Está tirado en la hierba.
Está recordando lo que se le ha ido, mientras se le va lo que
le queda.
Está derrotado en un juego que nadie le avisó que jugaba.
Está observándose la herida.
Ellos ya no están, simplemente; siempre son más rápidos que
la ley.
Está entre los años, hurgando.
Está en una casa enorme y en un departamento blanco.
Está entre baldosas azules, levantando el cuerpo pequeño de
un hermano, sintiendo los pliegues de su piel oleosa y nueva, viendo su cuerpo
hermoso iluminado por las luces blancas del hospital.
Está navegando las aguas de un segundo.
Está adolorido.
Está viendo como descienden la caja que carga a su madre,
mientras uno de los cirios fúnebres se funde por el viento de Noviembre.
Está viéndose pasar.
Está en el corazón de una ciudad que pretende dormir cuando
alguien la llama.
Está repasando la ortografía en el cuaderno del tiempo.
Está des ma de ja
do.
Está tocando la puerta de un jefe que no desea con el anhelo
de que lo necesiten.
Está contando billetes escasos y tomando jarabe para la tos.
Está de vacaciones, unas de las pocas, tirado de noche a las
orillas de Tierra de Fuego, viendo el mar hermoso iluminado por el faro
distante cuyas luces renacen a cada instante con nuevo brío.
Está viviendo momentos absurdos e inconexos.
Está consciente que no tuvo otros.
Está encontrando consuelo en la nada, poco a poco, aunque
siempre gustó de tener cosas.
Cosas para vivir bien. Para vivir. Que irónico.
(Casi) Está esperando que esas cosas vengan a salvarlo. El departamento,
el chevy 98, la biblia sobre la mesa.
Está viviendo solo desde hace 5 años.
Está haciendo nada en una tarde de ocio, y decide salir a
caminar aunque no tiene perro.
Está sintiendo como su hermano se va a Canadá en un vuelo
comercial con visa de trabajo mientras él regresa a casa a hacer las compras.
Está tratando de encontrar un buen trabajo.
Está hastiado de vivir en pequeño, pero en el fondo teme no
poder respirar fuera del frasco; como un astronauta.
Está en el parque —interrumpió la caminata y espera en línea
para comprar un helado. Dos figuras negras emergen, y sueltan destellos de
fuego.
Está. ¿O no?
Está tirado en la hierba.
Está admirando el pasto entre la brisa, rodeando su cuerpo y
los otros tres, y cómo sus contornos verdes se van difuminando; cada retoño
primaveral hermoso iluminado por las farolas pálidas de la maldita ciudad
oscura.
Está entre la hierba, sí. Todavía.
Está escuchando como, a lo lejos, se ciernen las ambulancias
que vienen —como todo, siempre— demasiado tarde.
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