29.12.11

348 (Juegos de Iluminación)


A ratos creo que soy feliz, o que algo me hace feliz. Otras veces la lente se opaca, y todo me parece terrible y aciago —ridícula premonición del destino final del mundo. Sin embargo son días como éste, apacibles en su ambivalencia, los que más parecen llenarme. Puedo sentarme al escritorio, con la bebida necesaria y los pies descalzos, y describir lo que se cuela por mi ventana de un modo más objetivo, racional.

Si bien la emoción es una parte indispensable de cualquier ámbito humano, escribir bajo el halo de una emoción fuerte es un poco como caminar con fiebre. Implica gran probabilidad de mareo y de olvidar a donde se quería llegar en un primer lugar. El solaz emocional en que me encuentro resulta comparable a un día libre de nubes, pero con un sol apático, que no quema. No hay grises ni tormentas; sólo confianza en las palabras que salen de mis yemas hacia la pantalla. Confianza porque momentos como éste son propicios para expresar no solo lo que uno siente, sino lo que en verdad quiere decir.

Así que aquí va.

Debemos ser navegantes tranquilos, no intimidarnos con las olas. Todos tenemos más o menos debilidades de diferentes tamaños y talantes, y no es el camino correcto tratar de erradicarlas todas. Quizá cambiar las más nocivas, si afectan demasiados terceros o si nos llevan al borde del abismo. Las demás, las debilidades inofensivas equiparables a pequeñas hendiduras en un diamante, son parte de nosotros. Si no las tuviéramos, hay que dar por seguro que tendríamos otras; y con ellas un carrusel de circunstancias diferentes: nuevas personas, locaciones, objetivos, arrepentimientos. Mas no debemos asumir que ésta novedad haría el pasaje más placentero. Sólo lo haría distinto. La perfección no está al alcance de los humanos como entidades éticas o físicas. La única perfección a la cual podemos aspirar es la perfecta paz, en unión con nuestros defectos. La aceptación de nuestras fallas como parte indispensable del aprendizaje, y de nuestro molde.

24.12.11

Nochebuena


Los veo creciendo, a todos.
Convirtiéndose en mascaradas fatuas
de los seres puros
que una vez fueron.

Los veo extinguiendo, con este año,
algunos de los últimos destellos
de juventud libre
que guardaban sus pechos.

Los veo volando al sur
con la parvada, cantando la misma melodía a coro.
Sin mirar abajo
a quienes olvidan.

Los veo absortos en felicidades falsas,
en abrigos de pieles,
alejados del susurro
de lo que es naturaleza.

Los veo acodados al fuego, sonriendo.
Jingle bells, jingle bells.
Y cada vez parecen más
ellos que ustedes.

Mi deseo, bajo luces de bengala,
es simple. Que mi visión no sea claridad.
Que la vida me conceda estar ciego.
Sólo la voz idiota del temor a un mundo
que se mueve.

Dios mío, espero estar ciego.
Sólo la soledad que habla de más;
la palabra nublada del vencido.
Espero que todo sea fantasía,
y mañana sean ustedes mismos.

Luces rojas, luces verdes,
cantando al unísono armonías que hablan
de hermandad y de otras cosas,
que no son nada más
que un sueño.

Otro deseo, ante cohetes esplendidos
que entran por la ventana.
Sean corazones guarecidos de la lluvia.
Vean la esencia del cariño
y aspiren hondo.

Los veo, con todas sus mentiras ciertas
que hacen de mí el mentiroso.
Dios mío, déjame que esté ciego,
para cantar de nuevo
merry christmas.


24/12/11


23.12.11

A Solas con Todo el Mundo

por Charles Bukowski
Texto Original: Alone with Everybody


la carne cubre al hueso
y ponen una mente
ahí y
a veces un alma,
y las mujeres rompen
jarrones contra las paredes
y los hombres beben
demasiado
y nadie encuentra al
indicado
pero siguen
buscando
arrastrándose dentro y fuera
de camas.
la carne cubre
al hueso y la
carne busca
algo más que
carne.

no hay chance
en absoluto:
estamos atrapados
por un singular
destino.

nadie jamás encuentra
al indicado.

los basureros se llenan
los tiraderos se llenan
los manicomios se llenan
los hospitales se llenan
los cementerios se llenan

nada más
se llena.





21.12.11

El Lago

por Edgar Allan Poe
Texto Original: The Lake

En la primavera joven fue mi suerte 
rondar del ancho mundo un sitio, 
el cual no amar me fue imposible— 
tan hermosa era la soledad 
de un lago salvaje, en roca negra envuelto, 
y los altos pinos que se erguían rodeando. 

Mas cuando la noche hubo echado su mortaja 
sobre ese sitio, como sobre todos, 
y el viento místico sobrevolaba 
murmurando en melodía— 
ahí, ¡ah!, ahí me despertaba 
al terror del solitario lago. 

Pero ese terror espanto no era, 
sino un trémulo deleite— 
un sentimiento que ninguna joya 
podrá enseñar o convencerme a definir— 
ni siquiera el amor, aunque amor tuyo fuese. 

La muerte estaba en esa onda venenosa, 
y en su golfo había una tumba cómoda 
para aquél que allí pudiese hallar resguardo 
de su negro imaginario— 
cuya alma solitaria podía crear 
un Edén de aquél oscuro lago.


16.12.11

Reproche

por D.H. Lawrence
Texto Original: Reproach


Si hubiera sólo sabido ayer,
Helen, que podías descargar el dolor de la nube;
si hubiera sabido ayer que podías
llevarte lejos la eléctrica desazón turgente,
bebértela con tu orgulloso
cuerpo blanco, como el bello trueno blanco
es bebido de un cielo agonizado por la tierra,
quizá te habría odiado, Helen.

Pero ya que mis miembros arden de fuego,
ya que de mi hueso y carne
se derrama una pesada flama
hacia ti, tierra de mi atmósfera, roca
de mi acero, precioso pedernal blanco de deseo,
no tienes nombre.
Tierra de mi vagabunda atmósfera,
substancia de mi inconstante respirar,
no puedo más que unirme a ti.

Ya que te has bebido la oscura
y dolorosa tormenta eléctrica, y la muerte
está lavada del azul
de mis ojos, te miro hermosa.
Eres fuerte y pasiva y hermosa,
yo vengo como viento que sobrevuela incierto;
pero tú
eres la tierra que sobrevuelo.

12.12.11

Juventud


La juventud es la flor de la vida
pero también llaga de inexperiencia.
Pena que sangra las noches, los días;
foso de pocas y vanas respuestas.
La juventud ya no se maravilla.
La juventud ya no nos maravilla.
La juventud ha creído en sí misma
y olvida
que es a crecer que se viene a la vida.
La juventud ya no cree en las escuelas.
La juventud ya no cree las verdades.
La juventud tiene próceres propios:
guerra, vendimia; caos y cafeína.
La juventud ya no ataca al regente.
La juventud sólo yace inconstante,
con ideas viejas que fueron tiradas
y que ellos reciclan con ciega confianza,
La juventud ya no juega en los bosques.
La juventud tiene un bosque en la casa.
Cómodo y cerca, ahí en cada visita
a ese wallpaper plano de su windows vista.
La juventud cree que ama en las horas
cercanas, por cierto, a la media noche.
La juventud no domina sus pasos
y cada tropiezo los hace más torpes.
La juventud se burla de los viejos.
Mi juventud se ha llevado la infancia.
La juventud es demasiado ciega
para ver su cuerpo de pájaro herido.
La juventud ya no tiene colores,
los han lavado enteros en los ríos;
allá en la cañada han dejado emociones
y sueños, pues todos juzgaron impíos.
La juventud vive muerta y cayendo.
La juventud ya no es pócima hirviendo
sino que empero parece tan frágil,
tan tibia y salada cual sopa de invierno.
La juventud ya no cree ni en el arte:
ven en el ritmo y el trazo un abismo
que debe sin duda ser más deformado.
Estirar las formas en vagas secuencias
que ya a nadie nunca recuerden a nada.
La juventud sólo cree que disfruta.
La juventud bebe en viernes y martes.
La juventud acaricia marañas de cielo
para destrozarlas en rígidos dedos.

8.12.11

Pequeño Aviso

Últimamente mucha más gente ronda por aquí. Sírvanse a su gusto y espero les agrade; sólo quiero pedir que no lean sólo los textos personales. No tengo nada que esconder, y están allí por algo, pero el fin de este espacio es mi escritura, no mi persona.

Si bien es cierto que dichos textos son una ventana muy directa a mí, no son la más profunda. No tiene caso que los lean sin intentar siquiera ver mi labor literaria, que me saca mucho más esfuerzo. Es bueno que me lean, pero odiaría sentirme espiado. Si han leído alguno de los cuentos o poemas, se los agradezco de sobremanera, y no se sientan aludidos. Si no, no tomen esto más que como una invitación a no quedarse en la apariencia. No soy simple, y no es posible conocerme por medio de un breve párrafo escrito en un impulso de tres de la madrugada. Me he esforzado mucho en ser un mejor escritor cada día, y ese es el verdadero viaje que intento retratar aquí.

Léanlos, adelante, yo los publiqué y no voy a retirarlos. Sólo les ruego no se queden enclavados en ellos; el resto del blog es para mí igual de valioso. Gracias por sus visitas y, sobre todo, sus lecturas.

Avante.
dvx

5.12.11

Funeral Blues

por W.H. Auden
Texto Original: Funeral Blues (Stop All the Clocks)


Parad todos los relojes, cortad el telefono,
prevén el ladrido del perro con un hueso jugoso,
silencien los pianos y con maniatado bombo
traigan el ataúd; y los dolientes en coro.

Que aeroplanos revoloteen gimiendo arriba,
dejando escrito Él ha Muerto en su estela.
Poned listones en los cuellos de las palomas.
Y guantes de algodón negro en los policías.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
mi semana atareada y Domingo yaciente,
mediodía, medianoche, palabra y canción;
pensar al amor eterno fue mi gran error.

No deseo las estrellas, apáguenlas todas,
empaquen la luna y deshagan el sol,
vacíen el océano y barran los bosques,
pues ningún fin bueno ya el mundo tendrá.

4.12.11

La Puerta


La policía del pueblo pudo comprender perfectamente la consternación de los Suarez el día que Mati no apareció en su cama. Por trabajar el padre en el ayuntamiento se les respetaba, así que se les prometió que se extenuarían los medios de la ley buscando al primogénito de la familia. El alcalde mismo dio una breve visita a la habitación vacía para comprobar los rumores que eran ya comidilla en las calles, y para consolar a su empleado, quien siempre le había sido fiel. Mati, joven espigado y rubio de diecinueve años, no era, sin embargo, la joya más brillante —o más encomiable, por lo menos— en las arcas de los Suarez. Melinda, un año menor, ya se destacaba en los bailes y banquetes, por ejemplo. Pretendientes le emergían del suelo como si fueran vid en verano. También estaba Jaime, quien a pesar de su temprana edad de doce años, entretenía pequeñas multitudes en las tertulias con su precoz dominio del piano. Matías, en cambio, pasaba sus horas vagando en los jardines con la mirada absorta en las aves, o bien en la biblioteca del pueblo, hurgando incansablemente entre las páginas más olvidadas y oscuras del acerbo.

Empero, un hijo es un hijo, y el padre todavía albergaba cierta esperanza de que tuviera escondida bajo su capa introspectiva una buena cabeza para los negocios, así que la búsqueda no se escatimó. Sus lugares más frecuentes fueron puestos de cabeza, sin hallar rastro de él y, lo que es peor, importunando de sobremanera a la pobre y anciana bibliotecaria. El alcalde mandó una patrulla de diez hombres a que se dividieran la vigilancia de las salidas del pueblo, y se comenzó la impresión de carteles con su rostro. No fue hasta el tercer día que Melinda entró a la habitación en un arrebato de nostalgia por la presencia dócil de su hermano, y encontró doblado entre los pliegues de la sábana un trozo de papel amarillento. Lo llevó ante sus padres, para que todos pudieran leerlo. Como siempre, Mati había sido exquisitamente parco. He hallado la puerta.

3.12.11

Laissez Faire


Más allá del anochecer. 

El alumbrado de la avenida era una fosforescencia anaranjada e inhumana, que sin importar su cegadora potencia sólo conseguía hacer el ambiente más pesado. Eso era allí adelante; en la gran arteria de la ciudad, donde aún pasa algún carro de vez en cuando a pesar de la hora. Ellos observan por la ventana, mientras recogen sus ropas de la alfombra. Las callejuelas traseras, los senderos grises y olvidados, son siempre una historia diferente. 

Eran ya las dos de la mañana cuando salió de la oficina. Isdrah, ¿no quieres que te lleve? No, gracias, me las arreglo. Si, se las arreglaría, eran sólo siete manzanas, después de todo. Y la ciudad no era un campo de guerra como lo son otras; rara vez se oye de un atraco que haya acabado mal. Isdrah era de esa gente que nunca lo dice en voz alta, pero cree en el destino. Si me van a atracar, no podía evitarlo de cualquier modo. Que venga y que pase y que me libre del sino de una vez por todas. Así pensaba él, confiado en que las calles de su entorno parecían mucho más escabrosas de lo que en verdad eran. Camille iría en auto hasta su casa, que estaba un poco más alejada. Aparte, no es recomendable para una mujer caminar sola de noche, en cualquier ciudad y a cualquier distancia. A pesar de la soledad del camino, a Isdrah no le preocupaba Camille. Eran ambos hijos de los suburbios, y nunca habían salido de su país de primer mundo más que para vacacionar. Hasta aquella noche, ninguno de ellos había mirado a un demonio a los ojos. Con un último beso se despidieron; y salieron del recinto donde no había nadie más. 

29.11.11

Umbral


Nana, dime a donde ir. Abre tus labios. Libérame.
Es extraña; es perturbadora la ola que viene. Todo acalla, de a poco. Rompe sobre la costa, y la espuma blanca cubre el mundo por unos segundos. Luego cede, dejando hilillos nebulosos en la vista, y ahí está todo. Aún.
Nana, ¿te ha arrastrado el mar lejos? ¿Te aferras a la orilla con tus celestes uñas afiladas? No sé porque mis brazos languidecen. Nada los presiona ni obstruye. El metal se curva más bien alrededor de mi cintura, en un anillo de color vago, similar a las violetas. No puedo, pues, alcanzarte. Tus ojos hacia mí, sin verme; eso siento. La mirada es gris, esquiva. Como cuando algo te sorprendía y quedabas absorta diez segundos antes de hablar. Mas tu boca está rota, y no susurra, y no canta.
Los recuerdos caen por las escaleras, uno a uno, fundiéndose en la oscuridad del sótano. No mucho tiempo atrás compartíamos litera, y yo te arrebaté la de arriba. Por las noches conversábamos sin reparo, y sólo tú supiste de cosas tan importantes como mi primer beso y desamor. Yo supe de otras cosas. Supe de tus andanzas descarriadas, supe que habías probado el tabaco, pero que lo habías odiado. Me relataste con todo el detalle que tu mente te dejó, los sucesos de la noche que no llegaste a dormir. Mamá y papá nunca se enteraron, a pesar de sus protestas y reproches. No te importaba mucho lo que pensaran, y en eso te distinguiste de mí. Ibas por la vida orgullosa de tu desvarío, arrumbando las opiniones que no fueran para ti útiles. Yo en cambio, gregaria, te buscaba. Sin embargo, ahí, de madrugada, entre risas se borraba la barrera y tu mundo era mi mundo, y me llenaba de ti.

24.11.11

572 (Momento)


No sé si pueda separarlo mucho tiempo más. Esta será una entrada breve, pues quiero guardar las palabras para cuando en verdad las necesite. La verdad desvelada es que no sé qué hacer. Recojo los frutos agridulces de la inexperiencia con la idiota sonrisa de quien prueba la felicidad prohibida. Otro momento inolvidable hoy. Ya se van amontonando, como una inexorable montaña formada por pequeños y brillantes granos de azúcar. Ya se vislumbran desde millas a la redonda, ya forman una legión temible que amenaza con destruir mis rejas y paredes.
Ya eres más que un momento; más que una alegría.

22.11.11

Hablar en la Cama

por Philip Larkin
Texto Original: Talking in Bed

Hablar en la cama debería ser tan fácil,
yacer juntos se remonta tan lejos,
un emblema de la honestidad de ambos.
Mas el tiempo pasa y pasa silencioso.
Afuera, la vigilia incompleta del viento
construye y esparce nubes por el cielo,
y villas obscuras se amontonan en el horizonte.
Nada de esto nos concierne. Nada dice porque,
a esta peculiar distancia del aislamiento
se vuelve aún más difícil hallar
palabras que sean verdaderas y amables,
o no mentiras y no injurias.

19.11.11

Aquí No Estamos, Tan Pronto

por Jonathan Safran Foer
Texto Original: Here We Aren't, So Quickly

Yo no era bueno dibujando caras. Yo solo bromeaba la mayoría del tiempo. No era decisivo en los vestidores, o en cualquier otro lado. Llegué tan tarde porque estaba buscando flores. Casualmente pasaba un túnel cada vez que mi madre llamaba. No podía hacer pan tostado sin la radio. No sabía distinguir si los halagos eran sarcásticos. No estaba tan cansado como decía.
Tú no eras capaz de ignorar las imperfecciones en los muebles. Tú eras demasiado ligera para armar la bolsa de aire. No eras capaz de abrir la mayoría de los frascos. No estabas segura de cómo llevar el pelo, así que, diez minutos tarde y a la mitad de la escalera, examinabas tu reflejo en una fotografía de familia muerta. No estabas enojada, solo protegías tu dignidad.
Yo no podía correr distancias largas. Tú fuiste tan amable con mi hermana cuando yo no supe cómo serlo. Sólo trataba de quitar una mancha; hice una mayor mancha. Solo estabas haciendo una simple pregunta. Casi siempre estaba en casa, pero no siempre estaba en casa en casa. Nunca pudiste tolerar una pila de más de tres libros en mi mesa de noche, o monedas de diferente tipo en el plato de propinas, o el plástico. No tenía miedo de la soledad; sólo la odiaba. Simplemente admirabas el progreso del jardín de alguien más. Yo estaba tan harto de la comida.
Fuimos al Atacama. Fuimos a Sarajevo. Fuimos a Tobey Pond todos los años hasta que no fuimos. Nos aventuramos a través de trece pulgadas de nieve para ir a una conferencia en un planetario. Tratamos de organizar cenas. Tratamos de ser dueños de nada. Dejamos huellas de nuestras manos en un jardín de musgo en Kyoto, nos complacimos el uno al otro bajo una toalla en Jaffa. Nos atrevimos a ir con mis padres para Acción de Gracias y con los tuyos para el resto y, ¿Cómo sucedió que de pronto estábamos al lado de mi padre mientras se ahogaba en su propio cuerpo? Yací junto a él en la cama mientras él observaba mi mano ir hacia su frente, y dije “A pesar de todo—” “¿Que todo?”, preguntó; así que dije “Nada” o nada.
Yo siempre destruía mi pasaporte en el lavabo. Tú siempre fuiste terrible con las estimaciones. Nunca estuviste dispuesta a pensar que mis hábitos eran encantadores. Siempre insistí en que ya era demasiado tarde para aprender un instrumento, o cualquier cosa. Nunca fuiste de las que mencionan el dolor físico.
Yo no podía explicar los ciclos de la luna sin pluma y lápiz, o con ellos. Tú no sabías donde los e-mails estaban. No felicitaba a las mujeres hasta que explícitamente declaraban estar embarazadas. Pasabas unos cuantos arrepintiéndote en secreto de tu pereza, que no existía. Debí perdonarte por todo lo que no era tu culpa.
Tú eras terrible en las emergencias. Estuviste estupenda en “El Jardín de los Cerezos”. Yo siempre estaba no quejándome, porque la confrontación es para mí la muerte, y porque todo estaba casi siempre casi perfecto conmigo. No podías acercarte al océano de noche. Yo no sabía donde mi voz estaba entre mi teléfono y el tuyo. Nunca estabas parada junto a la ventana en las fiestas, pero siempre estabas cerca de la ventana. Me daban paranoia las palabras amables. No estaba sólo viendo las noticias en el sótano. Simplemente hacías un esfuerzo heroico para hacer que las cosas parecieran fáciles. Era terrible reconociendo los esfuerzos de los otros. No eras la mejor jardinera, pero no estabas conforme con no estar conforme. Siempre necesitaba una buena camisa de vestir, o sólo una cosa más que no tenía. Estabas demasiado lastimada por eventos del pasado lejano para que algo resultara sencillo en el presente. Siempre batallaba con ser natural con mis manos. Nunca fuiste inmune a los regalos inesperados. Mayormente, sólo estaba bromeando.
Yo no era neurótico, sólo apocalíptico. Tú siempre estabas duplicando llaves y buscando palabras. No tenía miedo del silencio; sólo lo odiaba. Y mi mano siempre estaba en mi bolsillo, alrededor de un teléfono que nunca contestaba. No eras avara o buena con las herramientas, sólo te lastimaba mi distancia. Nunca fui indiferente a los niños de otras personas, sólo me frustraba mi propio optimismo infatigable. No estuviste falta de sorpresa cuando, esa última noche en Norfolk, te conduje hasta Tobey Pond, te llevé de la mano bajo la ladera de zarzas y a través de los maderos podridos hacia las constelaciones en el agua. Compartir nuestra felicidad disminuyó tu felicidad. Yo no iba a bailar en nuestra boda, y tú no ibas a hablar. Ninguna parte de mí estaba nerviosa aquella mañana.
Cuando le gritabas a nadie, yo te canté. Cuando finalmente te quedaste dormida, la enfermera se lo llevó para bañarlo y tú, todavía dormida, extendiste los brazos.
Él no era un terrible durmiente. Reconocí ante nadie mi incapacidad para estar quieto con él, o con quien fuera. No estabas sobrecogida, sino sobrecansada. Nunca tuve miedo de rodar sobre él mientras dormía, pero desperté muchas noches seguro de que estaba en el suelo, bajo el agua. Yo amaba colapsar cosas. Tú amabas las pequeñas calcetas. No estabas deprimida, pero eras infeliz. Tu infelicidad no me hizo defensivo; sólo la odiaba. Él nunca estaba feliz si no se le sostenía. Yo amaba martillar cosas en las paredes. Tú odiabas no tener vida interna. En secreto, me preguntaba si él era sordo. Odiaba la roedora añoranza que acompaña al tenerlo todo. Estábamos aprendiendo a ver las cegueras del otro. Googleé preguntas que no podía preguntarle a nuestro doctor, o a ti.
Nos animaron a comprar seguros. Tuvimos sexo para tener orgasmos. Tú amabas redecorar. Yo iba al gimnasio para ir a algún lado, y miraba en el espejo cuando había algo que esperaba no ver. Odiabas nuestra cama. Él podía ponerse de pie, pero no bajar de nuevo. Nos culparon por la basura del vecino. No podíamos esperar para los principios y finales de vacaciones. No era capaz de mirar un plano y ver una cocina renovada, así que me quedé fuera. Vinieron a nuestra casa durante comidas, pero hablé con ellos y me di.
Contaba los segundos hacia atrás hasta que él se dormía, y luego los contaba de nuevo hasta que despertaba. Tomamos las mismas caminatas una y otra vez, y una y otra vez comimos en los mismos restaurantes fáciles. Dijeron que él se parecía a ellos. Siempre estaba viendo trailers de películas en mi computadora. Siempre estabas fregando superficies. Siempre estaba oyendo la risa de mi padre y nunca recordando su rostro. Rompiste el corazón de todos hasta que de pronto no pudiste. De pronto él dibujó, de pronto habló, de pronto escribió, de pronto razonó. Una noche no pude ayudarle con sus matemáticas. Se casó.
Fuimos a Londres a ver una obra. Tratamos de apartar tiempo para no hacer más que leer, pero no hicimos más que dormir. Siempre estábamos no mencionándolo, porque no sabíamos qué era. No hice más que buscarte por veintisiete años. Ni siquiera sabía cómo funcionaba la electricidad. Tratamos de pasar más tiempo no juntos. No estaba defensivo acerca de mi aburrimiento, pero mi felicidad no tenía nada que ver con la felicidad. Amaba cuando la gente que trabajaba para mí me apreciaba genuinamente. Siempre estábamos moviendo muebles y nunca haciendo contacto visual. Odiaba mi incapacidad de visitar una ciudad extranjera sin fantasear sobre bienes raíces. Y luego tu padre estaba muerto. A menudo no leía el libro que sostenía. Nunca no estabas en el jardín de alguien. Nuestras madres morían por hablar sobre nada.
En un momento dado te convenciste de que siempre leías el periódico de ayer. En un momento dado dejé de agonizar por ser entendido, y confié demasiado en el GPS de mi auto. Tú no podías tolerar cantidades ínfimas de jalea en el fresco de mantequilla de maní. Yo no podía tolerar la risa inútilmente estruendosa. En un momento dado pude echar miradas fijas sin pretexto ni disculpa. ¿No es graciosos que si Dios se revelara y se explicara a sí mismo, la mayoría de la gente estaría decepcionada? En un momento dado dejaste de usar bloqueador solar.
¿Cómo puedo explicar la forma en que la aniquilación nuclear no me hacía cosquillas, pero temía terriblemente una pequeña caída? Tú no podías tolerar a la gente que no podía tolerar bebés en los aviones. Yo no podía tolerar a la gente que insistía en que una taza de café después del almuerzo los mantendría despiertos toda la mañana. En un momento dado pude escuchar mis rodillas y perdí esa necesidad de corregir la gramática de los demás. ¿Cómo puedo explicar por qué las ciudades extranjeras vinieron a significar tanto para mí? En un momento dado dejaste de agonizar sobre tu ambición, pero en un momento dado dejaste de intentar. No podía tolerar magos que hacían cosas que alguien con poderes mágicos reales nunca haría.
A todos nos iba bien. Yo seguía enamorado de las Olimpiadas. Mientras más pequeño el asunto, más permitía que tu aprobación significara para mí. Seguían produciendo cosas nuevas que no necesitábamos que necesitábamos. Necesitaba tu aprobación más que nada. Mi hermana murió en un restaurante. Mi madre prometió a quien fuera que la escuchara que estaba bien. Cambiaron nuestros filtros. Tú querías ver la aurora boreal. Yo quería aprender una lengua muerta. Estabas en el jardín, no plantando, sino allí parada. Tiraste dos puños de tierra.


Y aquí no estamos, tan pronto. Yo no tengo veintiséis y tú no tienes treinta. No tengo cuarentaicinco u ochenta y tres, y nadie me lleva sobre sus hombros mientras vadea por algún mar. No estoy aprendiendo ajedrez, y tu no pierdes tu virginidad. No estás apilando piedras en lápidas; no estoy siendo robado de los brazos durmientes de mi madre. ¿Por qué no perdiste tu virginidad conmigo? ¿Por qué no cruzamos la intersección una fracción de segundo antes, y morimos en vez de morir de risa? Todo lo demás sucedió — ¿por qué no lo que pudo hacerlo?
Ya no soy irrealista. Ya no eres no emocional. Ya no me interesan las noticias, pero nunca me interesaron las noticias. Aún peor, probablemente soy ambidiestro. Probablemente debería haber sido sencillo. Te ves como tú misma ahora. Fui tan lento para cambiar, pero cambié. Probablemente era un jugador natural de tenis, justo como mi padre solía decir una y otra y otra vez.
Cambié y cambié, y con más tiempo cambiaré más. No estoy decepcionado, sólo callado. No descerebrado, sólo arriesgado. No intencionadamente obnubilado, sólo tratando de decirlo como no fue. Mientras más recuerdo, más distante me siento. Alcanzamos la mitad tan pronto. Después de todo es como nada. Siempre he nunca estado aquí. Que desgracia que no fue fácil. ¿Un desperdicio de qué? Una broma. Pero ven. Sin explicar ni remediar. Quédate conmigo en algún sitio: en los partidos banquillos de este bar, en la orilla de este precipicio, en los asientos de este auto prestado, en la proa de este barco, en los todo-misericordiosos cojines de este raído sofá en esta desvencijada cobacha de una planta con hedor a cobre por cuyas ventanas alguna vez asomamos por horas antes de finalmente regresar a la razón: “¿Y qué demonios haríamos con tal casa?”

18.11.11

248 (Tragedias Adyacentes, un Canto)


En los pasados dos días, dos personas muy importantes han perdido parte de ellas.  Pequeños seres inocentes a quienes cuidaron con tanto esmero, y que no tenían porqué ser hechos responsables de nada. Por razones de cercanía y por mi propia vocación protectora, ambas se apoyaron en mí; una más que la otra. Siento que hice lo mejor que pude por ambas. Sé que hice lo mejor que pude, solo me pesa que no sea suficiente. Pero es cierto, sin importar cuánto quiera uno luchar contra la verdad y vivir en un mundo idealizado, a veces el desconsuelo es demasiado grande para que una persona externa, por cariñoso que sea su toque, lo levante.
Si, la losa no ha sido levantada, y no me será posible. El dolor debe diluirse como cal blanca en el aire, o una libación en la tierra. Debe ser un proceso lento, razonado, lleno de pequeñas piedras. Y sobre todo debe ser privado. Yo no tengo derecho de adueñarme de su dolor y hacerlo mío; sería un hurto tan detestable como cualquier otro. Trataré, en el futuro, de ser una roca en la que quien sea pueda encontrar un bastión de apoyo; un oído atento. Pero ahora veo muy bien que levantar el dolor ajeno no es tan fácil como parece. Some patients can’t be saved, but that burden’s not on you.
Quizá este texto resulte un poco torpe comparado con mis demás —ya en sí pedestres— intentos de construir un testimonial fragmentado de mi vida; mas está bien. En cierto sentido, este es el texto más personal y más honestamente duro que he escrito para este espacio. Y de nada sirve un testimonial fragmentado de la vida de nadie si todo está siempre escondido bajo el valor literario de las palabras, y nunca está crudo, directo del pensamiento; con todo el dolor, ansia e imperfección que eso conlleva. No importa. Seamos honestos. Seamos quienes nuestras consciencias nos obligan a ser. Por un momento, las máscaras no importan, tan solo por un instante.
¿Por qué esos pequeños seres nos llenan tan en demasía? Ya desde el momento en que posan sus ojos en los nuestros, sin pedir nada, sin ofrecer nada más que a sí mismos. Sin promesas ni castigos. Amor puro, condensado. Si ellos no pueden terminar sus vidas de la manera deseable, ¿quiénes pueden? ¿Hay verdaderamente un punto en todo esto? Hoy simplemente no parece haberlo, hoy simplemente se dibuja como una daga clavada en el costado. Quizá mañana cuando la niebla se disipe dentro de un tono más claro, o tal vez más allá de esto, en un mundo más agradecido y más tenue.
No nos engañemos, a pesar de toda nuestra civilización y pompa, los refugios de cemento en que vivimos siguen siendo feroces. Las leyes naturales siguen aplicando a todos nosotros y a quienes nos rodean, de formas igual o más despiadadas que si continuásemos viviendo entre arbustos y cuevas. Y el mundo sigue empeñado en olvidar lo que nosotros tanto recordar queremos; enterrándolo después de unos minutos bajo la montaña de actualizaciones en Facebook, y bajo el oscurantismo de la mente de quien no conoció al caído.
Me niego a pensar, romántico aún, que todos seremos un día simplemente una pequeña y graciosa nota al pie de la existencia. Quiero creer que los cielos se abren, que nuestras almas importan. Quiero creer en quienes amo, y en su importancia para el orden cósmico. Quiero creer en mí, y en ustedes, y en ellos, y en lo que cada uno de los seres ridículos e inquietos que habitan el planeta lleva dentro. Quiero proteger a quien duele, y cubrir a la muerte injusta con reproches hasta que huya espantada, dejando nuestro pueblo muy atrás. Quiero hacer tantas cosas. Espero tener tiempo de vivir una historia que valga la pena, y que alguien se digne en recordar. Es claro que el universo, en sus eones y eones de sabiduría salvaje, no lo hará. Tenemos que cuidarnos entre nosotros.
Las almas que han revoloteado arriba en estos días no hicieron jamás nada digno de recriminación. Alguna rabieta, o alguna mordida. Jamás incurrieron en ninguno de los pecados de nuestras religiones. Jamás fueron arrogantes. Jamás juraron en vano. Nunca abandonaron ni se rindieron. ¿Encontraremos más consuelo en el azar o en el destino? O tal vez, simplemente, no existe; y debemos lidiar por separado, discretos, con los absurdos duelos que nos tocan. Si somos tan pequeños, ¿por qué las tareas son tan dantescas?
Los recordaremos, siempre; no sé muy bien de qué forma ni valiéndonos de que medios, pero pelearemos por retener un momento de su nobleza en nosotros. Y aunque el entorno se ciegue e insista en hacernos creer que no tenemos importancia alguna, los retendremos. I’m smaller than the smallest fireball. Si, tal vez, pero también tengo más vida, y más sentimiento. Podré, y todos podremos al paso del tiempo, recobrar un poco de lo que nos pertenece usando el recuerdo y la emoción y el alma. Debemos quizá aceptar que la vida es absurda y febril, un mal sueño. Después abrir los ojos y vivir con ello. No hay actitud correcta, sólo existe la certeza de haber hecho lo mejor que uno puede por cada una de las almas que se atraviesan en nuestro camino. Cosa que ustedes, dulces retazos de cielo, supieron hacer tan bien. Nunca olvidaremos sus ojos, y el reflejo tan hermoso de nosotros que proyectaban. Un reflejo del amor verdadero.
Esta va por ustedes.



Choco
Watanabe
Eros
2011

17.11.11

Identidad


Los brazos de la hiedra esconden roca
helada como cristal viejo, arredrado
por mil vientos que se cruzan
en la vasta soledad de esta pradera.
Yacen dentro de los caóticos pastos
troncos caídos cual estatuas rotas,
ídolos olvidados de otras razas,
fiel testimonio de guerras perdidas.
Acodado entre violentos, pero tenues ruidos
de animales extraños acechando,
pienso que el viento hoy se viste de blanco,
como la escarcha o el precioso armiño.

Quizá una pizca de color vendría
como mesías a tan desolada, tan ciega
vista. Quizá si las nubes arremolinadas
formaran aves, o mundos, o rostros,
uno tendría el ánimo contento,
y no la masa gris del irredento
desconsuelo de pre-invierno. Quizá si
ese follaje dorado crujiese a un ritmo.
Tal vez los colibríes ayuden algo.
Mas no, lo sé muy bien, son otras alas
las únicas que pueden repararlo.

No sé aún muy bien como horadar el verbo
para sin torpe mella declararlo.
Y es que son tantas cosas en un
solo espacio, que se amontonan fraguas
en mi mente. Sólo acierto a decir,
y ello no es poco, que vida no es mi Vida
sin tu tiempo. Que tiempo no es mi Tiempo
sin tu encanto. Y que nada me encanta
sin tu vida.

Y es tan extraño para mí escribirlo,
yo que me conformaba con el hielo,
con el silencio tierno de la hierba y
el perfecto murmullo de los mares.
Mas el color que otrora se me había
perdido resulta estar enliado en tus
cabellos. Resultas ser mi sombra, mi
substancia, hermoso filtro para mis
defectos. Había de vivir hosco, ensimismado,
para ser quien un día tu en bien querrías.
Había de caminar la turbia senda,
para encontrarte agazapada y bella.

Habías de florecer entre mis brazos
aunque un día tu también puedas marcharte.
Habías de ser despertador y almohada,
y así envolverme entero cada noche.
He descifrado con mi idioma el vuestro,
y encontré dentro de un baúl dorado
la identidad tuya, que los años malos
te habían robado por momentos falsos.

Eres lo que se lleva mis mañanas,
lo que me embriaga de estupor inmenso;
discretamente
más de lo que parecemos.
La nota azul del cielo de Diciembre
y los botones arduos de mi Marzo.
La compañía más tersa que he tenido,
más allá de la pradera quieta. Ante todo
mi amiga y confidente, y la inquietud
alegre de mi vientre. La camelia fragante
en la comarca. Mi bella enfermedad
psicosomática.

15.11.11

183 (Children)


Hoy es otro de esos días en donde el orden de las cosas parece desgajarse y al final no pasa nada. Allá afuera son personas arremolinadas afuera de una comisaría venida a más, pidiendo la liberación de un chico a quien olvidarán mañana. Aquí adentro… ya no sé que hay aquí adentro. Allá afuera fue el caliente impulso de quien aún cree en el poder que tiene su brazo ante el rostro de la injusticia; aquí adentro no es más que mi yo de siempre, solitario, eligiendo callar bajo tu yugo de caprichos. Mañana las notas periodísticas destacarán en un pequeño párrafo, refundido en la cuarta página, que las autoridades se deslindan de lo que descaradamente hicieron frente a los ojos de todos. Y tú, es lo más probable, tratarás de disimular que lo que sientes por mí aún es lindo y tórrido como fuera.

Un berrinche, eterno: el mundo entero. La policía arresta donnadies sólo para demostrar su poder vacío, ese que en mala hora les conferimos. Muchas montañas y muchos valles al norte se alzan tiendas de campaña inermes dentro de espaciosas avenidas. Los residentes, casi todos jóvenes desengarzados de la realidad, piensan hacerle ver con esto su maldad a hombres a quienes no podrían importarles menos —hombres refugiados tras los vidrios polarizados de BMW’s, ratas frías criadas dentro de oficinas blancas y excesivamente sanitarias.

Los átomos de la existencia continúan, sin descanso, chocando; provocando explosiones, perturbando el aire. Sin embargo, dentro de nuestra escala, nada se mueve. No llevo posado en la Tierra demasiado, pero desde hace un mes tengo permiso de por lo menos decir que “ya es algo”. La marea en estos años ha cambiado, ha delineado líneas en la arena, pero nunca ha trastocado realmente la faz de la costa. Los poderosos del norte ya eran amigos casuales de la sangre para cuando ese par de aviones se estrelló. Allá tras el océano, ya se derramaba sangre en el nombre de ideas inexistentes desde hace siglos. Nadie ha inventado el mal recientemente; ni nadie lo ha subyugado. Todo se nos va, allá afuera y aquí adentro, en insignificantes rabietas, como si tuviéramos que probar a alguien que aún estamos vivos. He vivido en una era de gran letargo, de pasividad más atronadora que cualquier cañón y más paralizante que cualquier cadena. Y es que quizá ahora si han descifrado como controlar el vaivén de la marea. Atados por la cartera, condenados por la ignorancia.

Allá afuera, las multitudes corren de un lado a otro, revolviéndose en y sobre sí mismas, creando caracoles profundos en donde muere la audacia, la decisión. Aquí adentro, me callo lo que siento por miedo a desatar lo que deseo; el cataclismo total de nuestras vidas. Vivimos esperando un cambio que venga de arriba, de un mundo superior que ni siquiera podemos comenzar a comprender. Vivimos haciéndonos mal unos a otros de maneras insulsas, acuchillando las espaldas del prójimo sin reparar en que sólo unidos, sólo con verdadera decisión, venceremos al gigante. ¿A dónde fueron las edades de Hesíodo? ¿Dónde se hallan los héroes, los umbrales a la gloria? ¿En qué parte de nuestras junglas de pavimento yace un pozo de renovación? ¿Quién eres, quien soy, y cuantos años nos quedan? ¿Nuestra fuerza se ha ido, o acaso fuimos nosotros?

Observado el 13/11/11

9.11.11

Diez Horas


Un lindo día debería ser suficiente
para sacarte la amargura del semblante;
si no completa, por lo menos una parte,
si no el pasado, me conformo en tu presente.

Una mañana de la que emergimos juntos
para hasta el hosco atardecer desengarzarnos,
debería ajar esos temblores en tus manos,
mientras mejores días y rumbos encontramos.

Y que me importa si el mañana no sonríe,
tenemos esto para guiarnos si oscurece,
no que ninguno de nosotros eso ansíe.

Un lindo día que otra vez tiene tu nombre,
un lindo día que se deletrea en tu boca,
borrando el miedo del futuro que se esconde.

5.11.11

Ante Todo


Ante todo, guardaré la calma,
y el silencio que juro ante todos.
Dejaré que las nubes se aclaren,
abriendo tenue vado,
para nosotros.

Ante todo, guardaré palabras,
indiscreción impropia que delata todo.
Me encerraré en cajones, en tus ojos,
diciendo con mirada
lo prohibido.

Aún silenciosos somos suficiente,
ya sólo en el abrazo de quien ama,
en el roce del brazo, en la utopía
que se crea en mi, cada
madrugada.

Aún en penumbra somos la centella,
cubiertos por la manta negra, del
mundo, de todo, de ellos;
tu sed que se sacia tan sólo
en mi hambre.

24.10.11

431 (Rosario)



La línea roja del subterráneo termina en un barrio eternamente en construcción, varado. La estación es un coloso que marca los cuatro puntos cardinales. Al apearse del tren se encontrará la salida a la izquierda, aunque ahora han construido una alternativa del lado opuesto. No está concluida. Recorriendo el largo puente de salida cubierto de adoquín se observa debajo, en donde solía estar el confiable paradero de camiones, un vacío de roca derruida y picada con hordas de bulldozers sin conductor. Al fondo, directamente detrás, hay un aparcamiento para carros abandonados y una enorme y prestigiosísima futura escuela de artes y humanidades, cuya obra nunca ha pasado ni pasará de la colocación de varillas de metal. Y así, se alzan desde ya casi una década como inanes brazos de álamo seco. Al final del pasillo hay una escalera que da, finalmente, a la calle. Una vez allí, para dirigirse al oeste hay que caminar por lo que otrora fuera un lote baldío en el que se refugiaban campesinos rebeldes con tendencias criminales. Se ha convertido en una linda unidad habitacional en donde residen respetables miembros de un movimiento social campesino. La instalación eléctrica está inacabada, por lo que siguen en rebeldía. La última esperanza se plasma en la siguiente cuadra, donde hace cien años hubiera una hacienda de ganado en donde se filmaron algunas de las películas más importantes de la historia del país. No hay ninguna placa conmemorativa; solo las historias de mi abuela. Ahora se alzan ya relucientes columnas de hierro y la cubierta de lámina metálica que distingue a una de esas plazas comerciales de tamaño fabuloso e identidad inexistente. Nos han prometido un club de venta al mayoreo, y un cine grande y colorido en donde nunca se proyectará alguna de las películas allí filmadas. Algunos están muy, muy emocionados. Los otros son viejos.
Hice la caminata el martes, habiendo llegado más tarde de lo habitual y sin dinero para un taxi. Al ser destrozado el antiguo sitio de camiones, estos se vieron obligados a moverse. Ahora se ubican, en su mayoría, en los escasos tres carriles que separan la escalera de salida de la reja del paradero. Al bajar y recorrer la estrecha banqueta que bordea la unidad habitacional, uno llega a sentirse temerario ante los cientos de buses que transitan en dirección contraria. Sus faros alargados pasan a veces rozando mi abrigo; su inercia abanica mis cabellos en todo rumbo. El campo visual también es destruido. Sus luces halógenas crean una bruma dorada de donde la escasa gente que camina contra mí emerge liviana y oscura, como si allí fuesen creados de la nada y muriesen unos segundos después, cuando cruzamos caminos y se van con pasos mudos a mis espaldas por siempre. Cuando se dobla la esquina, la niebla cegadora disminuye dejando al descubierto las limitaciones del alumbrado público. La penumbra es casi total en esta zona, que por fortuna es corta. La mayor fuente de brillo es el suelo mismo, donde la arena suelta de las construcciones varias contiene vidrios engañosos. Aquí mismo la gente se hace más numerosa; estudiantes del bachillerato que se alza más al oeste y que sorprendentemente está completo. Cada año lo remodelan, sólo para estar acorde al entorno. Su éxodo hacia la estación es lento y ruidoso, y obstaculizan a quien solo busca llegar del punto A al B. Sus cliques se extienden por toda la acera e incluso debajo, y actúan como si tuvieran prioridad de paso. No siempre resulta, ya varios han sido atropellados de gravedad, pero un adolescente siempre adolecerá de la adecuada vara para medir el riesgo.
Por lo pronto trato de evitarlos incluso en la mirada hasta concluir el tramo. Allí donde se yergue el enorme complejo comercial en ciernes termina el lado este, el barrio gris en infatigable lucha contra sí mismo. La división la marca la avenida S, que se conforma por cuatro arroyos vehiculares espectacularmente anchos, y de peligrosidad progresiva; inconfundible signo de progreso. Se cuenta con un solo puente peatonal que la gente evita en su mayoría por contarse leyendas de criminales ocultos allá arriba. Obviamente prefieren arriesgar la vida de otro modo, jugando carrerillas contra el tráfico. Yo siempre me decanto por el puente, sin embargo. Aparte de que llevo años sin encontrar criminal alguno allí (a pesar de que si está enclavado entre árboles y sombras), siempre me repito que vale la pena la vista. No hay robo que te quite la vista. Y es que es extrañamente hermosa; del mismo modo que el observar un remolino de aire arrastrar hojas secas por el pavimento es hipnotizante. A la mitad del puente se observan claramente cuatro caras. Hacia el sur, la izquierda contiene colonias sin nombre, con casas de dos plantas en idéntico deterioro y también todo lo dicho hasta ahora; la unidad habitacional, la mole metálica de la plaza comercial y al fondo la estación empotrada sobre el campo de roca aplanada por los bulldozers. A la derecha, si uno logra sobrevivir cruzando la avenida, se halla el bachillerato. Las rejas han cambiado de color como ave indecisa explorando las facetas del espectro. Amarillo, azul, naranja; todo para terminar en el actual tono plateado, como si el paisaje no tuviera suficiente gris.
Luego está el norte. Y es un desierto. El horizonte se fuga corriendo por esos cuatro arroyos. Al final, un paso a desnivel que es sólo una pila de escombros. Ya nadie sabe si algún día será inaugurado. Yace inerme, bloqueando el paso de dos carriles, como un espléndido punto final al vecindario de cemento roto y hierro oxidado. Han pasado seis años, tres delegados y dos alcaldes; no hay cambios.
Una vez cruzado el puente, lo que se abre es el oeste. Una nueva unidad habitacional —esta mucho más vieja– desvencija el paisaje con sus rejas negras cubiertas de hiedra seca y sus ventanas minúsculas y opacas. Está dividida por letras y, aunque nunca he entrado, no sería descabellado decir que abarca casi todo el alfabeto, aun con las subdivisiones (C1, C2, C3...). La calle forma un recodo, que no interrumpe la hilera de edificios agrietados. Casi la mitad del barrio debe vivir allí, apretujados juntos como alfileres en costurero. A la hora de mi caminar, los vigilantes aún no han sucumbido al sueño, y sus ojos relucen con el brillo de la sospecha debajo de las viseras de sus gorras. Sus miradas, extrañas, incriminatorias, me persiguen hasta que arribo al último resquicio de la reja negra, en donde las hojas de hiedra y pino me encubren, ennegrecidas por la noche ya total.
Sigo, cruzando una calle tan solitaria como amplia, y me encuentro con la boca abisal, cuyas gargantas graznan con el inquietante trino de aves todavía insomnes. Me planto. Apenas una aguja clavada en el bosque. Y es que todo lo anterior cabe en esto; una extensión arbolada hasta donde llega la vista, una tierra de nadie, y también un todo.
La reja alta y resbaladiza,
la oscuridad insondable,
los pasillos entre los árboles,
desiertos.
Y aún así me pierdo.
Las ramas de enebro estoicas,
el susurro del lago helado,
el devaneo de la hierba seca,
crujiendo.
Así como espacios en blanco son los silencios. Así borran el gusto a cemento que quedaba en mi lengua. Así se cuelan, intrusos, en mis pulmones —tierra, agua, hierba. Simplemente observo por los barrotes de la verja. Y se lo llevan todo, lavándolo de mí con su aire frío, y dejándolo inerme sobre la costa. Lo cubren, como el telón de aquél cine aun no hecho. Como el concreto desfigurado sobre la plancha del paradero. Como las despampanantes luces amarillas de los buses sobre la carpa estrellada de la noche, en la cual me hundo de nuevo, dejando atrás el paraje. Lo que vi después ya no tiene caso. Y es que tras la arboleda nocturna que lo traga todo no hay defensa ni impresión que valga. Te deja mudo, ensimismado en tu tamaño. Que es tan pequeño. Y el de lo demás entero; que es lo mismo. Antes y después, atrás y adelante, y en cualquier punto de mi mapa sólo se esconde lo vano; el espectáculo grotesco de nuestras vidas. De la mía.
Nuestras vidas asustadas,
escurridizas.
En polvo turbias,
ridículas.
Bajo el abrigo de la luna
ocultas.

18-24/10/11

20.10.11

Manifiesto Navegante


La proa divide la nada.
Los mástiles cortan bruma.
Avanzamos lentamente
por el cuerpo de negrura.

El silencio se acrecienta.
Lo rompen sólo murmullos.
Suspiros desconocidos
en la escuálida baranda.

Cada noche un nuevo puerto.
El amanecer es farsa.
La verdad del horizonte
se encuentra sólo en el agua.

Surcando en un mar sin costas.
Viajando sin movimiento.
Nuestra oscuridad, inmensa.
La barca, simple madero.

Siendo cientos; cien, doscientos.
Cuantos entren en mi broche.
Cuantos arriben a tiempo.
Zarpamos a medianoche.

Intergaláctico


Vengo de un mundo más eterno.
Vengo de frondosos cielos despejados
que florecen todo el año.
Vengo de donde los hombres ilustres
son monumentos,
y los monumentos son dados sólo
al bondadoso.

Vengo de odio también,
pues la vida no es perfecta,
mas este nunca viene solo
ni es nimio
como las bayas en otoño;
es un odio ferviente y respetuoso,
un caldero ardiente y ominoso.
Un némesis
antes que un dolor de muelas.

Vengo del sentimiento
y del arrepentimiento,
de no ver el bien y el mal
sino un extenso mapa
con coordenadas inacabables
que nadie puede explorar entero.

Vengo de un torbellino de luz
ya cegada.
Mi mundo se derruyó
con los primeros acordes
de la mañana.
Y es que aquí el amor ya no es
perpetuo ni respetado,
y debe contentarse con marchar,
avergonzado,
entre un alud de risas desalmadas.
Nadie cree ya en él,
sin saber que es por eso que no logran verlo;
es el amor, pues,
un fantasma,
sólo que más transparente.

Las emociones son sepultadas
bajo la razón.
Enterradas vivas,
para que se asfixien
en alcohol o en lágrimas.
Sin nunca pelear por ellas
más que para olvidarlas.

¿Qué es de mí?
No logro enterrarlas,
y ni siquiera arrastrarlas
hacia la tumba,
pues vengo de un mundo
frágil y descubierto
que no tiene en sí la violencia
para negar al amor
y abaratar al odio,
como el de ustedes.

Ustedes sueño: ustedes larva.
Ustedes barca que se aleja
de la playa,
dejando sobre la arena
un cadáver olvidado.
Ustedes miedo; miedo que pasa
a veces inadvertido
entre ustedes mismos,
pero no invisible a mí,
extranjero perdido.

Simple viajero.
Cayo en la niebla.
Anexo insulso
al borde de sus caminos.
Un vuelo rápido,
veloz anhelo
de peticiones imposibles.
Un ente que respira
y es ilusorio;
simple revoloteo
— y ya.
  
Seré la rosa decapitada
del tiempo.
Seré la otrora pradera,
en incendio.
Seré la viga mohosa
del ático.
Seré la tumba empolvada,
en blanco.
Seré el ave desplumada
al viento.
Seré quien todavía sueña
despierto.
En estrellas, galaxias,
absorto.
Con mi ser, el idiota,
en el cielo.
Al amor que perdura
aferrado.
De odio que es llamarada
colgado.