3 - Estoy sentado en la banca de piedra. La celda, estrecha y tan ventilada como una mina de carbón, yace a oscuras en el sótano. No quiero llamar a esto un calabozo. La palabra me trae ecos medievales, tortuosos. Yo, en cambio, confío en que todo pase con rapidez y determinación. Sin dolor sería mucho pedir, pero al menos espero que no me descoyunten los huesos en un potro, como hacían hace algunos años. Lo que quiero es precisión. Que no se anden con rodeos. Una pinza arrancando de mi carne la espina llamada vida. Nada más.
5 – Así que esto es el vacío, me digo. No sólo el presente, tan insignificante y tan aciago, sino todos los días anteriores. Thomas los ha echado por la borda. Nunca quise creer, aún cuando la gente comenzó a desaparecer a su conveniencia. Tal vez debí mandar a alguien a que inspeccionara su casa y el muelle, después de todo. Dormito a ratos. Inconstante.
11 – Me conducen al patio, ante las estrellas quienes poco a poco regresan a su letargo diurno. El grillete lastima, pero no es momento de quejas. ¿De qué es momento? ¿De callar, de ser solemne? Desde el principio todos abotagan tu visión con esa idea de la “muerte heroica”. Aceptar y resistir hasta el final. Pero me cala la inquietud de una pregunta. En la hora última, ¿no deberíamos mostrarnos más desnudos que nunca? No lo sé. Aún así, pensando esto, seguiré callando y resistiendo. No quisiera ser inadecuado.
4 – Los guardias me han dicho, tímidos, que el mismo Thomas ha firmado el acta. Más que sorprenderme su falta de compasión (cosa que comprendí desde que se presentó en mi casa con ocho hombres para apresarme), me extraño de la humanidad en general. Ahora cada uno tiene un nombre propio. El pueblo, la sangre, ya no significan nada.
7 – Aceptar. Sí, claro. El tiempo se encuentra acorralado; las horas se dirigen a un único punto final. Y el capellán me pide que acepte. Acepto la derrota, y mi estupidez. No acepto la muerte. Para empezar, le digo, ni siquiera la conozco. Él encuentra la conversación muy ríspida y se marcha, excusándose con no sé qué cosa. Todos se marchan cuando la situación apremia. Quizá fui rudo. Pero es su culpa, pienso. Aceptar el fin del mundo, aceptar la hecatombe de los tiempos. Que no sea ridículo.