por David Foster Wallace
Texto original: Suicide as a Sort of Present (audio leído por el autor)
Había una
madre que lo pasaba en verdad muy mal, emocionalmente, adentro.
Como ella lo recordaba, siempre lo había pasado
mal, incluso cuando fue niña. No recordaba muchas cosas específicas de su
niñez, pero lo que podía recolectar eran sentimientos de auto-odio, terror y
desamparo que parecían haber estado allí desde siempre.
Desde una perspectiva objetiva, no sería
inadecuado decir que a esta futura madre le habían tirado encima una gran cantidad
de mierda psíquica cuando era pequeña, y que algo de esa mierda calificaría
como abuso de los padres. Su niñez no fue tan mala como la de otros, pero
tampoco fue un picnic. Decir todo esto sería adecuado, pero no vendría al caso.
El caso es que, desde la edad más temprana que
podía recordar, esta futura madre se odiaba a sí misma. Veía todo en la vida
con aprensión, como si cada ocasión u oportunidad fuera un examen terriblemente
importante para el que no había estudiado por pereza o estupidez. Sentía como
si una calificación perfecta en cada examen fuera necesaria para evitar alguna
especie de aplastante castigo.[1]
Estaba aterrada de todo, y aterrada de mostrarlo.
La futura madre sabía muy bien, desde una
tierna edad, que la horrible y constante presión que sentía era una presión
interna. Que no era culpa de otra persona. Por ello, se odiaba a sí misma todavía
más. Sus expectativas sobre ella misma eran de perfección total, y cada vez que
no la lograba su ser se llenaba de un agudo e insoportable desamparo, que
amenazaba con estrellarla como a un espejo barato.[2]
Estas altísimas expectativas se aplicaban a todos los aspectos en la vida de la
futura madre, particularmente esos aspectos que incluían la aprobación o
desaprobación de otros. De este modo, en su adolescencia, fue vista como
brillante, atractiva, popular, sorprendente; era felicitada y aprobada. Sus
iguales parecían envidiar su energía, motivación, apariencia, inteligencia,
disposición e incansable consideración por las necesidades y deseos ajenos[3];
tenía pocos amigos cercanos. A través de su adolescencia, autoridades como
profesores, jefes, l de tropa, pastores y consejeros estudiantiles de la
F.S.A. comentaron que la futura madre ‘parece[ía] tener expectativas muy, muy
altas de [su] ser,’ y aunque estos comentarios eran expresados con gentil
preocupación o reproche, era imposible dejar de notar en ellos una leve pero
inconfundible nota de aprobación —la de una autoridad desinteresada que había
juzgado y decidido aprobar— y por esa razón la madre se sintió (en ese momento)
aprobada. Y se sentía vista: sus estándares eran altos. Esta inclemencia contra
sí misma le provocaba una especie de orgullo miserable.[4]