3.11.12

Fechas, nombres


Nota: Escribí este cuento a finales de 2011, con la esperanza de publicar en una naciente revista con tema histórico llamada "Ensayo." A pesar de su inclinación por la ciencia historiográfica, la convocatoria admitía textos de ficción que tuviesen que ver con el tema. Pensé que el cuento tenía gran posibilidad de ser incluido (aún pienso que, bajo circunstancias ideales, lo habría sido), pero nunca consideré la posibilidad de que la revista entera nunca llegara a hacerse realidad. Un año después  sin respuesta ni movimiento alguno de parte del comité editorial de "Ensayo", doy el proyecto por muerto y procedo a publicar el cuento por mi cuenta; de un modo mucho más modesto, pero bueno. Quede como prueba de mi primera decepción editorial.
---o---

Vancouver, 2011.

¿Cómo decir lo tantas veces dicho? Los libros de texto nos han adoctrinado con su frialdad a temer la historia; pérfido foso de fechas, nombres. Los maestros a menudo no son mucho mejores. Pocas veces uno logra la comprensión, la aprehensión del eterno relato histórico. Muchas más, queda simplemente como eso, un relato. Palabras y números inútiles para nuestra vida cotidiana, una casi-ficción de ancestros mitológicos, una piedra en el zapato del estudiante.

Ahora bien, yendo a tu pregunta, ¿de qué escribir a la revista? Querido A., de lo que te plazca. Sé muy bien que apenas te inicias, que tienes miedo a no resultar relevante, mas el miedo sólo se vence jugando con tus propias reglas. Sé también que el jugueteo propio de las letras libres es difícil de llevar a cabo usando hechos en vez del flujo desvergonzado de tu mente. Sin embargo, es allí donde recae el peor error de quien trata de entender la historia como un simple memorama. Las pequeñas pinturas y fotografías sobre el papel son todas, sin excepción, representaciones de un personaje con dolores y anhelos. Esos nombres existen tanto en las páginas como en nuestras calles, nuestros rostros, nuestros días. A pesar de yacer en tumbas floridas o anónimas, el espíritu de quien hace historia permanece, y no es estático como te han hecho pensar, sino dinámico. Remolino de asteroides y cometas, agitándose, golpeándose unos a otros. Moldeando el paisaje a cada hora, sin importar los siglos.

27.10.12

17 Haikus


I
Si preguntaron
“¿por qué son diecisiete?”,
callen y lean.

II
En realidad es
mi cifra favorita.
Miel en la lengua.

III
Sólo pronuncien:
“diesicietediesicie…”.
Trae buena suerte.

IV
No tuve suerte
a mis diecisiete años.
Mas ya no importa.

V
Puedo olvidarlo
con mis amigos nuevos.
O con más haikus.

VI
Así pretendo
engañar al vil tiempo.
Regresarlo a mí.

VII
Tener esa edad
otra vez y por siempre—
mas con fortuna.

VIII
Tener esa edad
tan corriente, inmadura—
mas con poesía.

IX
Ahora soy otro
y seré otro mañana.
Nada se queda.

X
Mas quizá pueda
endulzar el recuerdo
de tales tiempos.

XI
Así, con letras
de absurda nostalgia que
perennes duren.

XII
Eso es lo que hago
escribiendo esta cosa,
que dice poco.

XIII
Eso pretendo,
al menos, en mi mente
obnubilada.

XIV
Borrar recuerdos
reales, para darles
un mejor cuerpo.

XV
Uno que suene
lindo, ya por lo menos.
Uno más digno.

XVI
Admito, no sé
por qué hice esto en haiku. ¿Mas
realmente importa?

XVII
Solo espero
que mis años siguientes
sean poemas puros.

20.10.12

Lejanía.


A mis libreros.

Me hablas de otros tiempos y otros sitios;
lugares inmortales —negros, blancos—
todos encarnaciones de este mundo
en otra hora, pero tan imposibles
de invocar de cuerpo entero por el medio
imperfecto, flaco, de una imaginación
apabullada, que se pierden, como barcos,
en la niebla avejentada de los años.
Y me hablas de Paris y de los Alpes
como si yo paseara por sus calles:
me nombras seres, plazas, ríos, aves;
olvidas que no he visto ni postales,
que veo caminos nuevos, y que cargo
metálico teléfono en el suéter.
Seguiré tratando, sin embargo,
puesto que me compongo de tus mundos.
Tú —el amigo lejano cuyas cartas
no pueden llevar a los sitios que describen.
Yo —iluso que traga ávido las letras;
letras que nombran todo lo que tengo.

17.10.12

Semáforo


Luz roja. Por lo menos el día se va escurriendo. Para darme el último aire, pienso en mis cosas predilectas y las encuentro como siempre —seguras, pequeñas, blandas. Pienso en los cojines de mi sala, por ejemplo, o en el sopor blanco de la anestesia. Cosas sin olor, sin sabor, transparentes, que no me traigan memorias. El agua también sirve para esto, pero normalmente no pienso en albercas o cataratas. La gente y el estruendo me repelen. Prefiero imaginar charcos o grifos helados. Eso es lo que me lleva —suspendido en el aire, manteniendo la tristeza a raya. Pero no, allí está, vestida de uniforme verde, esperándome. La tristeza no es como la vida; no se va escurriendo poco a poco.

Abro la reja y me escurro a la madriguera. La casa no tiene cuadros —he dejado las paredes blancas para sentir, por un momento, que vivo en un lugar como el de mis fantasías. A veces abro el grifo por quince minutos y me acuesto con la cara al techo. Cuento el dinero y duermo como las mismas monedas duermen: frío, inmóvil, sin nada en el interior más que números y metal. No sueño, excepto por algunas noches en que la tristeza se asoma y me habla de mi vacío irremediable. La tristeza, claro, en la forma de una chica de uniforme verde, como las que veré mañana. De nuevo. Abro la reja y me escurro a la sabana. Lo hago antes del alba, cuando la ciudad todavía está pintada de un solo color. Eso me agrada, aunque ver cómo los edificios y rostros se van coloreando en los tonos vulgares que hemos elegido como compañeros siempre me deprime un poco. Una chica —transfigurada en la tristeza de uniforme verde— estira la mano, y es momento de que me calle y obedezca.

Luz verde. No me gustan los estudiantes. Se pensaría que los profesionistas me molestarían más, por su “éxito”; pero no. Todos los profesionistas son iguales: portafolio, camisa almidonada, papeles verdes en una carpeta de piel falsa. No puedo distinguir si son contadores, diseñadores, economistas… todos se confunden en mi mente, y por lo tanto no me recuerdan nada concreto. Además, entre el ajetreo de sus teléfonos celulares y la calma angustiosa de sus rostros ejecutivos, normalmente no se ven felices. Eso me da una chispa de esperanza —esa esperanza pútrida del que sufre acompañado. A la derecha. Los estudiantes son otra cosa. Me hacen forzarme a pensar en paredes blancas o en un manantial escondido y virgen. Algunos también traen portafolios, pero la mayoría carga morrales desgarbados con decoración boyante. Pins, llaveritos, parches… no me gusta. Reafirman su personalidad a cada paso, sin ver a quién lastiman. ¿Pero por qué tendrían que pensar en mí? Trato de comprender eso, y perdonarlos. Luego los veo reír o compartir secretos deliciosos e irrelevantes —y nunca puedo lograrlo.

Al final, creo que lo que no me gusta son los sueños. Ese ímpetu, ese brío por ser. Arruina mis fantasías calladas. Ante la vista ominosa de sus pins, llaveritos, parches… soy un muro desnudo y grotesco. Un humano desconfigurado. ¿Me falta algo, o le sobra al mundo? No lo sé, pero estoy seguro que algo no acomoda bien, y que el triste soy yo. No ellos, tan bien ajustados al mundo y sus mil colores, riendo en la comodidad de mi asiento trasero. Por mi parte sólo debo ver el camino y pensar en paredes, anestesia, manantiales… algo que me mantenga lejos de ellos y su reino de estruendo y espanto y sueños que no se cumplen. No se cumplen. Lo intenté, hace mucho tiempo. Creo, no recuerdo bien. Pero no se cumplen.

A menudo me preguntan por qué mi taxi no lleva ninguna calcomanía ni símbolo de alguna especie. Se ve vacío, dicen. Triste. ¿Qué he de responder? Quiero decirles que debo olvidar esos días en que quise soñar como ellos —pero sólo me callo y observo el camino.