Juro que mis ojos van encogiéndose hacia
adentro. Siempre tuve claustrofobia (de la fea, no de la leve que la gente se
inventa para ser interesante), y ahora se cierne, como en sus peores momentos:
un elevador, un local cerrado, el camarote de un barco mal iluminado. Así pasa;
primero hay una agitación en el pecho, que se transforma en un nudo marinero
insalvable. Seguido de eso, hay contracciones en la garganta, como si algo
hubiera secuestrado al espíritu y callado su voz con una mordaza. Luego
comienzas a pensar en la muerte. ¿No les parece absurdo? Pensar en la muerte
durante un viaje inocuo del piso 2 al 5 del World Trade Center, por ejemplo.
Pensar en la muerte mientras la de al lado se retoca el maquillaje. Pero así
es, es una opresión; o más bien un impulso recio hacia la oscuridad.
De verdad, cuando uno se halla en esos
trances, no ve el camino fuera de la oscuridad o del encierro. Esas jaulas tan
terrenales, que pueden ser abiertas con un desarmador en caso de emergencia, se
antojan ridículamente pesadas y profundas. Lo peor parece inminente, así toda
la evidencia sugiera lo contrario. Los pisos avanzando en la pantalla, gente
alrededor riendo, el vehículo moviéndose en un oscilar calmado, un gato rodando
en plan juguetón por la alfombra; todo eso está ahí para tranquilizar, y no lo
hace. Sólo acentúa. Todo se hace insoportable, como si hubieras metido —por
error o masoquismo— la cabeza en una prensa de metal. Así lo recuerdo. Pero aun
bajo esta luz de evidencia preferiría mil veces estar bajo el influjo de una
prisión normal que esto. O no tan normal, incluso. Nadar con tiburones me suena
bien. O ser presa de la inquisición, podrida en un calabozo. ¿Dónde firmo?
Esa es otra de las cosas extrañas: hoy ni
siquiera estoy realmente encerrada. Es cierto que no puedo ver los árboles
desde este lugar —las paredes son palaciegas y los vidrios tienen colores
brillantes que no dejan ver el exterior con ninguna claridad—, pero el espacio
es tan grande que no debería tener problema alguno para respirar. Nunca antes,
en mis esporádicas visitas a sitios como éste, me había sentido intimidada.
Podía caminar a gusto. Y, de hecho, eso es lo que estoy haciendo en este
momento, y lo único que me ha sido encomendado hacer. Caminar. No perder el
paso, y definitivamente no desmayarme frente a toda esta gente.
Las paredes, ya lo he dicho, tienen la
majestad de un monte; pero no son ellas las que me torturan. Ellas, de hecho,
sólo son testigo de mi propio miedo, que se materializa en los muros de ojos
atentos que hay a cada lado mío. Todos me ven, ¡todos! Ojos verdes, cafés,
azules; que comienzan a transformarse en dragones púrpura y fucsia mientras mi
alucinación avanza. Me repito y me repito que son sólo mis devaneos mentales, y
que todo está controlado, pero ¿cómo le vendes la idea de control a una psique
desbandada? Me pregunto cuánto más podre seguir por este pasillo más largo que
la vida antes de caer de boca para siempre. Antes de explotar. Dios mío, qué
pena: explotar y manchar de sangre a toda esta gente tan elegante.
Voy arrastrando la piedra penosamente, sin
levantar la mirada del suelo, ante un silencio que parece de sepulcro y que lo
es. Ahí está mi tumba. No puedo correr aunque la puerta a mis espaldas aún está
abierta. He dado demasiados pasos hasta aquí, quizá desde antes de saberlo, y
cambiar algo ahora sería descabellado. Me quedan dos opciones. Llegar a donde
debo llegar y calmarme de una vez, o rendirme a la histeria para mucho placer
de quienes buscan exprimir risas de los desafortunados. ¿Pero cómo puedo
calmarme? ¿Por qué tengo espinas clavadas en las manos? Creo que estoy en medio
de un incendio. Sí, definitivamente. Eso o el infierno. ¿Por qué más habría
llamas? Luego recuerdo todo al momento en que alzo la vista, desesperada, con
la seda blanca de mi vestido empapada en sudor ardiente. Mi madre ha elegido
las flores y velas, mi padre la catedral, y entre dos familias fraguaron en el
horno más perverso los barrotes de mi cárcel. Cárcel de carne y hueso, que me
durará (ya lo dice el libro) hasta que la muerte me arranque las raíces de la
tierra. Cárcel que me espera enfundado en un smoking impecable, con el rostro
sonriente y falso, en el segundo escalón rojo del altar.
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