Porque no
procuro la risa fácil.
Porque no
saludo cuando entro
a un
cuarto.
Porque no
desenvaino mis dagas
tan rápido.
Porque a
perpetuidad y sin notarlo,
escribo con
frases dentro de frases.
Porque me
parezco a mi piel gris:
acostumbrada
a la sombra de otros.
Porque no
siento el silencio como
enemigo.
Porque no
tengo dos ejes y dos
contraargumentos,
ni sigo el
modelo de ensayo perfecto.
Porque no
sé resumirme en 140
caracteres.
Porque
anestesio las palabras
hasta que
quedan yertas, sin brío
ni vida:
sí, sólo
mírenlas, aquí en mis campos
que son
poemas, desperdigadas,
sucias y
muertas.
Porque me
lastima la luz de las ventanas
y porque
necesito cerrar la persiana.
Porque
quizá nunca seré nada,
y he decidido
hacer preparaciones
adelantadas.
Porque
algunos de mis amigos
ni siquiera
saben que lo son,
y no me
hablan.
Porque eso
es lo que quiero, tal vez,
pues en la
soledad no hay tanta rabia
como en las
multitudes,
y yo que no
soporto los conflictos…
Porque no
soy dragón
ni un
unicornio;
sólo un
tipo que escribe y vende espejos.
Porque no
quiero reinventar al mundo,
sino
deliberar mi alma de viejo.
Porque yo sé
esperar que venga la marea,
y por eso no
puedo controlar el fuego.
Porque
prefiero entender algo a hacerlo,
y en
entenderme se me va la vida,
y en el no
hacerme sólo me deshago.
Porque no
estoy siquiera triste al decir esto;
es sólo la
verdad que estaba
ahogada.
Porque preparo
con amor esencias
aunque
nadie ha venido aquí a probarlas.
Porque no
sé qué hago, y es por eso
que tanto
me fascinan esos barcos—
esos que van sin nada por delante,
esos que van sin nada por delante,
esos que turbios cargan con su sombra.