cínico, pesimista, y mis lectores más soleados no dudarán en rebatirme. Pero vale la pena lanzarse al foso.
Si alguien, o incluso una mayoría de lectores acepta la analogía, no sólo pensarán que alguien piensa como ellos. Se sentirán afirmados en tal creencia, y pensarán --con razón o no-- que el escritor entiende. No en balde una de las mejores cosas que se puede decir sobre un intelectual es que es 'profundo'; a nuestras mejores mentes les exigimos entendimiento, la capacidad de sacarnos del marasmo común, del remolino que caracteriza a la vida mundana. Y un escritor que busque llegar a tales cumbres deberá ser capaz no sólo de sonar bien o acomodar palabras de forma conveniente, sino de proponer nuevos modos de entender el mundo. Las analogías, en ese sentido, son el mejor amigo de un buen escritor, a pesar de sus peligros.
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