12.10.12

El suicidio como una especie de regalo

por David Foster Wallace
Texto original: Suicide as a Sort of Present (audio leído por el autor)

Había una madre que lo pasaba en verdad muy mal, emocionalmente, adentro.
Como ella lo recordaba, siempre lo había pasado mal, incluso cuando fue niña. No recordaba muchas cosas específicas de su niñez, pero lo que podía recolectar eran sentimientos de auto-odio, terror y desamparo que parecían haber estado allí desde siempre.
Desde una perspectiva objetiva, no sería inadecuado decir que a esta futura madre le habían tirado encima una gran cantidad de mierda psíquica cuando era pequeña, y que algo de esa mierda calificaría como abuso de los padres. Su niñez no fue tan mala como la de otros, pero tampoco fue un picnic. Decir todo esto sería adecuado, pero no vendría al caso.
El caso es que, desde la edad más temprana que podía recordar, esta futura madre se odiaba a sí misma. Veía todo en la vida con aprensión, como si cada ocasión u oportunidad fuera un examen terriblemente importante para el que no había estudiado por pereza o estupidez. Sentía como si una calificación perfecta en cada examen fuera necesaria para evitar alguna especie de aplastante castigo.[1] Estaba aterrada de todo, y aterrada de mostrarlo.
La futura madre sabía muy bien, desde una tierna edad, que la horrible y constante presión que sentía era una presión interna. Que no era culpa de otra persona. Por ello, se odiaba a sí misma todavía más. Sus expectativas sobre ella misma eran de perfección total, y cada vez que no la lograba su ser se llenaba de un agudo e insoportable desamparo, que amenazaba con estrellarla como a un espejo barato.[2] Estas altísimas expectativas se aplicaban a todos los aspectos en la vida de la futura madre, particularmente esos aspectos que incluían la aprobación o desaprobación de otros. De este modo, en su adolescencia, fue vista como brillante, atractiva, popular, sorprendente; era felicitada y aprobada. Sus iguales parecían envidiar su energía, motivación, apariencia, inteligencia, disposición e incansable consideración por las necesidades y deseos ajenos[3]; tenía pocos amigos cercanos. A través de su adolescencia, autoridades como profesores, jefes, l de tropa, pastores y consejeros estudiantiles de la F.S.A. comentaron que la futura madre ‘parece[ía] tener expectativas muy, muy altas de [su] ser,’ y aunque estos comentarios eran expresados con gentil preocupación o reproche, era imposible dejar de notar en ellos una leve pero inconfundible nota de aprobación —la de una autoridad desinteresada que había juzgado y decidido aprobar— y por esa razón la madre se sintió (en ese momento) aprobada. Y se sentía vista: sus estándares eran altos. Esta inclemencia contra sí misma le provocaba una especie de orgullo miserable.[4]

29.9.12

Un piloto irlandés prevé su muerte

por W.B. Yeats
Texto original: An Irish Airman Foresees his Death


Sé que el destino he de encontrar
allá en las nubes sobre mí;
a quien combato no he de odiar,
ni amar a quienes protegí.
Mi tierra es de Kiltartan cruz,
y de ella, mis paisanos pobres;
ni un fin probable será atroz,
ni los hará a ellos más alegres.
Ley ni deber me hacen pelear,
políticos ni multitud;
es sólo un solitario afán
hacia el tumulto celestial.
Lo ponderé todo en mi ser;
futuro había desperdiciado
y lo mismo con mi pasado:
vivir así equilibro al perecer.

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Este fue el primer poema que vi en mi carrera, lo cuál --en retrospectiva-- me hace pensar que mi maestra no era muy metódica, puesto que Yeats no estaba en ningún lugar del temario en el primer semestre. Es un poema muy importante para mí, ya que fue una de las primeras veces que sentí verdadera conexión con unos versos (entré a la universidad pensando que la poesía era cursi, melosa). Decidí traducirlo hasta ahora por dos razones: el patrón de rima me daba miedo, e Irlanda ha tomado una cierta importancia en mi imaginario, de la mano de Angie, quien ama a varios autores de la isla esmeralda --incluido Yeats. Sólo agregaré un par de cosas. La cruz de Kiltartan se refiere a un grupo de católicos quienes peleaban en la fuerza aérea británica durante la 2da Guerra Mundial; Kiltartan también es una región de la isla. Y por último, me disculpo por la sintaxis tan rara en algunas lineas: decidí darle prioridad al ritmo marcial del poema que a la total claridad de las palabras, ya que sin ese tono solemne, guerrero, encuentro al texto severamente disminuido.

23.9.12

188 (Divergencias)



Recuerdo que un día, ser escritor pareció un camino predestinado, y por ello simple. Además, yo era el único raro en kilómetros a la redonda que tenía tal idea disparatada. Recuerdo que los demás hablaban de chicas y jugaban ping-pong mientras yo me apartaba y sacaba libros de la biblioteca. No era una buena biblioteca (diez libreros con manuales de odontología y uno de literatura), pero toda conglomeración de libros ofrece algo; un pensamiento, una compañía, una voz. La gente que me rodeaba no sabía qué hacer tras la preparatoria, debatiéndose cual pájaros en alambrado entre comunicación, derecho o alguna especie de ingeniería. Yo leí Las muertas, La metamorfosis, Crimen y castigo, Rojo y negro… y nunca dudé de lo que buscaba en mi vida.

Recuerdo también esas clases de inglés en que ayudaba al profesor —un tipo afable de menos de 30 años, moreno y fornido, llamado Iván— a corregir errores en clase. En más de una ocasión me preguntó las palabras que no recordaba. Después tuve otra profesora, con la que no trabé migas algunas: se llamaba Abigail, y creo que se sentía un poco incomoda conmigo. Me sentaba en la última banca del salón y leía algo; de la biblioteca o de mis libros propios. Cuando ella proponía algún ejercicio en equipo (normalmente los hacía a modo de competencia), sólo me iba con los que estaban cerca. No eran mi tipo de gente ni yo la de ellos, pero me aceptaban sin reclamos porque sabían que conmigo allí tenían la victoria (y una paleta o un punto en el examen) casi asegurados. Eso era injusto, pero por mí estaba bien. Me hacía sentir grande y destacado. Me hacía sentir en primer lugar, después de pasar toda mi existencia anterior —por no mencionar la mayoría de clases allí mismo, en preparatoria— como un tipo solamente listo opacado por geniecillos. Nunca sentí que fuera inferior a ellos, pero tampoco que valiera la pena intentar darles alcance, y por tanto me resultaba ideal ese ambiente, en que podía ser el primero sin hacer nada que estirara mis límites en absoluto. Yo leía y sabía inglés avanzado; los demás podían saber cuánta matemática quisieran sin amenazar mi mundo. Me había creado un nicho en donde estaba casi solo. Un pequeño altar para mí mismo. Un paraíso intelectual en soledad. No sabía cuan estéril y vana era esa comodidad.

18.9.12

Poema Cero (Lista preliminar de razones para mi infortunio)


Porque no procuro la risa fácil.
Porque no saludo cuando entro
a un cuarto.
Porque no desenvaino mis dagas
tan rápido.
Porque a perpetuidad y sin notarlo,
escribo con frases dentro de frases.
Porque me parezco a mi piel gris:
acostumbrada a la sombra de otros.
Porque no siento el silencio como
enemigo.
Porque no tengo dos ejes y dos
contraargumentos,
ni sigo el modelo de ensayo perfecto.
Porque no sé resumirme en 140
caracteres.
Porque anestesio las palabras
hasta que quedan yertas, sin brío
ni vida:
sí, sólo mírenlas, aquí en mis campos
que son poemas, desperdigadas,
sucias y muertas.
Porque me lastima la luz de las ventanas
y porque necesito cerrar la persiana.
Porque quizá nunca seré nada,
y he decidido hacer preparaciones
adelantadas.
Porque algunos de mis amigos
ni siquiera saben que lo son,
y no me hablan.
Porque eso es lo que quiero, tal vez,
pues en la soledad no hay tanta rabia
como en las multitudes,
y yo que no soporto los conflictos…
Porque no soy dragón
ni un unicornio;
sólo un tipo que escribe y vende espejos.
Porque no quiero reinventar al mundo,
sino deliberar mi alma de viejo.
Porque yo sé esperar que venga la marea,
y por eso no puedo controlar el fuego.
Porque prefiero entender algo a hacerlo,
y en entenderme se me va la vida,
y en el no hacerme sólo me deshago.
Porque no estoy siquiera triste al decir esto;
es sólo la verdad que estaba
ahogada.
Porque preparo con amor esencias
aunque nadie ha venido aquí a probarlas.
Porque no sé qué hago, y es por eso
que tanto me fascinan esos barcos—
esos que van sin nada por delante,
esos que turbios cargan con su sombra.