Nota: Escribí este cuento a finales de 2011, con la esperanza de publicar en una naciente revista con tema histórico llamada "Ensayo." A pesar de su inclinación por la ciencia historiográfica, la convocatoria admitía textos de ficción que tuviesen que ver con el tema. Pensé que el cuento tenía gran posibilidad de ser incluido (aún pienso que, bajo circunstancias ideales, lo habría sido), pero nunca consideré la posibilidad de que la revista entera nunca llegara a hacerse realidad. Un año después sin respuesta ni movimiento alguno de parte del comité editorial de "Ensayo", doy el proyecto por muerto y procedo a publicar el cuento por mi cuenta; de un modo mucho más modesto, pero bueno. Quede como prueba de mi primera decepción editorial.
---o---
Vancouver,
2011.
¿Cómo
decir lo tantas veces dicho? Los libros de texto nos han adoctrinado con su
frialdad a temer la historia; pérfido foso de fechas, nombres. Los maestros a
menudo no son mucho mejores. Pocas veces uno logra la comprensión, la
aprehensión del eterno relato histórico. Muchas más, queda simplemente como
eso, un relato. Palabras y números inútiles para nuestra vida cotidiana, una
casi-ficción de ancestros mitológicos, una piedra en el zapato del estudiante.
Ahora
bien, yendo a tu pregunta, ¿de qué escribir a la revista? Querido A., de lo que
te plazca. Sé muy bien que apenas te inicias, que tienes miedo a no resultar
relevante, mas el miedo sólo se vence jugando con tus propias reglas. Sé
también que el jugueteo propio de las letras libres es difícil de llevar a cabo
usando hechos en vez del flujo desvergonzado de tu mente. Sin embargo, es allí
donde recae el peor error de quien trata de entender la historia como un simple
memorama. Las pequeñas pinturas y fotografías sobre el papel son todas, sin
excepción, representaciones de un personaje con dolores y anhelos. Esos nombres
existen tanto en las páginas como en nuestras calles, nuestros rostros,
nuestros días. A pesar de yacer en tumbas floridas o anónimas, el espíritu de
quien hace historia permanece, y no es estático como te han hecho pensar, sino
dinámico. Remolino de asteroides y cometas, agitándose, golpeándose unos a
otros. Moldeando el paisaje a cada hora, sin importar los siglos.
¿Alguna
vez has considerado la muerte en Gettysburg, en el Somme? El contacto helado y
definitivo de una bala en el pecho. ¿Alguna vez has tratado de revivir en ti la
alegría y realización del inventor mítico? ¿Acaso viven en ti las palabras de
Churchill, aquellas que ondearon por la radio en una hosca mañana de 1940? Imagínate
surcando la orilla de la vida en un As de frágiles alas, sobre las aguas del
Canal. Y ahora cabalga con frenesí por las colinas de Little Bighorn con tu
hacha presta en la mano derecha; siente el viento terroso remolonear tus
cabellos y escucha dentro de tu pecho el grito de guerra que te comanda. Lo que
transitamos día a día, esa serie de lugares histéricos o tranquilos que
delinean la vida, son solo ecos de la grandeza y debilidad que personas como
nosotros tuvieron en un momento dado. Tal como tú eres. Pensado así, quizá
podría alegarse que hemos hecho un mal a nuestros próceres colocándoles
estatuas en las plazas. Son tan inermes, tan perpetuas, y tan frías. El brillo
de su bronce nunca podrá expresar el fervor de las palabras o la fuerza de las
manos, sin importar el nombre del escultor.
Mándale
mi pésame a R., lamento no poder volver a la ciudad por ahora. Lo curioso
acerca de los abuelos es que nunca te detienes a pensar en lo que han visto. A
veces los tomamos por sentado, como si siempre hubieran estado encerrados en
una casa sin ventanas. Los abuelos han vivido tanto que no podemos ni imaginar;
y en general no lo intentamos. Ignoramos las historias que nos narran como si
el pasado fuera una aburrida página en un libro malo. Y esto porque no estamos
acostumbrados a sentir el tiempo pasar por nuestra piel. No verdaderamente, no
más allá del espejo. Ni imaginamos 1935 ni nos encandilamos con visiones de
1629. La vida no empezó con nuestra vida, y estamos en la Tierra por instantes
tan pequeños que pensarnos independientes del pasado es irresponsable, es
arrogante. En los ojos del universo eterno, ¿no cabría mi vida, la tuya, la de
Bonaparte y la de todos los profetas en el mismo parpadeo? Debemos hacer caso a
nuestros abuelos, porque quizá el pasado arcaico del que hablan está mucho más
cercano a nosotros de lo que creemos. De cualquier modo, dale mi pésame. Y
espero que las flores que mandé llegaran a tiempo.
El
seminario va bien, aunque con los bemoles usuales. La verdad es que he estado
demasiado ocupado buscando departamento para pensar mucho en quién de los
alumnos me agrada y quién no. Espero pronto quedar establecido para dedicarme
con más fervor al grupo. Me gusta llevarme conmigo un par de personas de cada
uno de mis grupos. Como R. o como tú. Nunca he pensado que el salón de clase
deba ser una frontera, ya lo sabes. Y así estoy, sin más por el momento. Al
gato parece gustarle el clima frío, y creo que a mí también.
Sobra
decir que te agradezco la confianza. El que un viejo alumno recaiga en mí para
aclarar una duda histórica es grato, pero una consulta como esta, que
trasciende lo usual, es simplemente placentera. Te aseguro que no faltan temas
de los cuales escribir. Las guerras, las invenciones, los misterios enterrados,
la grandeza de las civilizaciones: cosas como esas nunca se acaban. Sin
embargo, soy de la opinión que deberías aferrarte a la libertad inherente del
escritor, y no solo encasillarte en —de nuevo— fechas, nombres. Por más que las
academias nos obliguen a cumplir el programa de tan tediosa forma, uno debe
siempre recordar que el curso de los años no ha sido tan solemne, y que ningún
hombre ha existido jamás sin momentos de debilidad, puesto que sin debilidad y
miedo no habría una verdadera humanidad. Pero sobre todo, A., has de grabarte
muy hondo que todos somos parte de la historia.
Pericles,
Augusto, Atila, Moctezuma, Aníbal, Stalin, Fleming, Descartes. Cierto es que en
la historia hay una lista de nombres larguísima, casi interminable, nunca podré
negar eso. Pero sólo debo asegurarme, mi amigo, que el primero de los nombres
que incluyas en esa lista sea el tuyo propio; y en letras mayúsculas. Sal, y
crea tu propia historia porque, desde el ángulo que quiera verse, la historia
es lo que tú creas.
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