De
este lado, aquí, nosotros,
compartiendo
el terso espacio;
el
de pieles de durazno;
el
de sábanas de armiño.
Tras
la puerta hay un pasillo.
Un
florero helado y seco.
Un
espacio que no es nada
porque
no lo ven tus ojos,
encerrados
en los míos.
No,
tan ocupados quedan
que
no hay tiempo que les baste
para
cosa fuera de eso.
Y
este cuarto es todo, entonces;
un
fruto autosuficiente;
un
santuario impenetrable.
Cuando
rozas mis oídos
o
me palpas, todo, entero,
sé
que no hay otro sonido
ni
otro toque verdadero.
No
es posible laudar todo,
pues
el tiempo es cruel y rompe
la
cerámica, los vidrios;
se
entretiene apabullando
los
momentos más sagrados.
Puede
ser que te me pierdas,
arrastrada
en mil caudales.
Puede
ser, no lo deseo,
que
los roces estivales
de
los cuales disfrutamos
sean
una ilusión mezquina,
un
contacto pasajero
como
entre quienes abordan
un
tren y quienes lo bajan.
Pero
aquí y ahora nosotros,
de
este lado, aquí, el espacio
se
dibuja con las formas
de
tu cuerpo encandilado;
de
mi cuerpo acelerado;
y
el momento es trascendente.
Hay
un mar de negro fondo
y
hay nieves incognoscibles.
Hay
un horizonte turbio
allá
donde la vista falla.
Pero
este minuto es agua—
simple,
llano, siempre cierto.
He
cerrado la persiana
para
no violar el cuarto
con
materia que no es nada
porque
no la aman mis dedos.
Aquí,
dos, soñando ahora
somos
todo el terso espacio.
Más
allá de la persiana,
juro,
no encontraras nada.
Más
allá de la persiana
sólo
hay mundo y sólo hay cielo.