Hoy
es otro de esos días en donde el orden de las cosas parece desgajarse y al
final no pasa nada. Allá afuera son personas arremolinadas afuera de una
comisaría venida a más, pidiendo la liberación de un chico a quien olvidarán
mañana. Aquí adentro… ya no sé que hay aquí adentro. Allá afuera fue el
caliente impulso de quien aún cree en el poder que tiene su brazo ante el
rostro de la injusticia; aquí adentro no es más que mi yo de siempre,
solitario, eligiendo callar bajo tu yugo de caprichos. Mañana las notas
periodísticas destacarán en un pequeño párrafo, refundido en la cuarta página,
que las autoridades se deslindan de lo que descaradamente hicieron frente a los
ojos de todos. Y tú, es lo más probable, tratarás de disimular que lo que
sientes por mí aún es lindo y tórrido como fuera.
Un
berrinche, eterno: el mundo entero. La policía arresta donnadies sólo para
demostrar su poder vacío, ese que en mala hora les conferimos. Muchas montañas
y muchos valles al norte se alzan tiendas de campaña inermes dentro de
espaciosas avenidas. Los residentes, casi todos jóvenes desengarzados de la
realidad, piensan hacerle ver con esto su maldad a hombres a quienes no podrían
importarles menos —hombres refugiados tras los vidrios polarizados de BMW’s, ratas
frías criadas dentro de oficinas blancas y excesivamente sanitarias.
Los
átomos de la existencia continúan, sin descanso, chocando; provocando
explosiones, perturbando el aire. Sin embargo, dentro de nuestra escala, nada
se mueve. No llevo posado en la Tierra demasiado, pero desde hace un mes tengo
permiso de por lo menos decir que “ya es algo”. La marea en estos años ha
cambiado, ha delineado líneas en la arena, pero nunca ha trastocado realmente
la faz de la costa. Los poderosos del norte ya eran amigos casuales de la
sangre para cuando ese par de aviones se estrelló. Allá tras el océano, ya se
derramaba sangre en el nombre de ideas inexistentes desde hace siglos. Nadie ha
inventado el mal recientemente; ni nadie lo ha subyugado. Todo se nos va, allá
afuera y aquí adentro, en insignificantes rabietas, como si tuviéramos que
probar a alguien que aún estamos vivos. He vivido en una era de gran letargo,
de pasividad más atronadora que cualquier cañón y más paralizante que cualquier
cadena. Y es que quizá ahora si han descifrado como controlar el vaivén de la
marea. Atados por la cartera, condenados por la ignorancia.
Allá
afuera, las multitudes corren de un lado a otro, revolviéndose en y sobre sí mismas,
creando caracoles profundos en donde muere la audacia, la decisión. Aquí
adentro, me callo lo que siento por miedo a desatar lo que deseo; el cataclismo
total de nuestras vidas. Vivimos esperando un cambio que venga de arriba, de un
mundo superior que ni siquiera podemos comenzar a comprender. Vivimos
haciéndonos mal unos a otros de maneras insulsas, acuchillando las espaldas del
prójimo sin reparar en que sólo unidos, sólo con verdadera decisión, venceremos
al gigante. ¿A dónde fueron las edades de Hesíodo? ¿Dónde se hallan los héroes,
los umbrales a la gloria? ¿En qué parte de nuestras junglas de pavimento yace
un pozo de renovación? ¿Quién eres, quien soy, y cuantos años nos quedan?
¿Nuestra fuerza se ha ido, o acaso fuimos nosotros?
Observado
el 13/11/11
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