28.4.12

Ventanales Num. 3


El vaho azul duerme en la ventana del hotel
con la luz púrpura de la noche que muere.
Ella tiene aún la sábana sobre su piel
como una ola que sobre la costa se cierne.
Su espalda sube y baja como arena erosionada
que sin embargo se renueva, incansable.
Los párpados le tiemblan con la pesada carga
del sueño ligero; y yo la observo, yo la observo.

Mañana deberemos marchar, como siempre,
apresurados por la brújula inquieta del mundo.
¿Por qué debe ser así? Uno quisiese, aunque
fuera unos segundos de descanso verdadero;
ese descanso en que se recuerdan los sueños
porque el reloj no interrumpió en tono grosero.
Mas nos dictan que no hay placeres más bellos
que el deber cumplido; les creemos, les creemos.

El vapor se hace ligero hasta ser terso rocío
sobre el metal helado que enmarca los cristales.
De pronto, no en el estómago, un vacío
invade la consciencia: corazones detestables
que incitan al pensamiento oscuro a pesar
de que uno quiera cabalgar sin caso hacerles;
no, quiebran voluntades y debemos caminar
bajo su yugo; todas las noches, todas las noches.

El yunque cae mientras el sol se levanta:
un día nuevo que es como los otros mezclados.
La vida es tan breve, pero la marcha tan larga;
deberé despertarla ya y preparar nuestros vuelos.
Pero antes siento ansia de pelear con la nada
que me tortura en las noches tranquilas; estos
pedazos de soledad aciaga no pueden contra
el alma siempre; y la acaricio, la acaricio.

15.4.12

Hermoso, Iluminado


Está tirado en la hierba.
Está recordando lo que se le ha ido, mientras se le va lo que le queda.
Está derrotado en un juego que nadie le avisó que jugaba.
Está observándose la herida.
Ellos ya no están, simplemente; siempre son más rápidos que la ley.
Está entre los años, hurgando.
Está en una casa enorme y en un departamento blanco.
Está entre baldosas azules, levantando el cuerpo pequeño de un hermano, sintiendo los pliegues de su piel oleosa y nueva, viendo su cuerpo hermoso iluminado por las luces blancas del hospital.
Está navegando las aguas de un segundo.
Está adolorido.
Está viendo como descienden la caja que carga a su madre, mientras uno de los cirios fúnebres se funde por el viento de Noviembre.
Está viéndose pasar.
Está en el corazón de una ciudad que pretende dormir cuando alguien la llama.
Está repasando la ortografía en el cuaderno del tiempo.
Está des ma  de   ja    do.
Está tocando la puerta de un jefe que no desea con el anhelo de que lo necesiten.
Está contando billetes escasos y tomando jarabe para la tos.
Está de vacaciones, unas de las pocas, tirado de noche a las orillas de Tierra de Fuego, viendo el mar hermoso iluminado por el faro distante cuyas luces renacen a cada instante con nuevo brío.
Está viviendo momentos absurdos e inconexos.
Está consciente que no tuvo otros.
Está encontrando consuelo en la nada, poco a poco, aunque siempre gustó de tener cosas.
Cosas para vivir bien. Para vivir. Que irónico.
(Casi) Está esperando que esas cosas vengan a salvarlo. El departamento, el chevy 98, la biblia sobre la mesa.
Está viviendo solo desde hace 5 años.
Está haciendo nada en una tarde de ocio, y decide salir a caminar aunque no tiene perro.
Está sintiendo como su hermano se va a Canadá en un vuelo comercial con visa de trabajo mientras él regresa a casa a hacer las compras.
Está tratando de encontrar un buen trabajo.
Está hastiado de vivir en pequeño, pero en el fondo teme no poder respirar fuera del frasco; como un astronauta.
Está en el parque —interrumpió la caminata y espera en línea para comprar un helado. Dos figuras negras emergen, y sueltan destellos de fuego.
Está. ¿O no?
Está tirado en la hierba.
Está admirando el pasto entre la brisa, rodeando su cuerpo y los otros tres, y cómo sus contornos verdes se van difuminando; cada retoño primaveral hermoso iluminado por las farolas pálidas de la maldita ciudad oscura.
Está entre la hierba, sí. Todavía.
Está escuchando como, a lo lejos, se ciernen las ambulancias que vienen —como todo, siempre— demasiado tarde.

12.4.12

Milímetros: Quinta Entrega


Sealand

Taló la isla para construir el barco. El siguiente naufrago murió de insolación.

Cirugía II

Los doctores quedaron asombrados por el corazón palpitante que había en su cráneo, pero hubieron de diagnosticarle soltería crónica.

Parque Jurásico

Cuando despertó, todavía estaba en el dinosaurio.

Calendario

La Semana Santa hubo de huir del calendario, pues las otras 51 estaban hartas de su actitud superior.


Unión

Harto de ser el sostén de la familia, el clip dejó a las hojas libres.

Pingüino

Se escondía bajo el hielo cuando pasaban las gaviotas, pero éstas siempre terminaban riéndose de sus pequeñas alas inútiles.

Agente

—¡Pues claro que tenía que venir! No creas que estaba muy aclimatado a la idea de que me dispararan todos estos malditos con rifles, pero era mi deber. ¿Sabes lo que es el deber, no? Eso que haces para evitar que te joda una figura más grande. El Gran Hermano. Yo no pedí esto, pensé que era sólo un trabajo de escritorio interesante. Dime, a ver, dime tú, que te sientes tan sabio, ¿qué diablos esperabas que hiciera? ¿Esperas que te dejemos hacer lo que te venga en gana?
—No, Mr. Bond, espero que muera.

Catedral

Desde el terremoto, las ventanas ya no se iluminaban. Los vitrales se habían vuelto negros con la eterna oscuridad, y el oro del altar no tenía brillo alguno. Pero no todo era malo. A veces los huesos de los santos se levantaban a tomar el vino.

Persianas V

Soltaban chillidos mecánicos al ser golpeadas, pero no retrocedían. Sus ojos se iluminaron de verde, como un semáforo lejano. Y cuando hicieron brotar sangre oscura de sus nudillos, gritó con toda su fuerza, dentro de la mente: Esto es sólo un sueño, esto es sólo un sueño, esto e—

Control Remoto

Apuntó a la ventana y ajustó el brillo y contraste. Durmió como un bebé, mientras miles morían en Alaska.

Nieve

Aquello no podía ser verdad. Eso que habían oído se llevaba todo el sentido y la seguridad de la vida. Ellas, que tenían un hogar seguro bajo los árboles, y que parecían tan solidas, eran sólo agua.

Lingüístico

—…el doctor me dijo que no puedo cerrar ciclos…

Tótem

Sin duda el tótem era hermoso, pero igual despidieron al escultor. Todas las caras eran iguales, y eso le quitaba mucha mística, dijeron. Pero eso pasa cuando uno comete la tontería de esculpir un tótem estando enamorado.

Milímetros V

Pasó por una ciudad de piedra; toda ella ídolos caídos y muros solitarios. Quizá ya no quede aquí nadie vivo, decía, pero eso no significa que no vengan fantasmas.

10.4.12

Un Consejo Aislado

Cuídate.
No soy quien era.
Mis ojos centellean,
y no de buena forma.

Cuídate.
Camina por la otra acera.
Así es, no te desgastes
en hablarme
más de la cuenta.

Cuídate.
Esto no es un poema.
Es una declaración
necesaria y obligada.

Cuídate.
Me protege algo más que
puro instinto.
Me protege la certeza
de que eres un
vacío.

7.4.12

Ventanales Num. 2


Aún es púrpura y nocturna la mañana
tras el paño del cristal y el laminado.
Se sacude, dormitando por la vía
el tren pesado, tren temprano, tren amargo.

Grises ruedas que despiertan a las aves
con su torpe, hipnotizante bamboleo.
Van dormidos los viajantes, como reses
que deambulan hacia el sordo matadero.

Mas, iluso, el ruiseñor todavía canta
por las almas que se entregan a la radio
y al teléfono y al llanto oficinista.

Seguirá cantando, cada vez, al alba,
si lo escucha únicamente el tren grisáceo
en su marcha desde el túnel a la nada.

4.4.12

Más Largo que la Vida


Juro que mis ojos van encogiéndose hacia adentro. Siempre tuve claustrofobia (de la fea, no de la leve que la gente se inventa para ser interesante), y ahora se cierne, como en sus peores momentos: un elevador, un local cerrado, el camarote de un barco mal iluminado. Así pasa; primero hay una agitación en el pecho, que se transforma en un nudo marinero insalvable. Seguido de eso, hay contracciones en la garganta, como si algo hubiera secuestrado al espíritu y callado su voz con una mordaza. Luego comienzas a pensar en la muerte. ¿No les parece absurdo? Pensar en la muerte durante un viaje inocuo del piso 2 al 5 del World Trade Center, por ejemplo. Pensar en la muerte mientras la de al lado se retoca el maquillaje. Pero así es, es una opresión; o más bien un impulso recio hacia la oscuridad.

De verdad, cuando uno se halla en esos trances, no ve el camino fuera de la oscuridad o del encierro. Esas jaulas tan terrenales, que pueden ser abiertas con un desarmador en caso de emergencia, se antojan ridículamente pesadas y profundas. Lo peor parece inminente, así toda la evidencia sugiera lo contrario. Los pisos avanzando en la pantalla, gente alrededor riendo, el vehículo moviéndose en un oscilar calmado, un gato rodando en plan juguetón por la alfombra; todo eso está ahí para tranquilizar, y no lo hace. Sólo acentúa. Todo se hace insoportable, como si hubieras metido —por error o masoquismo— la cabeza en una prensa de metal. Así lo recuerdo. Pero aun bajo esta luz de evidencia preferiría mil veces estar bajo el influjo de una prisión normal que esto. O no tan normal, incluso. Nadar con tiburones me suena bien. O ser presa de la inquisición, podrida en un calabozo. ¿Dónde firmo?

Esa es otra de las cosas extrañas: hoy ni siquiera estoy realmente encerrada. Es cierto que no puedo ver los árboles desde este lugar —las paredes son palaciegas y los vidrios tienen colores brillantes que no dejan ver el exterior con ninguna claridad—, pero el espacio es tan grande que no debería tener problema alguno para respirar. Nunca antes, en mis esporádicas visitas a sitios como éste, me había sentido intimidada. Podía caminar a gusto. Y, de hecho, eso es lo que estoy haciendo en este momento, y lo único que me ha sido encomendado hacer. Caminar. No perder el paso, y definitivamente no desmayarme frente a toda esta gente.

Las paredes, ya lo he dicho, tienen la majestad de un monte; pero no son ellas las que me torturan. Ellas, de hecho, sólo son testigo de mi propio miedo, que se materializa en los muros de ojos atentos que hay a cada lado mío. Todos me ven, ¡todos! Ojos verdes, cafés, azules; que comienzan a transformarse en dragones púrpura y fucsia mientras mi alucinación avanza. Me repito y me repito que son sólo mis devaneos mentales, y que todo está controlado, pero ¿cómo le vendes la idea de control a una psique desbandada? Me pregunto cuánto más podre seguir por este pasillo más largo que la vida antes de caer de boca para siempre. Antes de explotar. Dios mío, qué pena: explotar y manchar de sangre a toda esta gente tan elegante.

Voy arrastrando la piedra penosamente, sin levantar la mirada del suelo, ante un silencio que parece de sepulcro y que lo es. Ahí está mi tumba. No puedo correr aunque la puerta a mis espaldas aún está abierta. He dado demasiados pasos hasta aquí, quizá desde antes de saberlo, y cambiar algo ahora sería descabellado. Me quedan dos opciones. Llegar a donde debo llegar y calmarme de una vez, o rendirme a la histeria para mucho placer de quienes buscan exprimir risas de los desafortunados. ¿Pero cómo puedo calmarme? ¿Por qué tengo espinas clavadas en las manos? Creo que estoy en medio de un incendio. Sí, definitivamente. Eso o el infierno. ¿Por qué más habría llamas? Luego recuerdo todo al momento en que alzo la vista, desesperada, con la seda blanca de mi vestido empapada en sudor ardiente. Mi madre ha elegido las flores y velas, mi padre la catedral, y entre dos familias fraguaron en el horno más perverso los barrotes de mi cárcel. Cárcel de carne y hueso, que me durará (ya lo dice el libro) hasta que la muerte me arranque las raíces de la tierra. Cárcel que me espera enfundado en un smoking impecable, con el rostro sonriente y falso, en el segundo escalón rojo del altar.

1.4.12

La Última Perla

por Hans Christian Andersen
Texto en Inglés (distinto al usado para la traducción): The Last Pearl


     Estamos en una casa rica y feliz; todos están radiantes y llenos de alegría, amos, sirvientes, y amigos de la familia; pues en este día un heredero, un hijo, ha nacido, y tanto madre como hijo estaban en excelso estado.
     La brillante lámpara en el dormitorio había sido parcialmente cubierta, y las ventanas eran protegidas por pesadas cortinas de alguna tela de seda costosa. La alfombra era espesa y suave como un jardín musgoso, y todo invitaba al sueño —y sugería reposo encantadoramente como la enfermera ya había averiguado, pues dormía; aquí podía dormir bien, ya que todo estaba en bienestar y bendición. El espíritu guardian de la casa se recargó contra la cabecera; sobre el seno de la madre, donde el niño dormía, se extendía quieta una red de estrellas innumerables, y cada estrella era una perla de felicidad. Todas las buenas estrellas de la vida habían traído su regalo al recién nacido; brillaban ahí la salud, la riqueza, la fortuna, el amor —en corto, todo lo que el hombre puede desear de la Tierra.
     —Todo ha sido presentado aquí —, dijo el  espíritu guardián.
     —No, no todo —, respondió una voz cercana, la voz del buen ángel del niño. —Un hada no ha traído su regalo aún, pero lo hará algún día, incluso si años deben pasar antes; lo hará. La última perla aún esta faltante.
     —¡Faltante! Aquí nada falta; y si fuera el caso, dejadme ir en busca de la poderosa hada. Presentémonos ante ella.
     —¡Ella vendrá! ¡Vendrá sin ser buscada! Su perla no puede quedar faltante; debe estar allí para que la corona completa refulja.
     —¿Dónde puedo encontrarla? ¿En dónde yace su morada? Dime, y yo procuraré la perla.
     —¿Harías tal cosa? —, respondió el ángel del niño. —Te llevaré directamente a ella, hasta donde sea que esté. No tiene morada fija; a veces reside en el palacio imperial y otras la encontrarás en la cabaña humilde del paisano. No pasa por una persona sin dejar huella, y a cada cual trae dos regalos, ¡sean enormes o minúsculos! A este niño debe venir también. Tú piensas que el tiempo es igualmente largo, pero no igualmente útil. Ven, vamos por esa perla, la última perla de toda esta riqueza.
     Y mano en mano flotaron hacia el sitio donde el hada ahora rondaba.
     Era una gran casa, de ventanas oscuras y cuartos vacíos, donde una quietud peculiar reinaba. Una hilera entera de ventanas habían sido abiertas, para que el tosco viento pudiese penetrar a su placer: las largas y blancas cortinas colgantes se mecían de aquí a allá en la corriente de aire.
     En el centro de la estancia se hallaba un ataúd abierto, en el cual estaba recostado el cuerpo de una mujer, aún en la flor de la juventud, y muy hermosa. Las rosas frescas esparcidas sobre ella sólo dejaban las suaves manos entrelazadas y el noble rostro —glorificado en la muerte por el solemne cariz de consagración y entrada a un mundo mejor— visibles.
     Alrededor del ataúd estaban, de pie, esposo e hijos —una tropa entera: el niño más pequeño descansaba en el brazo del padre, y todos le dedicaban a su madre una última despedida; el esposo besó su mano, que ahora era como una hoja marchita pero que hasta hace unos días había estado trabajando y luchando con diligente amor por todos ellos. Lágrimas de pena rodaban por las mejillas de todos y caían en gotas pesadas al suelo, mas no se hablaba una palabra. El silencio aquí reinante expresaba un mundo de pesar. Con pasos acallados y muchos sollozos, se fueron retirando de la habitación.
     Una luz ardiente está en el cuarto, y la larga mecha roja se eleva por encima de la flama que parpadea en el viento. Hombres extraños entran, y ponen la tapa de la caja mortuoria sobre la fallecida, y colocan los clavos dentro con firmeza, y los golpes de sus martillos resuenan por la casa, haciendo eco en los corazones que sangran.
     —¿A dónde me has traído? —, preguntó el espíritu guardian. —¡Aquí no se halla hada alguna cuya perla pueda contarse entre los mejores regalos de la vida!
     —Aquí ronda ella, en esta hora sagrada —, dijo el ángel, apuntando hacia una esquina.
     Y ahí, donde en vida la madre había tomado su asiento entre flores y cuadros; ahí desde donde, como hada benefactora, había recibido a esposo, hijos y amigos; desde donde había irradiado alegría y gracia como un haz de sol, y había sido el centro de todo —estaba sentada una mujer extraña, enfundada en vestiduras largas. “Sufrimiento” era; la mujer y madre ahora, en lugar de la dama muerta. Una lágrima caliente rodó hasta su regazo, formando una perla reluciente con los colores del arcoíris. El ángel la tomó, y la perla brilló como una estrella de siete resplandores.
     ¡La perla de la Pena, la última, que nunca debe faltar! Ella realza el lustre y significado de las otras perlas. ¿Acaso ves el brillo del arcoíris —el arco que une cielo y tierra? Un puente ha sido construido entre éste mundo y el cielo más allá. A través de la noche terrenal observamos las estrellas, buscando perfección. Contemplémosla, en la perla de la Pena, pues en su sufrimiento esconde las alas que nos llevarán a un mejor mundo.