29.11.11

Umbral


Nana, dime a donde ir. Abre tus labios. Libérame.
Es extraña; es perturbadora la ola que viene. Todo acalla, de a poco. Rompe sobre la costa, y la espuma blanca cubre el mundo por unos segundos. Luego cede, dejando hilillos nebulosos en la vista, y ahí está todo. Aún.
Nana, ¿te ha arrastrado el mar lejos? ¿Te aferras a la orilla con tus celestes uñas afiladas? No sé porque mis brazos languidecen. Nada los presiona ni obstruye. El metal se curva más bien alrededor de mi cintura, en un anillo de color vago, similar a las violetas. No puedo, pues, alcanzarte. Tus ojos hacia mí, sin verme; eso siento. La mirada es gris, esquiva. Como cuando algo te sorprendía y quedabas absorta diez segundos antes de hablar. Mas tu boca está rota, y no susurra, y no canta.
Los recuerdos caen por las escaleras, uno a uno, fundiéndose en la oscuridad del sótano. No mucho tiempo atrás compartíamos litera, y yo te arrebaté la de arriba. Por las noches conversábamos sin reparo, y sólo tú supiste de cosas tan importantes como mi primer beso y desamor. Yo supe de otras cosas. Supe de tus andanzas descarriadas, supe que habías probado el tabaco, pero que lo habías odiado. Me relataste con todo el detalle que tu mente te dejó, los sucesos de la noche que no llegaste a dormir. Mamá y papá nunca se enteraron, a pesar de sus protestas y reproches. No te importaba mucho lo que pensaran, y en eso te distinguiste de mí. Ibas por la vida orgullosa de tu desvarío, arrumbando las opiniones que no fueran para ti útiles. Yo en cambio, gregaria, te buscaba. Sin embargo, ahí, de madrugada, entre risas se borraba la barrera y tu mundo era mi mundo, y me llenaba de ti.

24.11.11

572 (Momento)


No sé si pueda separarlo mucho tiempo más. Esta será una entrada breve, pues quiero guardar las palabras para cuando en verdad las necesite. La verdad desvelada es que no sé qué hacer. Recojo los frutos agridulces de la inexperiencia con la idiota sonrisa de quien prueba la felicidad prohibida. Otro momento inolvidable hoy. Ya se van amontonando, como una inexorable montaña formada por pequeños y brillantes granos de azúcar. Ya se vislumbran desde millas a la redonda, ya forman una legión temible que amenaza con destruir mis rejas y paredes.
Ya eres más que un momento; más que una alegría.

22.11.11

Hablar en la Cama

por Philip Larkin
Texto Original: Talking in Bed

Hablar en la cama debería ser tan fácil,
yacer juntos se remonta tan lejos,
un emblema de la honestidad de ambos.
Mas el tiempo pasa y pasa silencioso.
Afuera, la vigilia incompleta del viento
construye y esparce nubes por el cielo,
y villas obscuras se amontonan en el horizonte.
Nada de esto nos concierne. Nada dice porque,
a esta peculiar distancia del aislamiento
se vuelve aún más difícil hallar
palabras que sean verdaderas y amables,
o no mentiras y no injurias.

19.11.11

Aquí No Estamos, Tan Pronto

por Jonathan Safran Foer
Texto Original: Here We Aren't, So Quickly

Yo no era bueno dibujando caras. Yo solo bromeaba la mayoría del tiempo. No era decisivo en los vestidores, o en cualquier otro lado. Llegué tan tarde porque estaba buscando flores. Casualmente pasaba un túnel cada vez que mi madre llamaba. No podía hacer pan tostado sin la radio. No sabía distinguir si los halagos eran sarcásticos. No estaba tan cansado como decía.
Tú no eras capaz de ignorar las imperfecciones en los muebles. Tú eras demasiado ligera para armar la bolsa de aire. No eras capaz de abrir la mayoría de los frascos. No estabas segura de cómo llevar el pelo, así que, diez minutos tarde y a la mitad de la escalera, examinabas tu reflejo en una fotografía de familia muerta. No estabas enojada, solo protegías tu dignidad.
Yo no podía correr distancias largas. Tú fuiste tan amable con mi hermana cuando yo no supe cómo serlo. Sólo trataba de quitar una mancha; hice una mayor mancha. Solo estabas haciendo una simple pregunta. Casi siempre estaba en casa, pero no siempre estaba en casa en casa. Nunca pudiste tolerar una pila de más de tres libros en mi mesa de noche, o monedas de diferente tipo en el plato de propinas, o el plástico. No tenía miedo de la soledad; sólo la odiaba. Simplemente admirabas el progreso del jardín de alguien más. Yo estaba tan harto de la comida.
Fuimos al Atacama. Fuimos a Sarajevo. Fuimos a Tobey Pond todos los años hasta que no fuimos. Nos aventuramos a través de trece pulgadas de nieve para ir a una conferencia en un planetario. Tratamos de organizar cenas. Tratamos de ser dueños de nada. Dejamos huellas de nuestras manos en un jardín de musgo en Kyoto, nos complacimos el uno al otro bajo una toalla en Jaffa. Nos atrevimos a ir con mis padres para Acción de Gracias y con los tuyos para el resto y, ¿Cómo sucedió que de pronto estábamos al lado de mi padre mientras se ahogaba en su propio cuerpo? Yací junto a él en la cama mientras él observaba mi mano ir hacia su frente, y dije “A pesar de todo—” “¿Que todo?”, preguntó; así que dije “Nada” o nada.
Yo siempre destruía mi pasaporte en el lavabo. Tú siempre fuiste terrible con las estimaciones. Nunca estuviste dispuesta a pensar que mis hábitos eran encantadores. Siempre insistí en que ya era demasiado tarde para aprender un instrumento, o cualquier cosa. Nunca fuiste de las que mencionan el dolor físico.
Yo no podía explicar los ciclos de la luna sin pluma y lápiz, o con ellos. Tú no sabías donde los e-mails estaban. No felicitaba a las mujeres hasta que explícitamente declaraban estar embarazadas. Pasabas unos cuantos arrepintiéndote en secreto de tu pereza, que no existía. Debí perdonarte por todo lo que no era tu culpa.
Tú eras terrible en las emergencias. Estuviste estupenda en “El Jardín de los Cerezos”. Yo siempre estaba no quejándome, porque la confrontación es para mí la muerte, y porque todo estaba casi siempre casi perfecto conmigo. No podías acercarte al océano de noche. Yo no sabía donde mi voz estaba entre mi teléfono y el tuyo. Nunca estabas parada junto a la ventana en las fiestas, pero siempre estabas cerca de la ventana. Me daban paranoia las palabras amables. No estaba sólo viendo las noticias en el sótano. Simplemente hacías un esfuerzo heroico para hacer que las cosas parecieran fáciles. Era terrible reconociendo los esfuerzos de los otros. No eras la mejor jardinera, pero no estabas conforme con no estar conforme. Siempre necesitaba una buena camisa de vestir, o sólo una cosa más que no tenía. Estabas demasiado lastimada por eventos del pasado lejano para que algo resultara sencillo en el presente. Siempre batallaba con ser natural con mis manos. Nunca fuiste inmune a los regalos inesperados. Mayormente, sólo estaba bromeando.
Yo no era neurótico, sólo apocalíptico. Tú siempre estabas duplicando llaves y buscando palabras. No tenía miedo del silencio; sólo lo odiaba. Y mi mano siempre estaba en mi bolsillo, alrededor de un teléfono que nunca contestaba. No eras avara o buena con las herramientas, sólo te lastimaba mi distancia. Nunca fui indiferente a los niños de otras personas, sólo me frustraba mi propio optimismo infatigable. No estuviste falta de sorpresa cuando, esa última noche en Norfolk, te conduje hasta Tobey Pond, te llevé de la mano bajo la ladera de zarzas y a través de los maderos podridos hacia las constelaciones en el agua. Compartir nuestra felicidad disminuyó tu felicidad. Yo no iba a bailar en nuestra boda, y tú no ibas a hablar. Ninguna parte de mí estaba nerviosa aquella mañana.
Cuando le gritabas a nadie, yo te canté. Cuando finalmente te quedaste dormida, la enfermera se lo llevó para bañarlo y tú, todavía dormida, extendiste los brazos.
Él no era un terrible durmiente. Reconocí ante nadie mi incapacidad para estar quieto con él, o con quien fuera. No estabas sobrecogida, sino sobrecansada. Nunca tuve miedo de rodar sobre él mientras dormía, pero desperté muchas noches seguro de que estaba en el suelo, bajo el agua. Yo amaba colapsar cosas. Tú amabas las pequeñas calcetas. No estabas deprimida, pero eras infeliz. Tu infelicidad no me hizo defensivo; sólo la odiaba. Él nunca estaba feliz si no se le sostenía. Yo amaba martillar cosas en las paredes. Tú odiabas no tener vida interna. En secreto, me preguntaba si él era sordo. Odiaba la roedora añoranza que acompaña al tenerlo todo. Estábamos aprendiendo a ver las cegueras del otro. Googleé preguntas que no podía preguntarle a nuestro doctor, o a ti.
Nos animaron a comprar seguros. Tuvimos sexo para tener orgasmos. Tú amabas redecorar. Yo iba al gimnasio para ir a algún lado, y miraba en el espejo cuando había algo que esperaba no ver. Odiabas nuestra cama. Él podía ponerse de pie, pero no bajar de nuevo. Nos culparon por la basura del vecino. No podíamos esperar para los principios y finales de vacaciones. No era capaz de mirar un plano y ver una cocina renovada, así que me quedé fuera. Vinieron a nuestra casa durante comidas, pero hablé con ellos y me di.
Contaba los segundos hacia atrás hasta que él se dormía, y luego los contaba de nuevo hasta que despertaba. Tomamos las mismas caminatas una y otra vez, y una y otra vez comimos en los mismos restaurantes fáciles. Dijeron que él se parecía a ellos. Siempre estaba viendo trailers de películas en mi computadora. Siempre estabas fregando superficies. Siempre estaba oyendo la risa de mi padre y nunca recordando su rostro. Rompiste el corazón de todos hasta que de pronto no pudiste. De pronto él dibujó, de pronto habló, de pronto escribió, de pronto razonó. Una noche no pude ayudarle con sus matemáticas. Se casó.
Fuimos a Londres a ver una obra. Tratamos de apartar tiempo para no hacer más que leer, pero no hicimos más que dormir. Siempre estábamos no mencionándolo, porque no sabíamos qué era. No hice más que buscarte por veintisiete años. Ni siquiera sabía cómo funcionaba la electricidad. Tratamos de pasar más tiempo no juntos. No estaba defensivo acerca de mi aburrimiento, pero mi felicidad no tenía nada que ver con la felicidad. Amaba cuando la gente que trabajaba para mí me apreciaba genuinamente. Siempre estábamos moviendo muebles y nunca haciendo contacto visual. Odiaba mi incapacidad de visitar una ciudad extranjera sin fantasear sobre bienes raíces. Y luego tu padre estaba muerto. A menudo no leía el libro que sostenía. Nunca no estabas en el jardín de alguien. Nuestras madres morían por hablar sobre nada.
En un momento dado te convenciste de que siempre leías el periódico de ayer. En un momento dado dejé de agonizar por ser entendido, y confié demasiado en el GPS de mi auto. Tú no podías tolerar cantidades ínfimas de jalea en el fresco de mantequilla de maní. Yo no podía tolerar la risa inútilmente estruendosa. En un momento dado pude echar miradas fijas sin pretexto ni disculpa. ¿No es graciosos que si Dios se revelara y se explicara a sí mismo, la mayoría de la gente estaría decepcionada? En un momento dado dejaste de usar bloqueador solar.
¿Cómo puedo explicar la forma en que la aniquilación nuclear no me hacía cosquillas, pero temía terriblemente una pequeña caída? Tú no podías tolerar a la gente que no podía tolerar bebés en los aviones. Yo no podía tolerar a la gente que insistía en que una taza de café después del almuerzo los mantendría despiertos toda la mañana. En un momento dado pude escuchar mis rodillas y perdí esa necesidad de corregir la gramática de los demás. ¿Cómo puedo explicar por qué las ciudades extranjeras vinieron a significar tanto para mí? En un momento dado dejaste de agonizar sobre tu ambición, pero en un momento dado dejaste de intentar. No podía tolerar magos que hacían cosas que alguien con poderes mágicos reales nunca haría.
A todos nos iba bien. Yo seguía enamorado de las Olimpiadas. Mientras más pequeño el asunto, más permitía que tu aprobación significara para mí. Seguían produciendo cosas nuevas que no necesitábamos que necesitábamos. Necesitaba tu aprobación más que nada. Mi hermana murió en un restaurante. Mi madre prometió a quien fuera que la escuchara que estaba bien. Cambiaron nuestros filtros. Tú querías ver la aurora boreal. Yo quería aprender una lengua muerta. Estabas en el jardín, no plantando, sino allí parada. Tiraste dos puños de tierra.


Y aquí no estamos, tan pronto. Yo no tengo veintiséis y tú no tienes treinta. No tengo cuarentaicinco u ochenta y tres, y nadie me lleva sobre sus hombros mientras vadea por algún mar. No estoy aprendiendo ajedrez, y tu no pierdes tu virginidad. No estás apilando piedras en lápidas; no estoy siendo robado de los brazos durmientes de mi madre. ¿Por qué no perdiste tu virginidad conmigo? ¿Por qué no cruzamos la intersección una fracción de segundo antes, y morimos en vez de morir de risa? Todo lo demás sucedió — ¿por qué no lo que pudo hacerlo?
Ya no soy irrealista. Ya no eres no emocional. Ya no me interesan las noticias, pero nunca me interesaron las noticias. Aún peor, probablemente soy ambidiestro. Probablemente debería haber sido sencillo. Te ves como tú misma ahora. Fui tan lento para cambiar, pero cambié. Probablemente era un jugador natural de tenis, justo como mi padre solía decir una y otra y otra vez.
Cambié y cambié, y con más tiempo cambiaré más. No estoy decepcionado, sólo callado. No descerebrado, sólo arriesgado. No intencionadamente obnubilado, sólo tratando de decirlo como no fue. Mientras más recuerdo, más distante me siento. Alcanzamos la mitad tan pronto. Después de todo es como nada. Siempre he nunca estado aquí. Que desgracia que no fue fácil. ¿Un desperdicio de qué? Una broma. Pero ven. Sin explicar ni remediar. Quédate conmigo en algún sitio: en los partidos banquillos de este bar, en la orilla de este precipicio, en los asientos de este auto prestado, en la proa de este barco, en los todo-misericordiosos cojines de este raído sofá en esta desvencijada cobacha de una planta con hedor a cobre por cuyas ventanas alguna vez asomamos por horas antes de finalmente regresar a la razón: “¿Y qué demonios haríamos con tal casa?”

18.11.11

248 (Tragedias Adyacentes, un Canto)


En los pasados dos días, dos personas muy importantes han perdido parte de ellas.  Pequeños seres inocentes a quienes cuidaron con tanto esmero, y que no tenían porqué ser hechos responsables de nada. Por razones de cercanía y por mi propia vocación protectora, ambas se apoyaron en mí; una más que la otra. Siento que hice lo mejor que pude por ambas. Sé que hice lo mejor que pude, solo me pesa que no sea suficiente. Pero es cierto, sin importar cuánto quiera uno luchar contra la verdad y vivir en un mundo idealizado, a veces el desconsuelo es demasiado grande para que una persona externa, por cariñoso que sea su toque, lo levante.
Si, la losa no ha sido levantada, y no me será posible. El dolor debe diluirse como cal blanca en el aire, o una libación en la tierra. Debe ser un proceso lento, razonado, lleno de pequeñas piedras. Y sobre todo debe ser privado. Yo no tengo derecho de adueñarme de su dolor y hacerlo mío; sería un hurto tan detestable como cualquier otro. Trataré, en el futuro, de ser una roca en la que quien sea pueda encontrar un bastión de apoyo; un oído atento. Pero ahora veo muy bien que levantar el dolor ajeno no es tan fácil como parece. Some patients can’t be saved, but that burden’s not on you.
Quizá este texto resulte un poco torpe comparado con mis demás —ya en sí pedestres— intentos de construir un testimonial fragmentado de mi vida; mas está bien. En cierto sentido, este es el texto más personal y más honestamente duro que he escrito para este espacio. Y de nada sirve un testimonial fragmentado de la vida de nadie si todo está siempre escondido bajo el valor literario de las palabras, y nunca está crudo, directo del pensamiento; con todo el dolor, ansia e imperfección que eso conlleva. No importa. Seamos honestos. Seamos quienes nuestras consciencias nos obligan a ser. Por un momento, las máscaras no importan, tan solo por un instante.
¿Por qué esos pequeños seres nos llenan tan en demasía? Ya desde el momento en que posan sus ojos en los nuestros, sin pedir nada, sin ofrecer nada más que a sí mismos. Sin promesas ni castigos. Amor puro, condensado. Si ellos no pueden terminar sus vidas de la manera deseable, ¿quiénes pueden? ¿Hay verdaderamente un punto en todo esto? Hoy simplemente no parece haberlo, hoy simplemente se dibuja como una daga clavada en el costado. Quizá mañana cuando la niebla se disipe dentro de un tono más claro, o tal vez más allá de esto, en un mundo más agradecido y más tenue.
No nos engañemos, a pesar de toda nuestra civilización y pompa, los refugios de cemento en que vivimos siguen siendo feroces. Las leyes naturales siguen aplicando a todos nosotros y a quienes nos rodean, de formas igual o más despiadadas que si continuásemos viviendo entre arbustos y cuevas. Y el mundo sigue empeñado en olvidar lo que nosotros tanto recordar queremos; enterrándolo después de unos minutos bajo la montaña de actualizaciones en Facebook, y bajo el oscurantismo de la mente de quien no conoció al caído.
Me niego a pensar, romántico aún, que todos seremos un día simplemente una pequeña y graciosa nota al pie de la existencia. Quiero creer que los cielos se abren, que nuestras almas importan. Quiero creer en quienes amo, y en su importancia para el orden cósmico. Quiero creer en mí, y en ustedes, y en ellos, y en lo que cada uno de los seres ridículos e inquietos que habitan el planeta lleva dentro. Quiero proteger a quien duele, y cubrir a la muerte injusta con reproches hasta que huya espantada, dejando nuestro pueblo muy atrás. Quiero hacer tantas cosas. Espero tener tiempo de vivir una historia que valga la pena, y que alguien se digne en recordar. Es claro que el universo, en sus eones y eones de sabiduría salvaje, no lo hará. Tenemos que cuidarnos entre nosotros.
Las almas que han revoloteado arriba en estos días no hicieron jamás nada digno de recriminación. Alguna rabieta, o alguna mordida. Jamás incurrieron en ninguno de los pecados de nuestras religiones. Jamás fueron arrogantes. Jamás juraron en vano. Nunca abandonaron ni se rindieron. ¿Encontraremos más consuelo en el azar o en el destino? O tal vez, simplemente, no existe; y debemos lidiar por separado, discretos, con los absurdos duelos que nos tocan. Si somos tan pequeños, ¿por qué las tareas son tan dantescas?
Los recordaremos, siempre; no sé muy bien de qué forma ni valiéndonos de que medios, pero pelearemos por retener un momento de su nobleza en nosotros. Y aunque el entorno se ciegue e insista en hacernos creer que no tenemos importancia alguna, los retendremos. I’m smaller than the smallest fireball. Si, tal vez, pero también tengo más vida, y más sentimiento. Podré, y todos podremos al paso del tiempo, recobrar un poco de lo que nos pertenece usando el recuerdo y la emoción y el alma. Debemos quizá aceptar que la vida es absurda y febril, un mal sueño. Después abrir los ojos y vivir con ello. No hay actitud correcta, sólo existe la certeza de haber hecho lo mejor que uno puede por cada una de las almas que se atraviesan en nuestro camino. Cosa que ustedes, dulces retazos de cielo, supieron hacer tan bien. Nunca olvidaremos sus ojos, y el reflejo tan hermoso de nosotros que proyectaban. Un reflejo del amor verdadero.
Esta va por ustedes.



Choco
Watanabe
Eros
2011

17.11.11

Identidad


Los brazos de la hiedra esconden roca
helada como cristal viejo, arredrado
por mil vientos que se cruzan
en la vasta soledad de esta pradera.
Yacen dentro de los caóticos pastos
troncos caídos cual estatuas rotas,
ídolos olvidados de otras razas,
fiel testimonio de guerras perdidas.
Acodado entre violentos, pero tenues ruidos
de animales extraños acechando,
pienso que el viento hoy se viste de blanco,
como la escarcha o el precioso armiño.

Quizá una pizca de color vendría
como mesías a tan desolada, tan ciega
vista. Quizá si las nubes arremolinadas
formaran aves, o mundos, o rostros,
uno tendría el ánimo contento,
y no la masa gris del irredento
desconsuelo de pre-invierno. Quizá si
ese follaje dorado crujiese a un ritmo.
Tal vez los colibríes ayuden algo.
Mas no, lo sé muy bien, son otras alas
las únicas que pueden repararlo.

No sé aún muy bien como horadar el verbo
para sin torpe mella declararlo.
Y es que son tantas cosas en un
solo espacio, que se amontonan fraguas
en mi mente. Sólo acierto a decir,
y ello no es poco, que vida no es mi Vida
sin tu tiempo. Que tiempo no es mi Tiempo
sin tu encanto. Y que nada me encanta
sin tu vida.

Y es tan extraño para mí escribirlo,
yo que me conformaba con el hielo,
con el silencio tierno de la hierba y
el perfecto murmullo de los mares.
Mas el color que otrora se me había
perdido resulta estar enliado en tus
cabellos. Resultas ser mi sombra, mi
substancia, hermoso filtro para mis
defectos. Había de vivir hosco, ensimismado,
para ser quien un día tu en bien querrías.
Había de caminar la turbia senda,
para encontrarte agazapada y bella.

Habías de florecer entre mis brazos
aunque un día tu también puedas marcharte.
Habías de ser despertador y almohada,
y así envolverme entero cada noche.
He descifrado con mi idioma el vuestro,
y encontré dentro de un baúl dorado
la identidad tuya, que los años malos
te habían robado por momentos falsos.

Eres lo que se lleva mis mañanas,
lo que me embriaga de estupor inmenso;
discretamente
más de lo que parecemos.
La nota azul del cielo de Diciembre
y los botones arduos de mi Marzo.
La compañía más tersa que he tenido,
más allá de la pradera quieta. Ante todo
mi amiga y confidente, y la inquietud
alegre de mi vientre. La camelia fragante
en la comarca. Mi bella enfermedad
psicosomática.

15.11.11

183 (Children)


Hoy es otro de esos días en donde el orden de las cosas parece desgajarse y al final no pasa nada. Allá afuera son personas arremolinadas afuera de una comisaría venida a más, pidiendo la liberación de un chico a quien olvidarán mañana. Aquí adentro… ya no sé que hay aquí adentro. Allá afuera fue el caliente impulso de quien aún cree en el poder que tiene su brazo ante el rostro de la injusticia; aquí adentro no es más que mi yo de siempre, solitario, eligiendo callar bajo tu yugo de caprichos. Mañana las notas periodísticas destacarán en un pequeño párrafo, refundido en la cuarta página, que las autoridades se deslindan de lo que descaradamente hicieron frente a los ojos de todos. Y tú, es lo más probable, tratarás de disimular que lo que sientes por mí aún es lindo y tórrido como fuera.

Un berrinche, eterno: el mundo entero. La policía arresta donnadies sólo para demostrar su poder vacío, ese que en mala hora les conferimos. Muchas montañas y muchos valles al norte se alzan tiendas de campaña inermes dentro de espaciosas avenidas. Los residentes, casi todos jóvenes desengarzados de la realidad, piensan hacerle ver con esto su maldad a hombres a quienes no podrían importarles menos —hombres refugiados tras los vidrios polarizados de BMW’s, ratas frías criadas dentro de oficinas blancas y excesivamente sanitarias.

Los átomos de la existencia continúan, sin descanso, chocando; provocando explosiones, perturbando el aire. Sin embargo, dentro de nuestra escala, nada se mueve. No llevo posado en la Tierra demasiado, pero desde hace un mes tengo permiso de por lo menos decir que “ya es algo”. La marea en estos años ha cambiado, ha delineado líneas en la arena, pero nunca ha trastocado realmente la faz de la costa. Los poderosos del norte ya eran amigos casuales de la sangre para cuando ese par de aviones se estrelló. Allá tras el océano, ya se derramaba sangre en el nombre de ideas inexistentes desde hace siglos. Nadie ha inventado el mal recientemente; ni nadie lo ha subyugado. Todo se nos va, allá afuera y aquí adentro, en insignificantes rabietas, como si tuviéramos que probar a alguien que aún estamos vivos. He vivido en una era de gran letargo, de pasividad más atronadora que cualquier cañón y más paralizante que cualquier cadena. Y es que quizá ahora si han descifrado como controlar el vaivén de la marea. Atados por la cartera, condenados por la ignorancia.

Allá afuera, las multitudes corren de un lado a otro, revolviéndose en y sobre sí mismas, creando caracoles profundos en donde muere la audacia, la decisión. Aquí adentro, me callo lo que siento por miedo a desatar lo que deseo; el cataclismo total de nuestras vidas. Vivimos esperando un cambio que venga de arriba, de un mundo superior que ni siquiera podemos comenzar a comprender. Vivimos haciéndonos mal unos a otros de maneras insulsas, acuchillando las espaldas del prójimo sin reparar en que sólo unidos, sólo con verdadera decisión, venceremos al gigante. ¿A dónde fueron las edades de Hesíodo? ¿Dónde se hallan los héroes, los umbrales a la gloria? ¿En qué parte de nuestras junglas de pavimento yace un pozo de renovación? ¿Quién eres, quien soy, y cuantos años nos quedan? ¿Nuestra fuerza se ha ido, o acaso fuimos nosotros?

Observado el 13/11/11

9.11.11

Diez Horas


Un lindo día debería ser suficiente
para sacarte la amargura del semblante;
si no completa, por lo menos una parte,
si no el pasado, me conformo en tu presente.

Una mañana de la que emergimos juntos
para hasta el hosco atardecer desengarzarnos,
debería ajar esos temblores en tus manos,
mientras mejores días y rumbos encontramos.

Y que me importa si el mañana no sonríe,
tenemos esto para guiarnos si oscurece,
no que ninguno de nosotros eso ansíe.

Un lindo día que otra vez tiene tu nombre,
un lindo día que se deletrea en tu boca,
borrando el miedo del futuro que se esconde.

5.11.11

Ante Todo


Ante todo, guardaré la calma,
y el silencio que juro ante todos.
Dejaré que las nubes se aclaren,
abriendo tenue vado,
para nosotros.

Ante todo, guardaré palabras,
indiscreción impropia que delata todo.
Me encerraré en cajones, en tus ojos,
diciendo con mirada
lo prohibido.

Aún silenciosos somos suficiente,
ya sólo en el abrazo de quien ama,
en el roce del brazo, en la utopía
que se crea en mi, cada
madrugada.

Aún en penumbra somos la centella,
cubiertos por la manta negra, del
mundo, de todo, de ellos;
tu sed que se sacia tan sólo
en mi hambre.