Recuerdo
que un día, ser escritor pareció un camino predestinado, y por ello simple.
Además, yo era el único raro en kilómetros a la redonda que tenía tal idea
disparatada. Recuerdo que los demás hablaban de chicas y jugaban ping-pong
mientras yo me apartaba y sacaba libros de la biblioteca. No era una buena
biblioteca (diez libreros con manuales de odontología y uno de literatura),
pero toda conglomeración de libros ofrece algo; un pensamiento, una compañía,
una voz. La gente que me rodeaba no sabía qué hacer tras la preparatoria,
debatiéndose cual pájaros en alambrado entre comunicación, derecho o alguna
especie de ingeniería. Yo leí Las
muertas, La metamorfosis, Crimen y castigo, Rojo y negro… y nunca dudé de
lo que buscaba en mi vida.
Recuerdo también esas clases de inglés en que
ayudaba al profesor —un tipo afable de menos de 30 años, moreno y fornido,
llamado Iván— a corregir errores en clase. En más de una ocasión me preguntó las
palabras que no recordaba. Después tuve otra profesora, con la que no trabé
migas algunas: se llamaba Abigail, y creo que se sentía un poco incomoda
conmigo. Me sentaba en la última banca del salón y leía algo; de la biblioteca
o de mis libros propios. Cuando ella proponía algún ejercicio en equipo (normalmente
los hacía a modo de competencia), sólo me iba con los que estaban cerca. No
eran mi tipo de gente ni yo la de ellos, pero me aceptaban sin reclamos porque
sabían que conmigo allí tenían la victoria (y una paleta o un punto en el
examen) casi asegurados. Eso era injusto, pero por mí estaba bien. Me hacía sentir
grande y destacado. Me hacía sentir en primer lugar, después de pasar toda mi
existencia anterior —por no mencionar la mayoría de clases allí mismo, en
preparatoria— como un tipo solamente listo opacado por geniecillos. Nunca sentí
que fuera inferior a ellos, pero tampoco que valiera la pena intentar darles
alcance, y por tanto me resultaba ideal ese ambiente, en que podía ser el
primero sin hacer nada que estirara mis límites en absoluto. Yo leía y sabía
inglés avanzado; los demás podían saber cuánta matemática quisieran sin
amenazar mi mundo. Me había creado un nicho en donde estaba casi solo. Un
pequeño altar para mí mismo. Un paraíso intelectual en soledad. No sabía cuan estéril
y vana era esa comodidad.
Con el tiempo, algunas personas empezaron a
fijarse en mi “rareza,” y les gustó. Eso también estaba bien conmigo, mientras
no me perturbaran. Por supuesto, como el niño tonto que era, no supe impedir
que eso pasara cuando alguien lo intentó. La verdad es que tampoco quise, pero
esa es una historia para otro momento, o quizá para ninguno. El caso es que
desde ese momento tuve satélites, personas a quienes observar más de cerca. No
amigos, sólo personas. Me gustaba no-hablar con ellos: esto es observar sus
conversaciones con una cara plana; una mirada que les dejara ver lo encima que
estaba de tales diatribas superficiales. Me gustaba que me preguntaran cómo
pasar los exámenes de filosofía. No me usaban como su nerd de cabecera, sólo me
consultaban como se consulta a un gurú de la montaña. A veces sólo veían el
libro que tenía en las manos como si fuese un objeto de otro planeta. Me sentía
bien.
Fue por ese tiempo que comencé a escribir. De
nuevo, nadie más lo hacía, y tal soledad me motivaba y hacía que una luz
parpadeara dentro de mí, constante, aguda. No escribía bien, pero solía
completar lo que me proponía. Pasé todo un diciembre haciendo cuentos en un
cuaderno azul. Esos cuentos son En glacial
murmullo, La celda, y otro que abandoné por absurdo: trataba de una
invasión de seres —no plenamente alienígenas, sólo seres— que exterminaban a la
humanidad, atrapándolos y aventando sus cuerpos al mar. Recuerdo escribir una
parte de alguno de esos cuentos sin más luz que una luna perfecta y azul y
algunos fuegos artificiales en la distancia, en el árbol torcido y caribdisesco[1]
del patio de mis abuelos, en lo que fue probablemente el año nuevo de 2010. Recuerdo
imponerme una mínima de diez líneas por día —o mejor dicho, por noche. No eran
buenos cuentos, sólo había mezclado las parábolas de Gibran con el ambiente de
Kafka y el ánimo de Poe sin haber leído de verdad a ninguno de ellos. No sabía
escribir como ahora, con una redacción más cuidada, con pequeños simbolismos.
No sabía evitar los clichés de las letras, y pasaba por sobre de ellos como
vietnamita incauto sobre minas de tierra. Y sin
embargo, es ahora cuando más cuestiono mi camino.
Solía decirle a la gente de mi preparatoria que
estudiaría Letras Inglesas: una combinación mágica de las dos cosas que sabía
hacer en el mundo. Ellos se me quedaban viendo como bicho raro, y eso me
agradaba, lo cual fortaleció mi decisión todavía más. Y sí, estoy aquí,
estudiando lo que quise estudiar, aprendiendo lo que quise aprender. Las
universidades son curiosas; cuando uno está en el aula estudiando un campo del
saber todos los días, de pronto se olvida que existieron otros caminos alguna
vez. Me cuesta trabajo imaginar gente que no estudie letras. ¿Qué diablos hacen?, pienso. Y luego
recuerdo que, en realidad, esa es una pregunta que toda la sociedad se hace de
nosotros. Soñadores, ilusos, muertos de hambre, nosotros. Pero no, no vivimos
de nubes y unicornios. Vivimos del estudio, del conocimiento y de la
transmisión de saber. Si acaso morimos de hambre es del hambre por saber en qué
derrotero viajó/viaja/viajará el mundo, o qué piezas literarias se escribirán después
de que pongan nuestros nombres en lápidas. No les miento —después de todo ya están
aquí y tienen una parte esencial de mi vida abierta para leerse—, yo escribo
poemas y microcuentos y ocasionalmente algo más largo. Pero ese es sólo el
esqueleto de lo que hace un estudiante de letras, y un escritor que valga la
pena. Cualquiera de esos debe dedicar sus horas al trabajo de escritorio, a la
lectura, a la observación aplicada del mundo, a reflexionar oraciones una y otra
vez, tanto las propias como las ajenas. No vivimos del aire; vivimos del mundo
y sus humanos. Nos parece, a menudo, que aquellos quienes estudian otra cosa
son dementes. Al menos allí, la balanza está equilibrada.
El problema con estudiar letras no es la
belleza; pues de esa hay mucha y varia. Es que nadie espera que seas un
escritor. Tus sueños en realidad no importan tanto cuando estas dentro de la
academia, y eso es algo muy duro de aprender. ¿Cómo le dices a un niño que
solía escribir en árboles bajo la luna que sus párrafos necesitan más
conjunciones? ¿Cómo le explicas al solitario que leía fantasías y soñaba con
hacer otras propias un día, sentado en un rincón de la biblioteca, que sus
ensayos necesitan citar con el sistema MLA? Lo peor es que sólo llevo un año
allí. Me pregunto qué tanta resistencia tendrá mi espontaneidad como escritor —si
es que tengo alguna— ante los rigores de la universidad. A veces pienso que
estudiar escritura creativa sería más acorde a mis metas, pero en otras miro
los libros que he podido leer gracias a mis estudios, y agradezco. Agradezco
mucho. Por un lado, uno se cría dentro de las letras creyendo en un mito
hermoso sobre el artista libre y solitario. Luego llegas allí, al centro de
todo, y descubres que la mayoría de los artistas libres son vividores sin más
gracia que mantenerse en pie tras cuatro botellas de vino, y que había muchos
más solitarios de lo que pensabas. Llegué a un sitio en sonde no soy especial,
y eso asusta. No digo que “me” asuste, porque estoy consciente de que ni en eso
estoy solo. Es un barco bien poblado, en ocasiones hasta sobrepoblado. Todos
con un mar de letras que ofrecer, y el mundo con tan poca sed. La lucecilla dentro
de mí, la noción de que escribir me hacía especial, se ha ido. Ahora sólo
escribo porque es lo único que tengo, porque me refleja mejor que cualquier
espejo, porque es lo que se espera de mí, y porque le he agarrado un gusto
enfermizo, como al cigarro o a una amante.
Enfermizo. Ya no inocente. Un viejo cínico ante
una pila de papeles antes que un niño soñando un río. ¿Es ese mi destino?
¿Podrá sobrevivir alguna versión de ese infante? Lo arrastro, lo jaloneo, todo
con tal de no dejarlo atrás; pero no sé hasta dónde pueda llegar. No quiero ser
un fantasma de ilusiones perdidas. No quiero ser publicado en un anuario de
letras para que estudiantes futuros me analicen, descuarticen, y descarten.
Quiero que esos mismos chicos, tras su día de estudios, vayan a una librería o
un tenderete de todo-a-20-pesos y sonrían al encontrar mi nombre. ¿Pero a
dónde me dirijo? ¿Al librero junto a esos que tanto amo y admiro, o a la pila
de copias con nombres que no recuerdo? Si logro mi meta, un día algún libro mío
estaría —de acuerdo al alfabeto— cerca de Asimov o Arreola. Si no… ¿si no qué?
Y en mi escritorio hay demasiados libros que tengo que leer, y que me agradan,
pero no sé hacia dónde me están llevando. Podría ser veneno o ambrosía. A
veces, en ese salón, siento que todos somos el gato de Schrödinger. ¿Cuándo
sabremos si estamos vivos? Y es que amo lo que hago, pero a veces me aterra, me aterra mucho.
[1] La odisea. Disculpen, no quería usar un
adjetivo común. El árbol siempre me pareció, a la distancia, como una bestia
mítica.
Leyendote recordé a Benn. Te lo traduzco. Las palabras flotan en el poema, faltan nexos, pero es Benn y así tiene que ser.
ResponderEliminarGottfried Benn
Verlorenes Ich
Verlorenes Ich, zersprengt von Stratosphären,
Yo perdido, dinamitado por estratosferas,
Opfer des Ion: - Gamma - Strahlen .- Lamm -,
víctima del ión: - gamma – radiaciones. - cordero -,
Teilchen und Feld: - Unendlichkeitschimären
corpúsculo y campo: -Quimeras de infinito
Auf deinem grauen Stein von Notre - Dame.
Sobre tu piedra gris de Notre - Dame.
Die Tage gehen dir ohne Nacht und Morgen,
Los días se te van sin noche ni mañana,
die Jahre halten ohne Schnee und Frucht
los años se mantienen sin nieve ni fruto
bedrohend das Unendliche verborgen -,
amenazando el infinito escondido -,
die Welt als Flucht.
el mundo como huida.
Wo endest du, wo lagerst du, wo breiten
Dónde acabas, dónde te radicas, dónde se esparcen
Sich deine Sphären an -, Verlust, Gewinn -:
tus esferas -, pérdida, ganancia -:
Ein Spiel von Bestien. Ewigkeiten,
Un juego de bestias. Eternidades,
an ihren Gittern fliehst du hin.
huyes hacia sus rejas
Der Bestienblick: die Sterne als Kaldaunen,
La mirada de la bestia: las estrellas como tripas,
Der Dschungeltod als Seins- und Schöpfungsgrund,
La muerte en la jungla como causa de creación y de ser
Mensch, Völkerschlachten, Katalaunen
Hombre, matanzas de las Naciones, Catalaunen
Hinab den Bestienschlund.
Para adentro, a las fauces de la bestia.
Die Welt zerdacht. Und Raum und Zeiten
El mundo pensado hasta su ruína. Y espacio y tiempos
Und was die Menschheit wob und wog,
y lo que la humanidad tejió y pesó
Funktion nur von Unendlichkeiten,
función solamente de eternidades
die Mythe log.
el mito mintió.
Woher, wohin -, nicht Nacht, nicht Morgen,
De dónde, a dónde -, ni noche, ni mañana,
kein Evoë, kein Requiem,
sin euoi, sin réquiem
du möchtest dir ein Stichwort borgen -,
quieres tomarte prestada una palabra clave -,
allein bei wem?
pero de quién?
Ach, als sich alle einer Mitte neigten
Oh,cuando todos se inclinaron a un centro
Und auch die Denker nur den Gott gedacht,
Y también los pensadores se imaginaron solo al dios
sie sich den Hirten und dem Lamm verzweigten,
ramificándose en los pastores y el cordero
wenn aus dem Kelch das Blut sie rein gemacht,
cuando del cáliz la sangre los purificó,
und alle rannen aus der einen Wunde,
y todos fluyeron de la misma herida,
brachen das Brot, das jeglicher genoss -,
partieron el pan que cualquiera gozó -,
oh ferne zwingende erfüllte Stunde,
oh lejana hora plena e ineludible
die einst auch das verlorene Ich umschloss.
la que una vez también circundó el yo perdido.
Lo de lo "raro" es relativo, como todo. Lo de "especial", pues también es relativo, todos somos especiales, en realidad únicos y aún así, independiéntemente si la historia te olvida o te anota en su enciclopedia, no dejamos de ser uno más. El "yo" se pierde en el momento en el que lo arrojamos a la totalidad, el "yo" se rompe descuartizado por la razón, el yo, el yo, yo,yo, sin embargo en dónde más tomamos conciencia del "yo" es en el "nosotros". Estamos vivos en el "nosotros". Estamos vivos en el "ahora" y lo que digo es tan trivial que resulta insulso. A mi me ha gustado mucho ese "...¿si no qué?" tuyo. Ese camino me gusta.
esther
A mi me gustaría hallar un día tu nombre en algún estante de "todo por $20" o cualquiera, sonreiría, tomaría el libro con cariño y lo llevaría a mi casa para degustar del sabor de cada letra.
ResponderEliminarAunque no sepa tu nombre.
Creo que cuando uno deja de sentirse "diferente" al mundo porque se rodea de más "diferentes" empieza no hallarse, o al menos, eso me pasó a mi.
"¿Cuándo sabremos si estamos vivos?" por hoy, me quedaré con esa frase para sentirla un poco más.
Que tengas una linda tarde.