Nana, dime a donde ir. Abre tus labios. Libérame.
Es extraña; es perturbadora la ola que viene. Todo
acalla, de a poco. Rompe sobre la costa, y la espuma blanca cubre el mundo por
unos segundos. Luego cede, dejando hilillos nebulosos en la vista, y ahí está
todo. Aún.
Nana, ¿te ha arrastrado el mar lejos? ¿Te aferras a la
orilla con tus celestes uñas afiladas? No sé porque mis brazos languidecen.
Nada los presiona ni obstruye. El metal se curva más bien alrededor de mi
cintura, en un anillo de color vago, similar a las violetas. No puedo, pues,
alcanzarte. Tus ojos hacia mí, sin verme; eso siento. La mirada es gris,
esquiva. Como cuando algo te sorprendía y quedabas absorta diez segundos antes
de hablar. Mas tu boca está rota, y no susurra, y no canta.
Los recuerdos caen por las escaleras, uno a uno,
fundiéndose en la oscuridad del sótano. No mucho tiempo atrás compartíamos
litera, y yo te arrebaté la de arriba. Por las noches conversábamos sin reparo,
y sólo tú supiste de cosas tan importantes como mi primer beso y desamor. Yo
supe de otras cosas. Supe de tus andanzas descarriadas, supe que habías probado
el tabaco, pero que lo habías odiado. Me relataste con todo el detalle que tu
mente te dejó, los sucesos de la noche que no llegaste a dormir. Mamá y papá
nunca se enteraron, a pesar de sus protestas y reproches. No te importaba mucho
lo que pensaran, y en eso te distinguiste de mí. Ibas por la vida orgullosa de
tu desvarío, arrumbando las opiniones que no fueran para ti útiles. Yo en
cambio, gregaria, te buscaba. Sin embargo, ahí, de madrugada, entre risas se
borraba la barrera y tu mundo era mi mundo, y me llenaba de ti.