De pronto
desperté de mi sábana
de miel, y
me aventaron dentro.
Y me
dijeron: se acabó el ensayo.
Y se acabó.
Una vez
dentro me encontré millones
de
serpientes, en sí enredadas.
Y me
dijeron: únete a nosotras.
Me les até.
Las primeras
mordeduras atroces
fueron; y
mi piel vi arder.
Y me
dijeron: no tardará en caer.
Me
acostumbré.
Ya con mi
nueva piel, fresca coraza,
me moví
libre por el foso.
Y me
dijeron: usa tu veneno.
Y lo probé.
Sentí mis
escamas duras y fuertes,
la tenaza
en mi boca voraz.
Y me
dijeron: devorador rapaz.
Me regodeé.
Y
comenzaron todas a temerme,
mas también
a quererme cerca.
Y me
gritaron: yo seré tu dueña.
Me
carcajeé.
Cuando un
día me llegó el soso marchite,
quebró el
espejo de mi casa.
Y se
burlaron: parca solitaria.
No las
culpé.
Luego te me
apareciste al borde del
invierno,
mi gris alumbrando.
Y susurraste…
yo no sé qué tanto.
Me
derrumbé.
Rogué que
mi sentir no fuera falso
amanecer,
sino un ocaso
apacible.
Fue todo verdadero,
por un
rato.
Ahora las
mudas de piel se me han ido
enteras, no
más que preludio
del azul
letargo. Creo que fue todo
un hechizo.
Digo que
creo porque te recuerdo
como se
recuerda un sueño de
niñez.
Nebuloso, adusto, un verde
pasajero.
Las escamas
que cubren el suelo son
copos de
nieve. En el foso vi
cambiar los
fuegos, y ahora seré nada.
Esqueleto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario