El vaho azul duerme en la ventana del hotel
con la luz púrpura de la noche que muere.
Ella tiene aún la sábana sobre su piel
como una ola que sobre la costa se cierne.
Su espalda sube y baja como arena erosionada
que sin embargo se renueva, incansable.
Los párpados le tiemblan con la pesada carga
del sueño ligero; y yo la observo, yo la
observo.
Mañana deberemos marchar, como siempre,
apresurados por la brújula inquieta del
mundo.
¿Por qué debe ser así? Uno quisiese, aunque
fuera unos segundos de descanso verdadero;
ese descanso en que se recuerdan los sueños
porque el reloj no interrumpió en tono
grosero.
Mas nos dictan que no hay placeres más
bellos
que el deber cumplido; les creemos, les
creemos.
El vapor se hace ligero hasta ser terso
rocío
sobre el metal helado que enmarca los
cristales.
De pronto, no en el estómago, un vacío
invade la consciencia: corazones detestables
que incitan al pensamiento oscuro a pesar
de que uno quiera cabalgar sin caso
hacerles;
no, quiebran voluntades y debemos caminar
bajo su yugo; todas las noches, todas las
noches.
El yunque cae mientras el sol se levanta:
un día nuevo que es como los otros mezclados.
La vida es tan breve, pero la marcha tan
larga;
deberé despertarla ya y preparar nuestros
vuelos.
Pero antes siento ansia de pelear con la
nada
que me tortura en las noches tranquilas;
estos
pedazos de soledad aciaga no pueden contra
el alma siempre; y la acaricio, la acaricio.
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