21.6.13

Coro 20, Orizaba 210 Blues

por Jack Kerouac
Texto Original: 20th Chorus (página 148)

Viejo amigo, ¿no te quedarás conmigo?
¿No dijimos que yo moriría bajo un arbol solitario
y que tu vendrías y no me talarías —
pero aquí me ves tendido
bajo un árbol fatalista
bajo una cruz dolorosa
bajo un jefe poderoso
bajo un caballo
      (mi reino por un caballo
      un caballo
      roba un caballo y vete
      al viejo México)
Joe, no eres mi amigo tú?
Y quédate conmigo, cuando caiga muerto
en los campos de damascos
   Y tú, luna azul, qué haces tú
   brillando en el cielo
   con un vaso de oporto
   en el ojo
—Chicas, suelten sus cortinas
y tendrá nuestra velada
interesantes violaciones
inneresantes violaciones

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No podía soportar la traduccion tan inepta en la versión publicada or Ed. Laberinto, así que hice una yo. La traducción de Jaime García-Robles inventa palabras, las alarga, cambia verbos, inserta comas absurdas, en fin. Y se atreve a decir que "los españoles son pésimos traductores de literatura Beat" en su introducción. Lo que uno tiene que ver.

11.6.13

412 (Escritores)

Odio cuando mueren los escritores que he leído. Un librero es una conversación interminable esperando a suceder en tu cabeza, en cuanto se tenga la decisión de comenzar a pasar las páginas. Puede sonar cliché, pero los escritores son voces, pero no las voces aburridas y académicas que tanta gente imagina cuando oye la palabra ‘libro’, y que los mantienen lejos del leer. El conjunto de voces del que hablo es mucho más parecido a un remolino de facciones antagónicas que se ha metido en un mismo auditorio, o en un estadio, o en una ciudad. En un librero se puede encontrar una metáfora del mundo entero, en el que está cada loco con su tema, hablando de lo que le place. Hay reporteros e inventores; hay magos y científicos; hay artífices y estúpidos. Algunos gritan en las plazas públicas con vozarrón de profeta; otros se reúnen con un par de esbirros en una madriguera a media noche. Es todo el universo en cajones de madera.

Es muy fácil simplemente pensar eso y dejar de considerar que esas voces abstractas en las que basamos nuestro microuniverso metafórico son, de hecho, personas. O lo fueron. Puede que esto suene cruel, pero no me imagino un mundo en el que Walt Whitman o Leo Tolstoi estuvieran vivos. Son para mí visiones abstractas, imposibles y sin embargo reales, que existen sólo en mi librero y en fotografías intocables. Son voces en mi metáfora, pero no logro asirlos como personas —son demasiado lejanos y mesiánicos. Pero lo fueron, sin duda. Alguien debió mojar la pluma en el tintero y escribir “Oh Captain…” o Guerra y paz. Debió suceder, de una manera física. Fueron hombres, mas por fortuna no pueden morir de nuevo. Se han despegado, mediante el tiempo y el rodar de las generaciones, de su naturaleza terrenal. De esos escritores sólo nos queda el lenguaje, y una noción vaga de que en otro tiempo hubo un cuerpo, unas manos, unos ojos, que nosotros nunca podremos conocer.

Pero hay otros casos, mucho más dolorosos éstos. Hace un par de días falleció el escocés Iain Banks, escritor de The Crow Road, fantástica saga familiar repleta de humor negro y humor verde y de la melancolía lluviosa que distingue a las islas británicas. Ha escrito otras cosas, por supuesto: una novela muy celebrada en su momento, llamada La fábrica de avispas, y una colección imponente de historias sci-fi. Pero The Crow Road… verán, estoy leyendo The Crow Road. Voy a la mitad. No podía creérmelo cuando vi el nombre de Banks entre las muertes recientes de Wikipedia. El tipo no tenía ni 60 años, y si puedo usar la palabra ‘tipo’ es porque él estaba aquí hasta hace dos días, era un algo físico. Algunas veces he dicho, refiriéndome a mis peculiaridades emocionales, que no me desagrada estar solo, pero que no soporto quedarme solo. Es ese momento infame el que me pega, el momento de la marcha. Y su voz no se ha apagado, claro: yo tengo su libro en una mano mientras escribo esto, y eso prueba que sus letras siguen ahí. Pero su percepción se ha apagado. Nadie volverá a hablar con esa voz o desde ese punto de vista. En cien años nadie podrá realmente concebir lo que significaba que estuvieran vivos y presentes.

Los libros son cosas muy curiosas. Piensas que tú los escribes a ellos —y eso es cierto del mismo modo físico y literal en que yo le echo sal a la comida, por ejemplo—, pero en un sentido mucho más profundo y eterno son ellos los que terminan por escribir al escritor. Personalmente, yo escribo porque tengo miedo a desvanecerme con el viento el día que me atropelle un camión o una enfermedad. No encuentro algo más fútil, más espantosamente olvidable, que un humano que nunca haya puesto su voz en discurso escrito. Y sin embargo sé que escribir termina por convertirse en todo lo que fuiste —de un modo que quizá no es menos espantoso. Me levanto por las mañanas y tomo un vaso de agua inmediatamente; ando descalzo casi siempre que estoy en casa, a menos que sea invierno; me gusta probar bebidas extrañas, de colores, y comidas nuevas; grabo discos en mi PC y les hago sobres con etiquetas personalizadas; leo en mi escritorio si el libro es de más de 500 páginas; tengo un perro blanco y un gato negro y me gusta verlos juntos; ¿y qué? ¿No seré al fin un cúmulo de letras?

Cada que muere un escritor que he leído me pregunto a dónde va todo esto. Y es que la muerte es ese momento en que Iain o Ray Bradbury o David Foster o Roger Ebert o cualquier escritor se desliza de su cuerpo para emprender ese camino inefable hacia algo mucho más extraño que el olvido. Es el momento en que dejan de ser humanos y comienzan a hacerse abstractos, como aire, como espacio. Es como perder a un amigo y saber que nunca lo tocarás de nuevo, que está distante, que ya no puede verte, y al mismo tiempo percibir su voz intacta cada madrugada, viniendo desde un lugar oscuro, más allá de tu horizonte. Muy extraño, en definitiva. Otra de las apuestas que un escritor debe hacer con el futuro y el destino, supongo.

7.6.13

Estando aquí / Godot

para Samuel Beckett; ¿por qué no?


Bajo la luna, de pronto,
y en esta tierra baldía
que no conoce de tiempo,
abro los ojos de nuevo.

Bajo el gris árbol no cuelgo
sólo por faltarme cuerda;
espero me llegue una antes
de quedarme idiota y ciego.

Sé que estoy aquí, lo creo,
aunque hay tanto y tanto espacio
que llamar mío a este vacío
sería un acto de arrogancia.

Tanto espacio igualitario:
en todos lados la luna,
y en todos lados los golpes,
y en todos lados tu ausencia.

Y en todos lados tu ausencia—
no me digas que no sabes—
no me digas que no has visto
mis manos desesperadas

agitándose en las noches
cuando creen verte en el sueño.
Y en todos lados me faltas,
aunque espere otros mil años.

¿Y si llega?, me preguntan.
Entonces nos salvaremos.
Pero las botas lastiman
y no aguanto, no otro día.

Pero estoy, por la mañana,
sin importar el cansancio,
estoy esperando el tacto
de tu barba, aquí, de nuevo.

2.6.13

Demasiada información (Apasionado lamento satírico escrito desde el corazón de la academia y el tedio del siglo XXI, con claras influencias de Ginsberg, Beckett y las vanguardias)


Tamaño del archivo: 19 gigabytes
hasta ahora,
mas el archivo crece, es vivo,
va hacia arriba como viña
buscando llegar al sitio—
¿a dónde?— al sitio—
no preguntes por el sitio—
lo sabrás cuando te llegue.

¿Qué más quieres?, me dijeron,
todos dicen que eres “bueno”.
Quiero un mar privado y tibio—
quiero ser dorado en bronce
y exhibido en trece plazas—
quiero que mi nombre sea,
signifique, para alguien
que no tenga obligaciones
de decirme que me ama—
quiero todo,  santo y vano,
quiero que mi nombre sea.

No respondes la pregunta.
¿Qué pregunta va primero?
¿Qué buscas en mis adentros?
Yo no tengo las respuestas—
mis brazos son como signos
de interrogación curvados—
mi cabello es vil maraña
y mis dedos como guiones
que nunca definen nada,
sólo alargan las preguntas
y eternizan la agonía—
mi cabeza es sólo un punto
sin argumentos internos—
no comprendo   no comprendo
cómo podría responderte,
yo, pregunta alguna, siendo
mi cerebro un nido —no—
más bien revoloteo.

Ideas lúcidas, dijeron,
pero desorganizadas.
¿Qué más puedo?
¿QUÉ MÁS PUEDO?
Todo adentro es un zumbido—
todo adentro es cuestionable—
mirar hacia mis ideas es
ver el fondo de un río—
rocas bellas, casi gemas,
escondidas en guijarros,
entre piedras, entre fangos—
rocas bellas disfrazadas
de terrones enlodados—
rocas áureas provenientes
de otros lados, imposibles,
que no tienen ningún caso
pero están, inevitables,
confundiendo mi paisaje
y engañando mi sentido—
valen nada pero pienso
que pudieran valer algo—
me engatusan, me desfalcan
con brillo tornasolado.

Y ya no quiero seguir aquí, y sigo.
Ya no quiero vivir de letras, sigo.
Ya no quiero vivir ficciones, sigo.
Ya no quiero mis convicciones, finjo.
Ya no quiero nadar en datos, nado.
Ya no quiero explotar en llanto, lloro.
Ya no quiero golpear el muro, pego.
Ya no quiero vivir mi cuerpo, duermo.

¿Y a mí qué diablos me importa tu maldito palimpsesto?
¿Yo qué gano, Luz Aurora, Baudrillard, Genette, Poe, Eco?
El fin diegético de mi personaje no es el ser percibido por la audiencia como un pedante anti-héroe que recuerda el patetismo en Dostoyevski o en Confederacy of Dunces.
El fin diegético de mi personaje no es el ser usado por la voz narrativa como un testigo de los Gatsbys, de los Kurtz, de los Ulises, sin contribuir un ápice al desarrollo de la trama.
El fin diegético de mi personaje no es servir al lector como negativo exempla del orgullo desenfrenado, como ocurría en las fábulas y en la Iberia medieval.
El fin diegético de mi personaje no es contribuir por siempre a una interesantísima polifonía Bajtiniana que nadie escucha, ni lee, ni tiene en mente siquiera.
El fin diegético de mi personaje no es diegético, no soy, no, no soy diegético, entiéndelo, no tengo márgenes, no te- no tengo.

La verdad es que no sé qué clase de vida quiero—
Volar me parecería pálido revés de Hitchcock,
derribar muros sería releer de nuevo a Hobsbawm,
trascender a la otra vida cual novela de Alice Sebold
o pasar inadvertido como el velado Extranjero.

A veces canto porque otros ya dijeron todo—
I wish it was the sixties, I wish we could be happy—
It’s a terrible love and I’m walking with spiders—
And the meteorite is the source of the light—
I will surprise you sometimes, I’ll come around—
I’m gonna carry you in, in my head, in my heart, in my soul—
In two more years, my sweetheart, we will see another view—
And I’m smaller than the smallest fireball—
I’m not your friend, I’m not your lover, I’m not your family,
Yeah.

Otros dicen cosas, cosas,
interminables cosas
que se yerguen orgullosas
desde páginas mohosas.
Otros dicen que—
Todas las familias felices son todas iguales, pero las infelices sufren de un modo único—
Los personajes planos nunca sorprenden, pero pueden redondearse de pronto en Jane Austen—
No somos santos, pero hemos mantenido nuestra cita y pocos pueden decir lo mismo—
Así seguimos, botes contra la corriente, empujados sin cesar hacia el pasado—
El aliento de Dios era también el de él aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos—
Los cuerpos cálidos brillan juntos en la sombra, la mano se mueve al centro de la carne, la piel tiembla en alegría—
Quince millones de hombres trabajaban en la capital inmensa—
Y dicen que
Todo esto sucedió, más o menos—
Y yo les creo; creo.

Error 404—
no me encuentro, no te encuentro—
¿Dónde estamos, dónde estamos
en el mar de referencias—
reverencias—remanencias?
¿Y podremos encontrarnos
en la corriente turbada
yo y el mundo, y abrazarnos
con verdad y con temor
hasta que el tiempo nos trague?
¿Podremos tocar el fondo,
ver el lecho de las cosas?
¿O es que el lecho es sólo esto,
esta cruda garra inmunda
del buitre de la pregunta?
¿Este saber todo a medias
y saber que no hay más todo?
Descargar se hace imposible—
el archivo es demasiado—
de información demasiado—
Error 404—
error de conocimiento—
de cupo rebasamiento—
todo afuera y todo adentro—