Recuerdo que cuando tenía unos diez años, algún vecino dejó encargada en nuestro patio una camioneta Ford que estuvo allí unos meses. Recuerdo que se llenó de varas y polvo y me daba vergüenza qué pensaría el vecino cuando regresara. Recuerdo que una vez vi una telaraña extendida de nuestro árbol de granada hacia el espejo derecho de la camioneta y en la telaraña quizá el animal más raro que he visto en libertad, una arañita verde y gris metálico que podría jurar, incluso hoy, era un robot. Recuerdo que la vi a los ojos. Y recuerdo que en esos tiempos salía a jugar al patio más o menos a las 6 de la tarde, poco antes de que tú llegaras del trabajo, y que cuando escuchaba la llave girar en la cerradura me escondía detrás de la camioneta y pretendía que era un soldado encubierto reconociendo el terreno y tú el jefe del grupo enemigo, a quien espiaba con miras a una emboscada. Así jugaba contigo sin que lo supieras, aunque tal vez hubiera sido mejor que lo supieras.
Hoy tiene un año de tu muerte. No puedo pretender una cercanía contigo que nunca tuve, que quizá ninguno de nosotros tuvo, a excepción, misteriosamente, de mi madre a veces. Gran parte de nuestra relación fue a distancia, ya fuera la de un patio, la de los cinco kilómetros entre las dos casas o la de los 57 años entre tú y yo. Nunca supe muy bien qué era yo para ti al final. Si una decepción o una esperanza. Y estoy bastante seguro de que no supiste lo que yo pensaba de ti. Cuánto admiraba tu tesón, tu empeño, tu curiosidad y tu infravaloradísima inteligencia. Admiraba que fueras un hombre a la antigua, duro, que pudieras hacer plomería y electricidad, aunque fueran cosas básicas, que pasaras el día arreglando una llanta que nunca se iba a usar en nada y escuchando boleros a volumen de escándalo, que hubieras sido taxista, gasolinero, mecánico, técnico, comerciante y tapicero. Que hubieras sido un niño adoptado y nunca te enmarañaras en la autocompasión o la incertidumbre. Que no hubieras podido estudiar más que la primaria pero siempre tuvieras un comentario certero sobre política; que hayas sido un amante irredento de los libros vaqueros pero hayas encontrado tiempo para leer
Noticias del Imperio y
Los bandidos de Río Frío, además de comprar enciclopedias y obras completas de Wilde y Verne para tus hijas.
La vida no te pagó bien. Tu matrimonio fue de silencios, de frialdad y de una casi completa incompatibilidad que nunca entenderé. Tu hija mayor te amó y te ama, pero con mucho miedo. Tu hija mayor te perdió el miedo y se forjó una vida, pero en el camino también desaprendió cómo quererte. Y yo, último muñón de tu sangre, soy el más pobre heredero que podrías haber imaginado.
Estoy escribiendo esto en tu viejo cuarto. No es un buen cuarto, debiste cambiarlo hace mucho, cuando podías. Resulta absurdo como recámara porque tiene puertas en ambos lados y la cama estorba póngase donde se ponga. No hemos podido quitar tu consola de grabación y tu baúl porque pesan demasiado. En época de frío es helado, pero ante el día soleado más mínimo se vuelve un sauna insoportable. El papel tapiz está húmedo y huele a musgo. Estoy aquí porque me enfermé después de tu muerte y las tres mujeres que te sobreviven como mi familia no querían ya dejarme solo en la otra casa. Ya estoy mejor, pero ahora se han acostumbrado a tenerme aquí y no sé cómo zafarme. Me aburro aquí, pero creo que también me aburría allá.
Me alegra que hayas visto mi examen profesional antes de que empeoraras. Al menos así quizá te hayas ido pensando que había logrado algo e iba por buen camino, que iba a poder sacar todo adelante. Me daría mucha tristeza que supieras el año que he pasado, las oportunidades que he dejado ir, lo inefectivo e inútil que me soy en mi papel como hombre adulto, lo solo que estoy ahora y lo pequeño que me siento ante todo. Todavía recuerdo nuestro abrazo ese día.
Si contamos a tu padre adoptivo, Antonio, que murió joven y cuya viuda desapareció, y a tu abuela adoptiva, la curandera Pachita, que era como tu madre y se divorció dos veces, creo que ya conjuntamos cien años de soledad. No sé cómo salir de esto.
Desde junio del año pasado he estado rumiando una historia sobre ti, sobre nosotros, sobre tu muerte y mis recuerdos y tu rostro cuando me prometiste que sí ibas a llegar a mi examen profesional aunque tuvieras que ir al hospital a hacerte estudios esa mañana; sobre aquel último día que estuvimos juntos un buen rato y ya casi no podías hablar y te ayudé a ponerte la insulina y a sentarte, y sobre el lienzo sucio de la Virgen que colgabas sobre tu cama con un balazo supuestamente de la Revolución en el pecho que en ese momento se me figuró como el ojo de la nada indescifrable que se cernía sobre ti, observándonos, quieto y cruel y absoluto.
Esta no es todavía esa historia.
No sé cómo y no sé cuándo y no sé con qué energía o con qué traza de esperanza en el alma, pero quisiera jurarte con todas mis limitadas fuerzas que creceré y tendré más paz y aprenderé a no arruinar todo lo que amo y cuidaré a tus hijas en la vejez y escribiré esa historia bien. Casi puedo jurártelo, abuelo, casi. Pero no sé.
Realmente lamento no haber hablado más contigo cuando pude. Todo aquí se siente incompleto. Te extraño. Pero siempre es demasiado tarde para decir Te extraño.
--17.5.18