Nota: como algunos se habrán enterado por el blog de Angie/Misha y otros no, una de las tareas escolares este semestre fue un ensayo personal. Este fue el mio.
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El consumado trotamundos y
expatriado británico Lawrence Durrell abre su libro Limones amargos con una sentencia sobre la naturaleza de los
viajes. Del bello párrafo surge la idea de que los viajes no vienen de la
voluntad o la cavilación, sino que nacen del azar y la combinación de
circunstancias. Son como la espuma de una reacción química inesperada. No he
acumulado gran experiencia en viajes, pero la poca que tengo parecería sugerir
que Durrell tiene razón. Me he visto fuera de mi zona de confort —que es decir
este remolino de sombras grises y luces halógenas que es la ciudad de México— contadas
veces, y en cada una de ellas ha tenido poco que ver lo que yo pensara.
Sinceramente, muchas de esas ocasiones me habrían parecido más placenteras permaneciendo
en casa, sin tener que considerar al clima o a los acompañantes para ejercer mi
albedrío. Otras, sin embargo, han sido exitosas exploraciones hacia adentro del
mundo, en las cuales descubro que el cemento y la grava sucia no son los únicos
suelos que permiten caminar; que el humo mercantil no es el único aire
respirable.
La ocasión que me
interesa recordar fue una mezcla de las dos —y también el viaje más largo de mi
vida. De la historia anterior al viaje, baste decir que mi madre trabó lazos
con un hombre de Noruega, y que él —teniendo la situación económica de un
hombre de Noruega— se ofreció a llevarnos a vivir con él por una temporada. Por
supuesto, la convivencia sería una observación mutua, en la cual trataríamos de
determinar si el formar una familia y establecernos juntos en aquella tierra
nórdica sería adecuado. Para mi madre el viaje significaba un nuevo proyecto de
vida, una puerta. Para mí, en cambio, subirme a un avión y dejar atrás el
cobijo de mi familia resultaba —en un principio— repulsivo y enervante. En
adición, el momento de partir era una época extraña para mí: la escuela
secundaria recién había quedado atrás y la incertidumbre del futuro se alzaba
en mi mente. Todos los caminos posibles se abrían ante mí, pero cada uno me
causaba el mismo miedo. Los resultados finales del viaje, que duró tres meses,
tuvieron mucho que ver con esa actitud inicial.
No voy a meterme con la
mente de mi madre, ni a relatar la secuencia melodramática de los eventos que
le conciernen. Debe ser dicho, sin embargo, que la empresa fracasó en parte
debido a mi reticencia a quedarme para siempre en una tierra desconocida, y en
otra porción debido a los previsibles choques culturales entre todos los
involucrados. La ruptura de nexos no fue violenta; todo se llevó a cabo con
civilidad. Hoy me percato de que mi madre, a diferencia mía, recuerda
profundamente esa secuencia melodramática de eventos, y también recuerda mucho
las cosas que vimos. Yo recuerdo eso sólo como anécdota de paso; la experiencia
interna es lo que se grabó más hondo en mi arcilla. Al estar reacio a probar de
lleno el experimento familiar, se me permitió pasar la mayor parte del tiempo
solo. Esto podría haber sido deprimente (de hecho, mi madre cree que me la pasé
terrible), de no ser porque Noruega es una tierra muy distinta a México: es una
tierra en que la soledad bien puede llevarte a la belleza.