A ratos creo que soy feliz, o que algo me
hace feliz. Otras veces la lente se opaca, y todo me parece terrible y aciago
—ridícula premonición del destino final del mundo. Sin embargo son días como
éste, apacibles en su ambivalencia, los que más parecen llenarme. Puedo
sentarme al escritorio, con la bebida necesaria y los pies descalzos, y
describir lo que se cuela por mi ventana de un modo más objetivo, racional.
Si bien la emoción es una parte
indispensable de cualquier ámbito humano, escribir bajo el halo de una emoción
fuerte es un poco como caminar con fiebre. Implica gran probabilidad de mareo y
de olvidar a donde se quería llegar en un primer lugar. El solaz emocional en
que me encuentro resulta comparable a un día libre de nubes, pero con un sol apático,
que no quema. No hay grises ni tormentas; sólo confianza en las palabras que
salen de mis yemas hacia la pantalla. Confianza porque momentos como éste son
propicios para expresar no solo lo que uno siente, sino lo que en verdad quiere decir.
Así que aquí va.
Debemos ser navegantes tranquilos, no
intimidarnos con las olas. Todos tenemos más o menos debilidades de diferentes
tamaños y talantes, y no es el camino correcto tratar de erradicarlas todas.
Quizá cambiar las más nocivas, si afectan demasiados terceros o si nos llevan
al borde del abismo. Las demás, las debilidades inofensivas equiparables a
pequeñas hendiduras en un diamante, son parte de nosotros. Si no las tuviéramos,
hay que dar por seguro que tendríamos otras; y con ellas un carrusel de
circunstancias diferentes: nuevas personas, locaciones, objetivos,
arrepentimientos. Mas no debemos asumir que ésta novedad haría el pasaje más
placentero. Sólo lo haría distinto. La perfección no está al alcance de los
humanos como entidades éticas o físicas. La única perfección a la cual podemos
aspirar es la perfecta paz, en unión con nuestros defectos. La aceptación de
nuestras fallas como parte indispensable del aprendizaje, y de nuestro molde.
Lo anterior no conlleva, sin embargo, que
la vida en perfecta unión con nuestro mismo ser se convierta de pronto en una
cornucopia inacabable. Siempre habrá tiempos duros, y valles profundos de
depresión. Están allí como parte de la naturaleza humana como ser emocional, y
no podemos negarlos. Sería pretender borrar el azul del espectro. Lo que
implica la perfecta paz es más bien una cuestión de consciencia. Que aun cuando
la caída parezca no tener fin, estemos conscientes y recordando continuamente
que ello es sólo posible si uno se entrega a la desesperación. Que uno sepa, en
todo momento, que la vida en esta tierra es una jaula, dentro de un prisma.
Todo depende de cómo impacte la luz en cada sitio y cada hora.
Y también, como objetivo último, que
usemos tiempos pacíficos y acobijados —como los días que vivo —para crear o
expresar. Como siempre, creo que estoy pisando una línea muy delgada. No
quisiera que se pensara que quiero decirles que hacer. Al contrario, deseo que
esto (y cuanta cháchara filosófica llegue a salir de mí en un futuro) se
interprete más bien como un instructivo para volar. El mundo nos ha dado una
posición privilegiada desde la cual tenemos un resquicio precioso de libertad.
Usémoslo, aprovechándolo sin derroche. Si la emoción derramada es similar a la
fiebre, todos estaremos de acuerdo en que no es una gran manera de vivir la
vida.
El prisma gira, sin descanso, y más allá
de ideas como el karma y demás, el equilibrio existe. Quizá no sea un
equilibrio comprensible y equitativo, que nos tenga a todos en perfecto balance
y nos dé exactamente lo merecido. A mis ojos, el equilibrio es simplemente no
caer de la cuerda floja. Aceptar el mal que viene mezclado en nuestros mares, y
navegarlos con temple. Después de todo, alegría y tristeza son ambas
insignificantes ante el cosmos. La manera más libre de sobrellevar esta
insignificancia es tomarse todo con la mayor calma posible, sobresaltándose cuando
sea preciso, pero sin sucumbir a la fiebre descarriada. Cuando la caída no
tenga fin, habrá que repetirnos una y otra vez, que el dolor es un fantasma en
la casa de los espejos; y nosotros simples juegos de iluminación.
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