Texto Original: Here We Aren't, So Quickly
Yo no era bueno
dibujando caras. Yo solo bromeaba la mayoría del tiempo. No era decisivo en los
vestidores, o en cualquier otro lado. Llegué tan tarde porque estaba buscando
flores. Casualmente pasaba un túnel cada vez que mi madre llamaba. No podía
hacer pan tostado sin la radio. No sabía distinguir si los halagos eran
sarcásticos. No estaba tan cansado como decía.
Tú no eras capaz
de ignorar las imperfecciones en los muebles. Tú eras demasiado ligera para
armar la bolsa de aire. No eras capaz de abrir la mayoría de los frascos. No
estabas segura de cómo llevar el pelo, así que, diez minutos tarde y a la mitad
de la escalera, examinabas tu reflejo en una fotografía de familia muerta. No
estabas enojada, solo protegías tu dignidad.
Yo no podía
correr distancias largas. Tú fuiste tan amable con mi hermana cuando yo no supe
cómo serlo. Sólo trataba de quitar una mancha; hice una mayor mancha. Solo
estabas haciendo una simple pregunta. Casi siempre estaba en casa, pero no
siempre estaba en casa en casa. Nunca pudiste tolerar una pila de más de tres
libros en mi mesa de noche, o monedas de diferente tipo en el plato de propinas,
o el plástico. No tenía miedo de la soledad; sólo la odiaba. Simplemente
admirabas el progreso del jardín de alguien más. Yo estaba tan harto de la
comida.
Fuimos al
Atacama. Fuimos a Sarajevo. Fuimos a Tobey Pond todos los años hasta que no
fuimos. Nos aventuramos a través de trece pulgadas de nieve para ir a una
conferencia en un planetario. Tratamos de organizar cenas. Tratamos de ser
dueños de nada. Dejamos huellas de nuestras manos en un jardín de musgo en
Kyoto, nos complacimos el uno al otro bajo una toalla en Jaffa. Nos atrevimos a
ir con mis padres para Acción de Gracias y con los tuyos para el resto y, ¿Cómo
sucedió que de pronto estábamos al lado de mi padre mientras se ahogaba en su
propio cuerpo? Yací junto a él en la cama mientras él observaba mi mano ir
hacia su frente, y dije “A pesar de todo—” “¿Que todo?”, preguntó; así que dije
“Nada” o nada.
Yo siempre
destruía mi pasaporte en el lavabo. Tú siempre fuiste terrible con las
estimaciones. Nunca estuviste dispuesta a pensar que mis hábitos eran
encantadores. Siempre insistí en que ya era demasiado tarde para aprender un
instrumento, o cualquier cosa. Nunca fuiste de las que mencionan el dolor
físico.
Yo no podía
explicar los ciclos de la luna sin pluma y lápiz, o con ellos. Tú no sabías
donde los e-mails estaban. No
felicitaba a las mujeres hasta que explícitamente declaraban estar embarazadas.
Pasabas unos cuantos arrepintiéndote en secreto de tu pereza, que no existía.
Debí perdonarte por todo lo que no era tu culpa.
Tú eras
terrible en las emergencias. Estuviste estupenda en “El Jardín de los Cerezos”.
Yo siempre estaba no quejándome, porque la confrontación es para mí la muerte,
y porque todo estaba casi siempre casi perfecto conmigo. No podías acercarte al
océano de noche. Yo no sabía donde mi voz estaba
entre mi teléfono y el tuyo. Nunca estabas parada junto a la ventana en las
fiestas, pero siempre estabas cerca de la ventana. Me daban paranoia las
palabras amables. No estaba sólo viendo las noticias en el sótano. Simplemente
hacías un esfuerzo heroico para hacer que las cosas parecieran fáciles. Era
terrible reconociendo los esfuerzos de los otros. No eras la mejor jardinera,
pero no estabas conforme con no estar conforme. Siempre necesitaba una buena
camisa de vestir, o sólo una cosa más que no tenía. Estabas demasiado lastimada
por eventos del pasado lejano para que algo resultara sencillo en el presente.
Siempre batallaba con ser natural con mis manos. Nunca fuiste inmune a los
regalos inesperados. Mayormente, sólo estaba bromeando.
Yo no era
neurótico, sólo apocalíptico. Tú siempre estabas duplicando llaves y buscando
palabras. No tenía miedo del silencio; sólo lo odiaba. Y mi mano siempre estaba
en mi bolsillo, alrededor de un teléfono que nunca contestaba. No eras avara o
buena con las herramientas, sólo te lastimaba mi distancia. Nunca fui
indiferente a los niños de otras personas, sólo me frustraba mi propio optimismo
infatigable. No estuviste falta de sorpresa cuando, esa última noche en
Norfolk, te conduje hasta Tobey Pond, te llevé de la mano bajo la ladera de
zarzas y a través de los maderos podridos hacia las constelaciones en el agua.
Compartir nuestra felicidad disminuyó tu felicidad. Yo no iba a bailar en
nuestra boda, y tú no ibas a hablar. Ninguna parte de mí estaba nerviosa
aquella mañana.
Cuando le
gritabas a nadie, yo te canté. Cuando finalmente te quedaste dormida, la
enfermera se lo llevó para bañarlo y tú, todavía dormida, extendiste los
brazos.
Él no era un
terrible durmiente. Reconocí ante nadie mi incapacidad para estar quieto con
él, o con quien fuera. No estabas sobrecogida, sino sobrecansada. Nunca tuve
miedo de rodar sobre él mientras dormía, pero desperté muchas noches seguro de
que estaba en el suelo, bajo el agua. Yo amaba colapsar cosas. Tú amabas las
pequeñas calcetas. No estabas deprimida, pero eras infeliz. Tu infelicidad no
me hizo defensivo; sólo la odiaba. Él nunca estaba feliz si no se le sostenía.
Yo amaba martillar cosas en las paredes. Tú odiabas no tener vida interna. En secreto,
me preguntaba si él era sordo. Odiaba la roedora añoranza que acompaña al tenerlo
todo. Estábamos aprendiendo a ver las cegueras del otro. Googleé preguntas que
no podía preguntarle a nuestro doctor, o a ti.
Nos animaron a
comprar seguros. Tuvimos sexo para tener orgasmos. Tú amabas redecorar. Yo iba
al gimnasio para ir a algún lado, y miraba en el espejo cuando había algo que
esperaba no ver. Odiabas nuestra cama. Él podía ponerse de pie, pero no bajar
de nuevo. Nos culparon por la basura del vecino. No podíamos esperar para los
principios y finales de vacaciones. No era capaz de mirar un plano y ver una
cocina renovada, así que me quedé fuera. Vinieron a nuestra casa durante
comidas, pero hablé con ellos y me di.
Contaba los
segundos hacia atrás hasta que él se dormía, y luego los contaba de nuevo hasta
que despertaba. Tomamos las mismas caminatas una y otra vez, y una y otra vez
comimos en los mismos restaurantes fáciles. Dijeron que él se parecía a ellos.
Siempre estaba viendo trailers de películas en mi computadora. Siempre estabas
fregando superficies. Siempre estaba oyendo la risa de mi padre y nunca
recordando su rostro. Rompiste el corazón de todos hasta que de pronto no
pudiste. De pronto él dibujó, de pronto habló, de pronto escribió, de pronto
razonó. Una noche no pude ayudarle con sus matemáticas. Se casó.
Fuimos a
Londres a ver una obra. Tratamos de apartar tiempo para no hacer más que leer,
pero no hicimos más que dormir. Siempre estábamos no mencionándolo, porque no
sabíamos qué era. No hice más que buscarte por veintisiete años. Ni siquiera
sabía cómo funcionaba la electricidad. Tratamos de pasar más tiempo no juntos.
No estaba defensivo acerca de mi aburrimiento, pero mi felicidad no tenía nada
que ver con la felicidad. Amaba cuando la gente que trabajaba para mí me
apreciaba genuinamente. Siempre estábamos moviendo muebles y nunca haciendo
contacto visual. Odiaba mi incapacidad de visitar una ciudad extranjera sin
fantasear sobre bienes raíces. Y luego tu padre estaba muerto. A menudo no leía
el libro que sostenía. Nunca no estabas en el jardín de alguien. Nuestras
madres morían por hablar sobre nada.
En un momento
dado te convenciste de que siempre leías el periódico de ayer. En un momento
dado dejé de agonizar por ser entendido, y confié demasiado en el GPS de mi
auto. Tú no podías tolerar cantidades ínfimas de jalea en el fresco de
mantequilla de maní. Yo no podía tolerar la risa inútilmente estruendosa. En un
momento dado pude echar miradas fijas sin pretexto ni disculpa. ¿No es
graciosos que si Dios se revelara y se explicara a sí mismo, la mayoría de la
gente estaría decepcionada? En un momento dado dejaste de usar bloqueador
solar.
¿Cómo puedo explicar
la forma en que la aniquilación nuclear no me hacía cosquillas, pero temía terriblemente
una pequeña caída? Tú no podías tolerar a la gente que no podía tolerar bebés
en los aviones. Yo no podía tolerar a la gente que insistía en que una taza de
café después del almuerzo los mantendría despiertos toda la mañana. En un
momento dado pude escuchar mis rodillas y perdí esa necesidad de corregir la
gramática de los demás. ¿Cómo puedo explicar por qué las ciudades extranjeras
vinieron a significar tanto para mí? En un momento dado dejaste de agonizar
sobre tu ambición, pero en un momento dado dejaste de intentar. No podía
tolerar magos que hacían cosas que alguien con poderes mágicos reales nunca
haría.
A todos nos iba
bien. Yo seguía enamorado de las Olimpiadas. Mientras más pequeño el asunto,
más permitía que tu aprobación significara para mí. Seguían produciendo cosas
nuevas que no necesitábamos que necesitábamos. Necesitaba tu aprobación más que
nada. Mi hermana murió en un restaurante. Mi madre prometió a quien fuera que la
escuchara que estaba bien. Cambiaron nuestros filtros. Tú querías ver la aurora
boreal. Yo quería aprender una lengua muerta. Estabas en el jardín, no
plantando, sino allí parada. Tiraste dos puños de tierra.
Y aquí no
estamos, tan pronto. Yo no tengo veintiséis y tú no tienes treinta. No tengo
cuarentaicinco u ochenta y tres, y nadie me lleva sobre sus hombros mientras
vadea por algún mar. No estoy aprendiendo ajedrez, y tu no pierdes tu
virginidad. No estás apilando piedras en lápidas; no estoy siendo robado de los
brazos durmientes de mi madre. ¿Por qué no perdiste tu virginidad conmigo? ¿Por
qué no cruzamos la intersección una fracción de segundo antes, y morimos en vez
de morir de risa? Todo lo demás sucedió — ¿por qué no lo que pudo hacerlo?
Ya no soy
irrealista. Ya no eres no emocional. Ya no me interesan las noticias, pero
nunca me interesaron las noticias. Aún peor, probablemente soy ambidiestro.
Probablemente debería haber sido sencillo. Te ves como tú misma ahora. Fui tan
lento para cambiar, pero cambié. Probablemente era un jugador natural de tenis,
justo como mi padre solía decir una y otra y otra vez.
Cambié y
cambié, y con más tiempo cambiaré más. No estoy decepcionado, sólo callado. No
descerebrado, sólo arriesgado. No intencionadamente obnubilado, sólo tratando
de decirlo como no fue. Mientras más recuerdo, más distante me siento.
Alcanzamos la mitad tan pronto. Después de todo es como nada. Siempre he nunca
estado aquí. Que desgracia que no fue fácil. ¿Un desperdicio de qué? Una broma.
Pero ven. Sin explicar ni remediar. Quédate conmigo en algún sitio: en los partidos
banquillos de este bar, en la orilla de este precipicio, en los asientos de este
auto prestado, en la proa de este barco, en los todo-misericordiosos cojines de
este raído sofá en esta desvencijada cobacha de una planta con hedor a cobre por
cuyas ventanas alguna vez asomamos por horas antes de finalmente regresar a la
razón: “¿Y qué demonios haríamos con tal casa?”
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